“Tiene que existir trabajo para que la gente elija lo que quiere comer, no que yo elija por ellos, este es mi sueño”. Esta entrevista es un regalo que me da la vida. A mis 50 años quise, como regalo de cumpleaños, ver una realidad, no desde los libros sino desde la vivencia. Para eso pensé en entrevistar a una mujer destacada por su vocación de servicio y la necesidad de ayudar.

Llegué a Los Piletones (Villa Soldati) y la encontré a ella, parada en el medio del comedor, mirando y supervisando todo para ese día. Todo el mundo le dice “mamá” y los chicos se acercan, le tocan las polleras y quieren estar a upa para recibir un mimo. Y como buena anfitriona, preparó mate y pancitos recién horneados para pasar una mañana llena de anécdotas.

¿Cómo nació esta inquietud para poder ayudar a los otros?

Nosotros somos gente muy humilde, mi madre era ama de casa y siempre veía lo que hacía mi mamá, porque muchas veces comíamos dos comidas pero muchas otras comíamos solo a la noche. Los días que ella cocinaba los locros tan ricos siempre tenía la costumbre de servir un plato hondo amarillo y lo ponía en el centro de la mesa como un florero. Un día habíamos llegado de la escuela con Martín, mi hermano mayor, y teníamos muchas ganas de comer y le dije a mi mamá: “¿podemos comer esa comida?”. Y ella me contestó que no, porque decía que si Dios te viene a pedir, ¿qué le vas a dar? A través de esa respuesta yo esperaba todos los días que viniera Dios y cuando veía todos los días que ese plato de comida ya no estaba por la tarde, ya sabía dentro mío que Dios había venido a comer.

¿Qué edad tenías?

Yo tenía unos 10 años, más o menos, y un día venía de cuidar a los chivos (ya que cada hermano tenía un trabajo allá en el campo) y veo de pasada a un hombre comiendo ese plato de comida bajo un árbol y le digo a mi mamá: “Pero ese no es Dios”, y ella me dijo: “¿Vos lo conocés a Dios?”. Le respondí que no. “Miralo bien, porque él es Dios”, me dijo. Y lo que a mí me marcó para siempre es que, faltándonos tanto a nosotros, ella siempre tenía para dar. Además, me agregó: “Nunca le preguntes el nombre ni de dónde viene, simplemente dale de comer”. Y esto, tanto a mí como a mi hermano Martín nos marcó para siempre y nuestros padres nos decían: “No necesitás ser rico para poder compartir lo poquito que tenés, no necesitás tener plata para saber que sos rico, porque la plata no es la riqueza sino lo que vos llevás adentro. Lo que nos inculcaron siempre es el respeto hacia el prójimo, no importa que seas grande o chico siempre tenés que respetar. Porque si vos le faltás el respeto a un chico, ese chico el día de mañana así se va a criar y se va a acordar que vos le faltaste el respeto. Estas eran las cosas que nuestros padres nos inculcaban: el respeto a todas las personas. También recuerdo, con esto que estamos hablando del respeto, que mi abuelita pasaba por la puerta de nuestra casa y nos arrodillábamos y le pedíamos la bendición.

Se estilaba mucho eso en ese tiempo, ¿no? Era como una reverencia a los ancestros

Exacto. Igualmente, cuando salíamos a buscar trabajo le decíamos: “Dame la bendición, mamá”.

¿En qué zona de Santiago te criaste?

En Añatuya, una zona muy carenciada. Igual que Santiago del Estero, en general, todo es muy carenciado.

¿Volviste allá?

Sí, siempre vuelvo, incluso el año pasado nosotros armamos una escuela en un campo, “Paraje 29”. Se llama así porque los chicos no iban a estudiar porque la escuela más cercana les quedaba a 30 kilómetros del pueblo y aquel que tenía un familiar que podía llevarlos los dejaban en la escuela toda la semana. Eran 70 chicos que no iban a la escuela, entonces había unos ranchitos que utilizaban unos maestros retirados que daban apoyo escolar. Decidimos hacer la escuela con tres aulas.

¿Esto fue el año pasado?

Sí, para el comienzo escolar. Trabajamos todas las vacaciones de verano para, de esa manera, comenzar en marzo el año lectivo y después llevar cosas de jardín para los 16 chiquitos. Siempre voy a Añatuya y junto cosas y llevo.

