El cielo despejado se refleja en las aguas del Paraná. Viviana Botargues, directora y maestra de primaria, trae un bidón de 5 litros de nafta que redujo aún más su enflaquecida billetera, para poner en marcha el motor. Una travesía de 20 minutos basta para llegar de la guardería náutica de Rosario Central a las tierras pantanosas de la isla El Espinillo.

La escalera oxidada del muelle rodeado de camalotes está rota desde hace tres años. Pero Mario Chaparro, el portero, se las arregla con unas tablas de madera para que las docentes puedan arrimarse a la orilla. Julieta Tripi, maestra de nivel inicial, amarra el bidón de agua que los abastecerá durante el día y camina con pasos tímidos hasta la puerta de entrada de la Escuela Marcos Sastre Nº 1.139.

Hoy los caminos de la isla están secos y los once alumnos pueden llegar a pie. El sol aparece en el horizonte y el agua calma brilla en los cuchillos de los pescadores que pronto se aprestarán para hundir los remos en el río marrón. “Cristo de las redes, no nos abandones. En los espineles déjanos tus dones”, evocarán los padres de estos niños, posando su mirada en las garzas que sobrevuelan al ras de la orilla, antes de llevar los frutos de su jornada a Rosario y hacer las compras de la semana.

A las 8:30, el aroma a mate cocido emana desde la cocina. Susana y Alicia, las cocineras isleñas, ya tienen preparada la copa de leche. Las galletas de membrillo y las tazas circulan en el comedor. La campana replica el cacareo de las gallinas que deambulan por el patio. Los cantos del himno anuncian a los 94 habitantes de El Espinillo que llegó la hora de educar a los niños. Julieta lleva a los alumnos a su sala, separada del comedor por una biblioteca y unas cuantas cajas de cartón apiladas.

Los irupés que viajan río abajo se vislumbran entre las cortinas del salón de primaria y los niños observan desde la ventana cómo los patos sirirí le cantan a las acacias. Así también, en la humedad de las paredes se percibe el humo de las fábricas a pocos kilómetros de distancia y se ven pasar los grandes barcos cargados con cereal que interrumpen el reflejo de las torres de Puerto Norte de Rosario que se recuestan frente a la isla.

Nuevos mundos

“¿Cómo se hacia la ‘b’?”, pregunta Ariel, uno de los alumnos de séptimo grado que durante toda la semana anterior se fue con su familia a navegar por El Barrancoso, río adentro. Cualquier niño de la ciudad se quedaría con los ojos abiertos al escuchar sus aventuras: “Agarramos las nutrias de las manos y las cazamos. Por las noches, prendíamos un fueguito para calentarnos mientras se cocinaban los sábalos”.

Morena, de sexto grado, ya estará anhelando salir de clase para inventar nuevos mundos en su lugar favorito,  el tanque de agua abandonado: “Me apasiona cantar ‘eco, eco’ adentro y escuchar cómo mi voz resuena en el infinito”.

Matías es amante de las cacerías, como su padre: “Me gusta treparme a los sauces, el árbol preferido de los pájaros, y arrojarles piedras con la gomera que siempre llevo en mi mochila”. Fernando es de los que disfrutan de la calma, dicen las maestras que lo suelen ver montado en su bicicleta desde el alba. Ismael no corre con la misma suerte que el resto. Hoy le toca juntar leña junto a sus hermanos.

Marcos Sastre y la comunidad

Oficialmente, las 250 hectáreas que comprenden El Espinillo pertenecen a Entre Ríos, salvo un pequeño sector de diez hectáreas expropiadas por el gobierno de Santa Fe en 1947 en una campaña contra el analfabetismo. De este modo, la cooperadora escolar les otorgó permisos a las familias distribuidas por la isla para asentarse ahí con el fin de garantizar el proceso educativo de los niños.

Desde entonces, funciona la escuela Marcos Sastre y un conjunto de casas de madera y chapa construidas sobre pilotes que le dieron vida a la comunidad de 20 familias que hoy habitan la isla.

“Mi prioridad es alfabetizar a los chicos. La mayoría no vienen estimulados desde sus casas. Por eso la idea es despertar su potencial en la escuela. De primer nivel hay dos alumnas en primer grado y dos en segundo pero, en realidad, todos están en primero porque ninguna está alfabetizada, al igual que Fernando, un caso que me preocupa porque está en séptimo grado”, expresa Botargues mientras hace cuentas con su celular o lo que ella llama “malabares con los pocos recursos que recibe del Ministerio”. 

La supervisora de la escuela, María Inés Martínez, le ofreció a Aarón una beca para comenzar la secundaria en Rosario el año entrante. Según su maestra, no tiene los saberes necesarios para un séptimo grado pero cuenta con herramientas para defenderse y poder encarar una secundaria. Pero Aarón, al igual que la mayoría de los alumnos, es hijo y nieto de isleños y en su tradición la secundaria no es una prioridad, como dice su docente: “Es muy difícil que los chicos se crucen a la ciudad para estudiar. Algunos pocos como Ivana que terminó el año pasado, van a la escuela de El Embudo, río adentro, pero en épocas de sequía no pueden llegar. Por eso, casi todos terminan dedicándose a la pesca como sus padres o a tareas domésticas como sus madres”.

