El “fusilado que vive” en el San Martín

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Es un recinto ambiguo, con místicos contrastes y un ligero atisbo gótico. El ámbito emula una especie de sarcasmo triste, a la vez que emerge la voz monótona de un legendario, como si después de un largo exilio despertara al instante. Es la historia misma, esbozada, a blanco y negro, sobre una muralla impávida, tiznada de júbilos mortales y soledades anacrónicas. Es, en concreto, una muestra homenaje a Rodolfo Walsh en el Centro Cultural San Martín (Ciudad de Buenos Aires), de martes a domingo de 15 a 21 horas. La misma se extiende hasta el martes 30 de mayo.

Desde la entrada un sobrenatural impulso arrastra a un universo exiguo cuyos contrastes escinden la realidad histórica en dos retazos divergentes: es un grito desesperado de libertad, ahogado entre redes. Las paredes, en su recóndita agonía, contienen reseñas biográficas, artículos de prensa, cartas, anotaciones del militante, escritor y periodista desaparecido por la última dictadura cívico-militar que transcurrió en Argentina entre 1976 y 1983. La sala, en toda su extensión, semeja un ignoto tablero de ajedrez, donde las sombras proyectadas de advenedizos, estudiantes y académicos nacionales se mueven como alfiles absortos de una partida inconclusa, sin alma y sin reyes.

Una suerte de fantasma

Los flashes intermitentes de las cámaras rasgan la penumbra, mientras que la voz en off del propio Walsh leyendo alguno de sus fragmentos literarios invoca una suerte de fantasma ubicuo e impoluto, que salvaguarda el paso desprevenido de los visitantes en aquel breviario histórico. Él, Rodolfo, fue realmente eso en su tiempo: un eterno vigilante, acorazado contra la vanidad burocrática y el terrorismo de Estado y cuyas convicciones ideológicas sobrepasaron el yugo de la rebelión y la barbarie.

En este lugar, parco, incierto, el alma de los muros vierte un grito de mártires. Es la vida real transfigurada en un relámpago o es, quizás, un pincelazo esotérico con ínfulas de verdad. La sobriedad tácita del ámbito despunta en un latigazo sensorial en función de proyectar el carácter humanista del vanguardista militante de otrora, más que la solemnidad de sus aciertos y sus certidumbres pedagógicas. Acá los muros despiertan y hablan, sueñan y mueren, y cual una estocada postrer, desde el cenit metálico, descuelga un manojo de luz sobre el modesto atril, donde pernocta la primera edición de la novela “Operación Masacre” publicada en el año 1957. En esta obra Walsh rompe el paradigma de la literatura clásica y postula la invención del género de “no ficción” o “novela testimonio”, un mérito que, no obstante, es atribuido nueve años después al estadounidense Truman Capote por su célebre novela documental “A sangre fría”.

La revelación de lo escondido

Con esta muestra se abre una apuesta a la crítica, los investigadores y la sociedad contemporánea con miras a concebir el sentido oportuno de las libertades como una válvula de escape al paraíso de la seguridad y la justicia social. Las efemérides de esa figura abstracta, a cual diversas entidades y centros culturales de Argentina rinden homenaje por estos días, son al mismo tiempo nudo y desenlace de una estratagema política, devenida de los estrados del imperio medieval. Sus plumazos periodísticos son una magistral exhortación dialéctica que, desde los sepulcros vacíos de la historia, trasuntan sin miedo su inagotable clamor republicano, tras “la revelación de lo escondido”.

En esta estancia, entonces, deambula el ánima de “un fusilado que vive” y, como el mástil de un velero roto, en lo que parece una ciénaga de ilusionismo y espanto, va flotando una frase del escritor y catedrático Daniel Link, inspirada en la memoria de Rodolfo Walsh: “Sus tinieblas siguen siendo las nuestras”.

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Fernando Daza.

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