En el Estadio do Maracaná en Rio de Janeiro, se cerró la Copa Mundial de la FIFA y el certamen dejó de vivirse para convertirse, fugazmente, de una vivencia a un recuerdo que quedará por siempre. Y si se trata de sensaciones, el partido para definir al mejor seleccionado del planeta y dejar marcado el nombre de un país por siempre en la historia deportiva, vaya si dejó varias.

Indudablemente, los contendientes fueron los dos mejores a lo largo de la competencia. Alemania llegó a la final con una temible plantilla de potentes e incansables jugadores y un esquema de juego fulminante que busca adueñarse del balón y realizar rotaciones permanentes para quebrantar cualquier defensa. Argentina encontró una solidez defensiva que volvió impenetrable sus líneas y un orden táctico perfecto para reinventarse en cada partido y así superar al rival de turno. Y, por si estas razones no fuesen suficientes, Thomas Müller y Lionel Messi juegan uno para cada equipo.

El encuentro mostró a los germanos en la búsqueda constante para abrir espacios durante los primeros minutos pero sin resultados exitosos. De hecho, la primera gran jugada de riesgo la tuvo Gonzalo Higuaín cuando Bastian Schweinsteiger cabeceó la pelota para atrás desde mitad de cancha y se la dejó al delantero (que regresaba de un avance previo) para que defina solo con comodidad y abra el tanteador, pero le pegó pésimo y Brazuca salió desviada.

A los 30′ Messi abrió el campo muy rápido con un pase para Ezequiel Lavezzi (de excelente primer tiempo), quien avanzó por la derecha y lanzó una asistencia perfecta para Higuaín, que cambió la trayectoria del balón y la colocó junto al palo. Era un golazo, pero el árbitro italiano Nicola Rizzoli cobró offside e invalidó muy bien la jugada. Iban 37′ cuando Müller arremetió hacia el área argentina y asistió a Andre Schürrle para rematar hacia el arco, pero tuvo una gran respuesta de Sergio Romero, que rechazó con los puños hacia abajo, pero también fue anulado. A los 40′ Messi se metió por la derecha, encaró con ímpetu y llegó hasta, literalmente, debajo del arco, pero faltó el último toque y Jerome Boateng despejó.

En resumen, en la primera etapa Alemania tuvo iniciativas con el control del balón, pero Argentina se mostró letal a la hora de las ofensivas, lo que produjo que los teutones se vuelvan más conservadores a la hora de atacar y los sudamericanos se confíen en ceder el dominio del juego pero aprovechen al máximo la velocidad en las salidas.

Para el segundo tiempo se consolidó la posesión de la pelota por parte de los europeos y el cansancio se convirtió en otro rival más a vencer para Argentina. De todas formas, Messi tuvo su oportunidad a los 47′ cuando ingresó al área por la banda izquierda y definió cruzado, pero la pelota salió pegada al segundo palo que defendía Manuel Neuer. Diez minutos más tarde se produjo la jugada más discutida de toda la Copa Mundial y que podría haber torcido el final de esta historia. Un pelotazo largo por la derecha tenía destino en Higuaín, quien picó con velocidad para llegar a tiempo, pero Neuer salió con todo, rechazó el balón de un salto y embistió al delantero argentino (con rodillazo en la cara incluido), en lo que debió haberse sancionado penal y, como mínimo, amonestado al arquero con una tarjeta amarilla. Nada de eso se cobró. Rizzoli cometió el error más grosero de su carrera y decidió que sea, simplemente, un saque lateral.

Y así se extinguió el tiempo regular, con los arcos cerrados y dos equipos muy concentrados en cumplir a la perfección las órdenes de sus entrenadores. Apenas iniciado el suplementario Schürrle sacó un disparo feroz, pero nuevamente detuvo Romero. A los 97′ Marcos Rojo lanzó un centro desde la izquierda y dejó solo frente al arco a Rodrigo Palacio, pero este definió mal por arriba de Neuer y Brazuca salió desviada.

Y, finalmente, cuando iban 113′ llegó un gol que quedará en la historia por siempre. Schürrle ganó en velocidad por la izquierda y dio un pase perfecto para Mario Götze, que acomodó la pelota con el pecho y tocó al palo más lejano de Romero, quien nada pudo hacer para evitar el 1-0 para Alemania y la cuarta Copa del Mundo para los germanos, merecidos ganadores del trofeo por todo lo ofrecido en sus siete presentaciones. Por el lado argentino lógicamente la tristeza, el llanto y la desazón se apoderaron de los jugadores y buena parte de la tribuna.

Ya vendrán momentos de análisis, pero por siempre quedará el orgullo de una selección que lo dio todo, que no permite reproches de ningún tipo y que, contra viento y marea, devolvió al fútbol argentino a un lugar al que creímos pertenecer pero no demostramos durante mucho tiempo. Pero, por sobre todo, volvió a dejar en claro que con un verdadero grupo de trabajo, se juega en equipo y se dejan de lado las individualidades, los sueños pueden ser posibles.

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