En Colombia no se puede hablar de la existencia de lagos sino únicamente de lagunas, las cuales conforman más de 1.800 cuerpos de agua, inscritos en esta categoría hídrica que tienen como función ser el receptáculo a los caudales de importantes afluentes.

La mayoría de lagunas están ubicadas más allá de los dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar, por lo que se consideran lagunas de alta montaña. Asimismo, además de constituir un importante recurso hídrico de la nación, es un elemento natural que sirve para evitar fenómenos como avalanchas o deslaves. La función que desempeñan es, precisamente, servir de amortiguador de caudales o sedimentos, que se desplazan hacia abajo desde las cuencas altas de la montaña.

Sin embargo, los continuos ataques que tuvieron estos espejos de agua los agota. La contaminación y avanzada sobre los territorios que les pertenece generaron graves daños en su ecosistema. Daño que para los expertos parece irremediable.

Según el Departamento del Medio Ambiente de la Organización de Naciones Unidas, los delitos ambientales son una de las actividades criminales más lucrativas a nivel transnacional. El valor monetario de estos ilícitos alcanzó en 2016 entre 91 mil millones y 259 mil millones de dólares anuales y es, probablemente, el cuarto crimen más rentable del mundo después de las drogas, las falsificaciones y la trata de personas. Dicho estimado corresponde a un incremento de 26% comparado con las cifras presentadas en 2014 y se espera que incremente de 5% a 7% anualmente.

De acuerdo al reporte del 2016 de INTERPOL y ONU Medio Ambiente, las actividades ilegales que involucran a la biodiversidad o los recursos naturales son lucrativas e implican un riesgo bajo para los criminales. Los delitos ambientales no fueron considerados anteriormente como una prioridad en algunos países, lo que provoca una nula respuesta gubernamental.

Lagunas afectadas

Al menos nueve lagunas del país están en peligro por la contaminación. La mayoría de ellas están situadas en la región Andina y conforman zonas de reserva ecológica que son imprescindibles para la producción de agua.

Una de las más afectadas es la Laguna de Fúquene, cuyas aguas se extendían a lo largo de mil kilómetros cuadrados y hoy solo alcanzan a cubrir 30 kilómetros cuadrados de tierra. Se encuentra ubicada en el departamento de Cundinamarca. De acuerdo a los historiadores, esta laguna se encuentra revestida de gran importancia, pues la cultura muisca la utilizó como santuario para la realización de varios rituales y templos. Con el tiempo disminuyó su extensión y, para los sesentas, las fincas ganaderas se habían tragado buena parte de sus orillas cenagosas, rellenándolas de tierra y pastos para vacas. Un distrito de riego encauzaba su agua y la de sus afluentes. Fernando Ruiz, biólogo y experto en temas ganaderos, explica que la agricultura en Colombia se basó en “la importación de modelos de producción útiles en ecosistemas europeos”. Mientras que en Europa tiene sentido la producción de monocultivo en grandes extensiones de tierra, en el segundo país más biodiverso de la Tierra, ese modelo implica destruir los ecosistemas nativos.

La laguna de Suesca (Cundinamarca), que alcanzaba hace 50 años 547 hectáreas, hoy solo 160 de ellas están cubiertas por su espejo de agua. Desde 1993, aproximadamente, el secamiento ha sido intenso y, según sus pobladores, cada 10 o 15 días aparecen nuevas zonas cubiertas por maleza.

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