Un salto de corazón

Botargues, de 48 años, trabaja en la escuela desde hace dos años. Comenzó con reemplazos que no tenían mucha continuidad, hasta que quedó primera en el escalafón con un cargo único de directora y maestra multigrado. Siempre soñó con trabajar en una escuela rural y con ver el agua mansa desde la ventana de su casa. Por eso, cuando fue seleccionada, el corazón le dio un salto. Desde aquel entonces, da clases, maneja el personal, administra las compras de la copa de leche y los almuerzos.

Las canoas de quienes añoran la creciente descansan en la costa. “Si el río estuviese alto, podríamos dejarlas protegidas del viento y las lluvias, para hacer faena en El Saco, la laguna cerca de nuestras casas”, expresa José, de 52 años, que pertenece a la sexta generación de pescadores de El Espinillo, mientras limpia la nave que le ha dado tantos panes en los últimos diez años.

Para otros isleños, las crecidas son un “demonio de barro”. En otros tiempos se llevaron los dos primeros edificios de la escuela, unos cuantos caseríos y un corral entero de vacas. El último edificio se levantó en 1978 y la amenaza del pasado se mantiene vívida. “Cuando el agua sube, por más resistencia que se ponga, la naturaleza le termina ganando”, expresa el portero isleño mientras observa el río con los ojos de la nostalgia de quien develó sus secretos desde niño. Al igual que su padre, Chaparro también fue alumno de la escuela, a diferencia de que en los años 60, donde hoy se levanta el edificio, Mario solía jugar a la pelota en la cancha de tierra.

Volver a estudiar

Llegó el momento de cruzar el puente que los conecta con la ciudad: Botargues les entrega las computadoras que recibió del Ministerio de Educación de la Nación y los hace trabajar en conjunto, con la salvedad de que el puente, al igual que la escalera del muelle, tiene acceso restringido. En la isla no hay internet satelital. “Ya lo pedimos innumerables veces al Ministerio. Estamos proyectando sumarnos al plan provincial Vuelvo a Estudiar para que los padres terminen el secundario, como así también los chicos, pero sin internet ni materias especiales es complicado”, expresa la directora en su sala, mientras observa la foto del escritor Marcos Sastre, que posa con “esa mirada atravesada por el deseo de que las cosas no partan”.

Durante el recreo algunos se entretienen con la pelota. Tres niñas juegan en las hamacas y subibajas de la plaza del establecimiento, fruto de las donaciones del grupo Piratas Pescadores. “A pesar de la falta de respuesta del Estado, afortunadamente recibimos muchas donaciones. Los chicos se fascinan con los juegos. Hasta hace pocos años, solo tenían un arenero”, comparte la maestra de nivel inicial, quien le asignó a sus alumnos juntar los materiales reciclables que encuentren en el patio para “sanar la tierra”, con la esperanza de que estos creen conciencia en sus padres, que se ven obligados a quemar la basura o dejar que se la lleve el río porque no tienen servicio de recolección.

La escuela vivió un renacer en el 2015, cuando el Gobierno de Santa Fe instaló en el establecimiento un sistema híbrido eólico solar que almacena y genera energía renovable. “Ahora todo funciona mejor: hay iluminación plena y un freezer que nos permite conservar la comida”, expresa la cocinera, con una sonrisa que se ensancha a medida que los platos de pollo con puré van quedando vacíos.

Pasado el medio día, los chicos se despiden de sus maestras. Algunos son recibidos por sus madres. Sandra, la mamá de Morena, que vive en una casa de chapa que se la está por llevar la rompiente, le agradece a la directora por las frazadas que recibió. “Ya no necesitamos más nada”, exclama esta ama de casa, con la humildad de quienes se bastan con unos pocos abrigos, un generador, unos brasas encendidas en el silencio de la noche y un carpincho a punto justo para compartir en familia.

Sus hijos y sus nietos también viven en El Espinillo. El sentido de la comunidad, como a la mayoría de los isleños, la acompaña desde siempre. Sandra es de las pocas que cuenta con un tanque de agua en su casa: “Sacamos el agua del río, la potabilizamos y la compartimos con el resto porque sé que el día que me tenga que cruzar a Rosario al hospital o a hacer compras, cualquiera de ellos me va a cuidar a mis hijos”.

A la 1:30, Mario, Julieta y Viviana emprenden viaje para la ciudad. En pocos minutos estacionarán la canoa en la guardería, bajarán los bidones vacíos que mañana tendrán que recargar. Volverán a caminar por las calles donde el espíritu de Berni convive con las letras de Fito, las balaceras de Los Monos y los cantos de las hinchadas leprosas y canallas. Pero, antes de irse, observarán el paisaje rústico de El Espinillo. Sus ojos se verán espejados en el río marrón donde un pez lleva la música de Fandermole. Con la brisa húmeda en su rostro, pensarán en sus alumnos que, según dicen, “les enseñan más de los secretos del Paraná que lo que ellos les dejan con sus libros”.

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