¿Vos vivís acá en Los Piletones?

Vivo en la parte de arriba.

Veo que tenés una imagen de la Madre Teresa, ¿qué representa ella para vos?

La tengo a la Madre Teresa porque representa la enseñanza de ser una mujer tan pobre, humilde y tan solidaria, tener todo y no tener nada. Para mí es una virgen y, siempre lo dije, ella es una virgencita.

¿Sos muy católica?

Sí, soy muy, muy católica. Creo mucho en San Cayetano, en la Virgen de Lujan.

¿Tenés estados de crisis? ¿Te encontrás sola en esto que emprendiste?

No, porque estoy todo el día acompañada por un núcleo de gente maravillosa y no me doy cuenta cuando la gente me dice que esto es enorme. Sin embargo, a mí se me hace que me faltan más cosas por hacer y tengo varios proyectos para este año y, si no llego, los terminaré el año que viene. No me doy cuenta de la magnitud de lo que hicimos porque uno va mirando lo que la gente necesita. Gracias a Dios fuimos construyendo.

¿La gente te responde ante las cosas que necesitás?

¡Sí! Yo tengo un centro de salud que pertenece solamente a la Fundación y es totalmente gratuito. Ahí los médicos que atienden son de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), ellos hacen un servicio y, en la parte de odontología para adultos hay odontopediatría, psicología, en psicopedagogía trabaja la Universidad Maimonides.

¿Qué es lo que ves que la gente necesita?

Lo que la gente más necesita es trabajo, y a veces pienso que si la gente trabajaría, no tendrían la necesidad de concurrir a un comedor. Como habrás visto, ya hay mamás haciendo cola para retirar la comida, y estas cosas no tendrían que existir pero así estamos, en un país tan hermoso y rico como el que tenemos, que haya tanta necesidad.

¿Te ayuda alguna parte del gobierno en este emprendimiento?

La ayuda que yo recibo es del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Los alimentos no perecederos una vez a la semana, los secos y los frescos todos los días y después el 70% es todo donación, porque tenemos no solo la guardería sino que tenemos el hogar de día para los abuelos. Por ejemplo, hoy desayunaron 413 personas (Margarita saca un cuaderno donde tiene todo anotado de lo que ella da para cada uno que viene a servirse la comida). Y esto es todos los días, no solo hoy. Yo llevo este cuaderno como para poder tener un control de cuánto se da de alimento.

Todos estos cuadernos que me mostrás, ¿los tenás que presentar en algún lugar?

No, pero no puedo salir a decir que doy de comer a tanta cantidad de personas cuando no tengo dónde comprobarlo y así es como sé cuántos platos de comida se sirven acá diariamente. Por ejemplo, acá tenés 710 almuerzos, la cena son 522 platos y, como te dije anteriormente, 413 desayunos (todos los días).

¿Vivís con tus hijos?

Yo vivo acá con Margarita Patricia, las dos nenas chiquitas. Las otras ya se fueron, ya son todos grandes y tienen sus casas y sus trabajos. Las que trabajan conmigo son Pamela, Beatriz y Margarita Patricia. Por ejemplo, Pamela se encarga de la limpieza, Beatriz se encarga del polideportivo y Margarita Patricia de todo lo que es la limpieza de la calle.

¿Por qué le pusiste Los Piletones?

Me surgió del alma. Cuando yo fui a asentar el comedor la villa tenía que tener un nombre y me salió Los Piletones, por qué no sé, porque salió sin pensarlo. Todos los comedores se asientan en Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad. Este comedor yo lo inscribí en el 1997, nosotros habíamos empezado en el 96 pero no había cupo en ese momento para anotar, entonces tuve que esperar por 8 meses para anotar y para poder entrar. Era un asentamiento muy chiquitito y de poca gente, y fue ahí donde me preguntaron cómo se llamaba la villita y yo les dije “Los Piletones, como el comedor”. Como dije hace un rato, soy muy creyente en Dios y la guardería se llama San Cayetano, por todo lo que él representa. Ponerle el nombre de un santo al comedor y no haber hecho nada hasta ese momento me parecía como una falta de respeto.

