Todo grande, distancias enormes, mucho espacio verde y amabilidad que no era excesiva. Así se puede resumir mi primer contacto con Rusia, más precisamente en Moscú. Una oportunidad que no se podía desaprovechar, con alojamiento y pasajes pagos. El 2018 comenzó con esa certeza: un viaje a la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. 5 días en Moscú y ver el debut de Argentina frente a Islandia. Rusia me esperaba del 13 al 18 de junio.

El enorme subte

El mejor medio para moverse en Moscú es el subte, pero olvidate de cualquier semejanza con nuestro subterráneo. Salvo por donde circulan… y no siempre, ya que el subte moscovita (como el de Londres o New York) tiene algunos tramos que van por sobre el nivel terrestre.

En los meses previos a mi viaje traté de aprender lo básico del idioma ruso, por las dudas. Entre lo que me enseñaron fue cómo comprar la tarjeta Troika, la Sube rusa, para poder viajar. La fortuna estuvo nuevamente de mi lado. Gracias a Renata, la guía que nos fue a buscar al aeropuerto, pudimos completar ese trámite y, como si fuera poco, nos hizo de guía ese primer día (o lo que quedaba de él), ya que habíamos llegado a las 7 de la tarde.

La precisión y la velocidad del subte de Moscú es asombrosa. 1 minuto con 50 segundos entre cada formación y no hay forma de equivocarte, ya que tenés cronómetros en la entrada de los andenes para ver cuánto tarda. Una vez que subiste agarrate, no solo es porque cerró las puertas y no se vuelven a abrir hasta la próxima estación sino que las formaciones van muy, muy rápido. Pese a esa velocidad, la distancia promedio entre cada estación no es de menos de 20 cuadras. Nada de “me bajo en Uruguay o Callao, estoy a la misma distancia”.

Ruso básico: no vengan

El tema del idioma fue algo problemático. El escaso ruso aprendido fue obviamente insuficiente pese a que algunas palabras y frases pude intercalar y el tema del inglés se notaba claramente que había sido un asunto aprendido a la fuerza en los meses previos al certamen deportivo. Y los rusos se dividían en categorías. Los menores de 25 años no solo que sabían más inglés u otros idiomas, sino que trataban de hacer sentir bien al turista. Todo lo contrario con los de 45 o más, que hasta expresaban su incomodidad ante el aluvión de gente de distintos países, inclusive de cuyas selecciones no participaban de la Copa Mundial. Años de estar aislados del mundo todavía se sienten en la cultura de la gente grande, mientras que la juventud es un poco más permeable.

¡Media hora para 4 cervezas y 40 minutos más para dos pizzas del grosor del papel! Este es el ejemplo más claro de lo sobrepasados que estuvieron los rusos ante los visitantes. Y en esa oportunidad la moza fue clara: nada de español. Sin embargo, hay quienes son máas cerrados que otros y solo consiguen hacer molestar más a la gente, y pese a las claras advertencias, insistían en hacerse entender en su idioma. Otro dato respecto del agobio que sentían en ese lugar fue que a los que estábamos en el exterior del local la atención era peor. Adentro también estaba abarrotado pero una rápida mirada me sirvió para ver que algunas comidas, negadas afuera, sí se conseguían contra la barra.

Inflación soviética

Otra averiguación que hice previa al viaje eran los precios. Fue inútil. Alojamiento, por si podía estirar la estadía, que estaba a 200 pesos argentinos en octubre, se había disparado a 1.400 en marzo y para junio ni hablar… y estaba todo ocupado. Las botellitas de agua mineral, algo básico ya que el agua no es potable (nada de tomar en las fuentes), estaba a 15 rublos y durante el mundial la cobraban entre 80 y 120. Un dato: 60 rublos es un dólar, aproximadamente. ¿Nos reconocerían como turistas o a los rusos también les cobraban ese aumento?

Ojos por todas partes

Se sabe que Londres es la ciudad con más cámaras de vigilancia del mundo. Bueno, en Moscú no ves las cámaras pero sí a la gente. Seguramente incrementado por el evento, pero a cada paso que dabas veías policías, de seguridad y la del turista, efectivos militares y los clásicos personajes de películas de los servicios secretos. Pero esto no era una película, podías sentir la vista clavada y verlos ahí. Así sucedía en los shoppings, donde se observaba a estos personajes seguir con la mirada a los grupos de hinchas que recorrían los centros comerciales. Bastaba con separarse del grupo, pararse frente a una vidriera, y enseguida visualizar a algún hombre seguir con la mirada a ese grupo de turistas “revoltosos”.

Mundial

Rusia 2018 quedará en mi memoria como algo único. Fue mi primer mundial en vivo y en directo: un partido solo pero ahí en la cancha. Le tocó a Argentina contra Islandia. El ambiente empequeñece al partido y, si vuelvo a un asistir a esta celebración, el partido será lo de menos. El show lo sobrepasa con creces. Y hay que aclarar que hasta unos tres días de empezada la competencia en las calles de Moscú no se veía un ámbito futbolero. De hecho, el día de la inauguración con partido de la selección local incluido, se podía caminar tranquilamente por el centro. Salvo la Plaza Roja que estaba cerrada, los festejos y celebraciones de los hinchas extranjeros los habían puesto un poco nerviosos.

No fue derrota pero tampoco victoria. Sin embargo, eso quedó en un segundo plano ya que lo verdaderamente importante fue el show, el espectáculo y todo que rodea al evento. Incluso las simpáticas rusas que te pintaban en la cara las banderas de los países que jugaban, al módico precio de 200 rublos por bandera. ¿Las dos? No, gracias, solo la argentina. Infaltable el merchandising pro FIFA, una sola marca de gaseosa y una sola de cerveza. Ya sabés de cuáles hablo. Por supuesto, con los vasos la entidad madre del fútbol hace negocio, si hasta el mismo delata en qué partido estuviste.

Y para el futbolero, la fanática y quien sueña con repetir la organización de un Mundial en Argentina, te comparto una noticia: no estamos preparados. Con un pantallazo puedo asegurar que ninguno de nuestros estadios está mínimamente preparado para albergar un evento de esta clase. Un solo dato: de los estadios utilizados en 1978, tres (Vélez Sarsfield, River Plate y Rosario Central) fueron construidos en las décadas del 20′ y el 40′ y tuvieron una remodelación importante antes de la Copa Mundial. Los otros tres fueron construidos especialmente para la ocasión. La última renovación que tuvieron fue para la Copa América desarrollada en Argentina en 2011. Una simple cuenta señala que para 2030 (cuando se cumplen los 100 años del primer evento mundialista) se cumplirán 19 años de las últimas obras importantes. Si tenemos en cuenta que en los mundiales se utilizan estadios con una antigüedad que mayormente no supera los 5 años o con fuertes reformas de infraestructura, queda claro que estamos lejos. Si sumamos a esto la capacidad de transporte interno y que se amplía de 16 a 48 los países participantes (de los cuales seguramente no menos de 40 se alojarían en nuestro país), son más que evidentes las dificultades que conlleva organizar otra vez la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA.

Y así como llegó, terminó el viaje. Cinco días para darse una primera impresión de este gigante que es Rusia, con una cultura, un idioma y unas costumbres tan lejanas a las nuestras, tan distantes como está geográficamente. Estas fueron mis pinceladas de Moscú, una ciudad y un país que se merecen una visita en serio.