Si para más de 1.100 millones de católicos en el mundo occidental hay un solo dios, cómo puede ser que para casi 51 millones de habitantes de un país haya otro que, por si fuera poco, nació y vive entre ellos. Una pregunta de este tipo no podía no despertar la terrible curiosidad de conocer de qué estamos hablando, aunque sea de una manera un poco distante por las obvias razones de no vivir en primera persona la historia ni la cultura a lo largo de un periodo prolongado.

Una de las tres capitales: Pretoria.

Tuve el enorme orgullo de conocer la tierra de Nelson Mandela, la que tanto orgullo le despierta y contagia a todos los sudafricanos, esos que sienten lo mismo o más hacia él. En su natal Sudáfrica es llamado simplemente “Madiba” y es venerado por igual tanto en la pobre y humilde provincia de Mpumalanga, en la urbanizada y sufrida Johannesburgo, tanto como en la increíblemente rica y opulenta Ciudad del Cabo. A todo lo que puedan ponerle nombre, la primera opción que se les ocurre es llamarla como este hombre que cambió la historia de una nación para siempre: calles, locales, edificios, lo que sea. Hasta pude conocer el hotel en el centro de Ciudad del Cabo construido en su homenaje con una estructura muy parecida a una cárcel, como en la que pasó nada menos que 27 años de su vida. Si se tiene la oportunidad de cenar en el restaurante que hay en el interior del hotel atención a la carne demasiado salada, aunque compensan el atentado gastronómico con una amplia carta de vinos locales que, casualmente, al encontrarse en una latitud cercana a Mendoza, nos resultan muy familiares a los argentinos.

Además de disfrutar algo único como un paseo por el Parque Nacional Kruger, pude conversar con algunos ciudadanos sudafricanos y me contaron del nivel de desempleo que soporta Johannesburgo. Actualmente, la tasa de desempleo en todo el país ronda el 25%, lo que es una cifra que hoy se ubica por debajo de España. Al visitar Pretoria pude apreciar el cambio que se produjo en la sociedad: luego de las maravillas logradas por Mandela contra el apartheid, quienes lo sucedieron se fueron al otro extremo y crearon leyes tales como que en toda empresa sí o sí en la mesa directiva debe estar sentado un “negro”. Las multinacionales que no cumplen con esta disposición deben abandonar el país. Como años atrás estos nativos no pudieron acceder al mismo nivel educativo que los “hombres blancos”, es difícil que la formación y la capacitación sean igualitarias, no por lo menos en el corto plazo. Los profesionales empezaron a sentirse desplazados y rápidamente comenzaron a irse de Sudáfrica, lo que llevó a una grave “fuga de cerebros”. Siempre hay quienes aprovechan estas situaciones, y quien asumió la presidencia seguramente sea uno de estos. Un traductor, a modo de chimento, comentó que incluso el mandatario Jacob Zuma está acusado de violación y tiene cientos de denuncias por corrupción. La mayoría de los profesionales blancos se fueron y se instaló una crisis institucional y social irónicamente opuesta a esos años que avergüenzan a la humanidad entera. Por ejemplo, en Johannesburgo me advirtieron que no salga solo a la calle por ser de piel blanca (y eso que soy un típico morocho argento).

En esta misma ciudad, el pasado 16 de agosto se produjo un hecho lamentable: los trabajadores mineros protestaban por un aumento salarial que representa tres veces el salario actual, a lo que la policía respondió de manera violenta y dejó un saldo de 34 muertos y 70 heridos. Igualmente, los protestantes que en esta nueva ocasión vuelven a marchar y ya son más de 2.000, aseguran que hasta no encontrar una respuesta a su pedido no cesarán de manifestarse.

El autor en Cabo de Buena Esperanza.

Pese a todos estos recientes acontecimientos, es un país increíblemente bello, con paisajes únicos y con gente alegre y servicial que valora lo que nunca puede tener precio. Recorrí bastante las rutas con mi campera de cuero, como Pappo por la 66 con su chopera, hasta llegar al maravilloso e imponente Cañón del Río Blyde, el tercero más grande del mundo. No anduve en moto como el carpo, pero sí noté el perfecto estado en el que se encuentran todos los caminos, acompañados de una señalización impecable en los dos idiomas más utilizados: el inglés y el afrikaans. Este último es bastante primitivo, básico y es tan solo uno de los 11 idiomas oficiales, que proviene de los primeros marineros holandeses, llamados “pioneros”, los que llegaron a esas tierras sudafricanas hace siglos.

Y sí, como era de esperarse, en un pueblito alejado como Graskop al decir que era argentino me dijeron “¡Ah, Maradona!”. Lo que sí me sorprendió fue que al retirarme, el cajero del banco donde había ido a cambiar Rands (la moneda oficial) me despidió con un “chau”.

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