(Apareció un nene de 3 años y quería estar en sus brazos, así que le pregunté si era su nieto. Me contestó que “no, es de una señora que vino de Santiago para conseguir trabajo, le conseguimos el trabajo y le cuidamos al bebé”)

Entonces vos también le conseguís trabajo a la gente, por lo tanto, estamos hablando de algo completo

Sí les consigo trabajo y vienen muchos, tenemos una carpintería donde le enseñamos los oficios, tenemos la panadería donde vienen a aprender, una fábrica de pastas donde una vez a la semana vienen a aprender a hacer los fideos.

¿Y todo eso dónde lo tienen?

Todo lo tenemos acá, en Los Piletones.

¿Qué más realizan?

Tenemos un taller de costura, donde una vez por semana se enseña a cocer, a cortar y se les regala la moldería. Una vez que las mamás están listas y van a cocer a sus casas conseguimos las máquinas y se las regalamos para que puedan hacer sus microemprendimientos solas. Todo es gratuito, acá en lo único que nos ayuda la gente es en donarnos las cosas.

¿Y esas “cosas” qué serían?

Alimentos, telas, las máquinas de coser. Lo que más necesitamos en este momento es alimento. Por ejemplo, tenemos arroz porque hay un señor en Corrientes que nos manda este arroz.

¿Y con los remedios cómo hacen?

La Fundación CDK de la AMIA trabaja con nosotros y ellos juntan muchos medicamentos para todo el país y, entre esos, estamos incluidos nosotros. No solamente nos donan medicamentos sino sillas de ruedas, nebulizadores, tensiómetros y muchas cosas más.

Vuelvo a tu infancia y tu terruño. Regresás a tu pueblo varias veces, ¿no te dan ganas de quedarte?

No, porque tendría que cambiar un 100%. Mi marido me dice que me echaron de Santiago porque soy una mujer demasiado activa, y mis hijos me retan porque ayer, teniendo dolor de muelas, andaba trabajando. Ellos se enojan conmigo porque yo no puedo estar quieta, yo digo que tendríamos que poner una campana en cada dormitorio para que los santiagueños se levanten y no duerman la siesta. Ya encontré mi lugar acá y, además, encontré a mi marido que es tan activo como yo, pero el es entrerriano. Cuando era chica siempre decía que con un santiagueño nunca me iba a casar, y era porque yo veía a mi cuñado cómo le pegaba a mi hermana. Una vez a mi hermana, a punto de parir, él le había pegado con una bicicleta. Mi hermana era una persona que se dejaba pegar, sumisa y nunca decía nada, entonces yo decía “no me veo con ningún santiagueño”.

Teníamos 11 años cuando mi mamá falleció y nos quedamos solos en el campo y Martín, mi hermano mayor de 13 años, se hizo cargo de todos nosotros.

¿Y tu papá?

Trabajaba en un obraje, no sé cómo decirlo… no era irresponsable pero cuando falleció mi mamá, él se fue.

¿Los abandonó?

Se fue, dijo que iba a volver. Trabajaba de carbonero y los obrajes lo buscaban para que haga el carbón y nunca más volvió. Mi hermano Martín falleció y nunca le perdonó a él que nos haya abandonado, pero yo siempre decía que nosotros nunca lo vimos llorar a mi papá, pero que en el fondo él lloraba porque mi mamá murió de una enfermedad, comenzó con mal de chagas y después tuvo cáncer.

¿Y nunca más lo viste?

Nunca más lo vi.

¿No lo buscaste?

Lo busqué cuando era más grande, pero mi hermana (que vivía allá) nos decía que trabajaba en el Chaco. Cuando él falleció recién lo pudimos encontrar, pero mi padre era mi padre.

¿No le guardás rencor?

Jamás. Mi papá era, es y va a ser toda la vida mi padre y una persona que luchó mucho por mi mamá.

(Se le llenan los ojos de lágrimas, paramos un poquito, tomamos un vasito de agua y seguimos)

¿Cuántos nietos tenés?

Tengo cinco: uno de 18 años que no permite que los otros más chicos me digan abuela, porque dice que los otros me tienen que decir mamá, y a mí me gusta que me digan mamá.

Ahora que lograste todo esto,  ¿qué te falta o qué te gustaría seguir haciendo?

Para que mi alma esté llena, lo más grandioso que me pudiera suceder es que la gente tenga un trabajo digno. Yo digo que no tienen que existir los comedores, tiene que existir trabajo para que la gente elija lo que quiera comer, no que yo elija por ellos. Este es mi sueño, porque si la gente tiene trabajo, nosotros como fundación nos podemos ocupar de muchas otras cosas más.

¿Le tenés miedo a la muerte?

No, no le tengo miedo a la muerte pero le pido a Dios vivir un tiempo más porque tengo dos hijas del corazón muy chiquitas. Quiero que ellas se críen y cuando ya no me necesiten no estar más para no estorbar, pero me gustaría vivir hasta que ellas se sepan defender.

¿Qué edades tienen?

Tienen 9 y 10 añitos. Creo que morir es natural, yo tengo un hijo que es muy depresivo, desgraciadamente, y tiene 22 años. Tengo otro más chico de 19 años que es hijo del corazón, el de 22 años se largó a la droga hace unos años y trato todos los días de sacarlo de la droga porque, desgraciadamente, yo no sé si alguna vez se sale de esa maldita adicción. Él siempre me dice: “Mamá, qué voy a hacer el día que vos no estés”, y yo le contesto: “Yo siempre voy a estar, cuando vos te sientas mal tocá el aire como buscándome, que yo voy a estar al lado tuyo”.

¿Cómo manejás el tema de la droga con él?

Esa es la parte más difícil. Primero porque acá venden mucha droga como en todas las villas, y parece que la villa es el lugar ideal para los narcotraficantes. Esto te tira abajo como padre cuando ves a tu hijo deshecho por la droga o que no tienen salida y que lo internás y ves que no salen. Es difícil… muy difícil.

¿Y tenés un proyecto para esto?

Tengo un proyecto en el que trabajo mucho con la Fundación “Viaje de vuelta”, que es una organización que saca a los jóvenes de la droga a través del trabajo y lo que me gusta mucho de esa fundación es que no hay medicamentos de por medio. Ellos lo hacen todo con ayuda de profesionales y psicólogos, pero no intoxicándolos más a los chicos de lo que están.

¿Dónde están?

En Campana. Uno en la vida aprende de todo y lo único que no he aprendido es a ser sinvergüenza, pero he aprendido lo que es el trabajo, que es lo más digno que hay y a veces esta obra te lleva a olvidarte de tu propia familia. Mis hijos me reclaman y muchas veces me dicen: “Cuando yo te necesito vos estás trabajando”. Pero qué le voy a hacer si esto es mi vida.

¿Hay algo que quieras decir que no dijiste?

Que la gente venga a conocer nuestra fundación, que no solamente es dar y comer sino que hay muchísimas actividades que se hacen y que la gran necesidad de nosotros siempre es el alimento, porque es lo que más necesitamos para tener todos los días y, además, es una manera de ayudar a muchísima gente. A veces vienen y te piden azúcar y se lo tenés que dar porque sabés que esa persona no tiene para comprarla, o cuando te piden un pañal es porque no lo tienen para comprar. Mi pensamiento es: “Tengo que tener para solucionar todos los días”, porque yo vivo aquí, conozco las necesidades de la gente. No es que termina la tarde y me voy a mi casa. Esta es mi casa. Aquí me quedo, aquí vivo y es el lugar más bonito porque este es mi lugar en el mundo.

Le voy a contar una cosa: el año pasado tuve la desgracia de perder a mi nietito de 3 añitos y no había un lugar donde yo quería estar. En el único lugar donde me hacía bien permanecer era acá, en este lugar. La verdad que caí en una depresión que hasta hoy me cuesta salir y mi hijo mayor y mi marido me decían: “Tenés que salir”. Sin embargo, el único lugar donde yo me siento feliz es acá, no puedo decir que me hace olvidar porque uno no lo olvida, pero me hace bien pensar que en cada chiquito que come acá veo a mi Thiago.

(Margarita deja caer algunas lágrimas y, después de este momento de silencio en el que se emocionó, lloró y nos tomamos de las manos, dijo: “¿Querés conocer todo lo que se logró?”)

puntocero 2019

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