Han pasado días. Tal vez para algunos la tempestad, la calentura, la indignación, las ganas de romper lo primero que se te ponía enfrente ya pasaron. Para mí no, esa bronca, la angustia y los insultos siguen en mi boca como el domingo a las 6 de la tarde.

Por fin luego de 17 meses desde el último Superclásico, que River perdió por horrores de parte del arquero Juan Pablo Carrizo, se volvió a respirar ese aire repleto de adrenalina, de miedo, de ansiedad.

Este domingo me encontré sola en casa a las 15:10 con las manos temblorosas, sentada en un sillón con una cerveza enfrente. Mi casa, la inmensidad de la casa y yo. La tele prendida sin volumen por temas obvios: el relato de Marcelo Araujo. Hice una magnífica movida al trasladar mi equipo de música desde mi cuarto hasta el quincho y puse la radio esperando escuchar al relator que dice lo que un hincha de River quiere oír. Atilio Costa Febre comenzó a sonar y yo, con piel de gallina, oía cómo le pasaba facturas a Roberto Leto. Esa sensación que habíamos olvidado después de un año y medio, después de un descenso, ahora River estaba más vivo que nunca, más ascendido que nunca, estábamos en el Superclásico, y fue ahí cuando caí… volvimos a primera.

Foto: Fotobaires

Comenzaron a caer papelitos al igual que lágrimas por mi cara, comencé a llorar de la misma forma que lloré ese fatídico 26 de junio de 2011 y ese fervoroso sábado 23 de junio de este año cuando ascendimos. Vi salir a David con la cinta en el brazo, vi a Ponzio con una sonrisa de oreja a oreja y vi en los ojos de los pibes ese miedo mezclado con confianza: seguía llorando. Se acercaba la hora de que Pablo Lunati pite. Tragué saliva, me persigné 3 veces, miré para arriba y agarré el vaso, tomé un trago y ya estaba más calmada. En tan solo 90 segundos River estaba ganando, yo gritando el gol como grité pocos, lloraba, puteaba y le agradecí a quien se me viniera a la cabeza. Luego del gol hubo dos lesionados, dos lesiones del mismo tipo, dos cambios en menos de 15 minutos: Ramiro Funes Mori salió a los 6 minutos y por él entró Leandro González Pirez, que juega de defensor central y que pasó a ocupar el puesto de lateral. Ya comencé a dudar sobre qué podía hacer un pibe con poca experiencia en un puesto que no era el de él.

Eso no fue todo, en el banco se notaba la cara de preocupación, en los hinchas también, perdíamos un hombre clave como Martín Aguirre. Pisó mal y tuvo un esguince de rodilla. Un pilar fundamental en River, el hombre que faltó contra Quilmes y perdimos. Para suplirlo entró Ariel Rojas y ya mi cara comenzó a cambiar a pesar de ir arriba en el tanteador… y solo habían pasado 15 minutos. Escuché cómo Lito decía “Por favor, háganle masajes en el pecho a Rojas”. En ese momento no sabía si reír o llorar, es verdad, Rojas es un jugador que no pone, no busca, comete faltas y la pierde en un lugar donde puede provocar un desmán.

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Se escuchaba cómo el Monumental era una fiesta, escuchaba el relato y veía temor, pero esta vez de parte de los jugadores de la Rivera. Boca era poco, no llegaba, sus pases eran imprecisos. River era contundente, dominaba pero no llegaba a asegurarse el segundo tanto para de esa forma respirar, porque sabemos que Boca no tiene piedad, es un arma de doble filo: tal vez juegue mal, pero tiene la virtud de llegar y convertir. Terminó un primer tiempo favorable para el equipo dirigido por Almeyda, estábamos jugando el mejor partido desde hacía tiempo. Boca, como dije, estaba impreciso. Falcioni se había jugado en la semana una carta importantísima, dejaba afuera de la titularidad al joven Pol Fernández para que ingrese el ya experimentado Cristian “Pochi” Chávez, que fue de lo peor de Boca, a nuestro favor. Fue una bendición que esté él en la cancha, porque todos los rebotes eran para nosotros.

Luego de tener que fumarme la publicidad oficial comenzó el segundo tiempo, pero lo hizo con complicaciones. Julio César Falcioni se iba expulsado por entrar un minuto tarde, pero además, había problemáticas en la Platea Centenario Baja por un inflable en forma de chancho con la camiseta azul y oro, que era discriminativo y le obstruía la visión a los hinchas visitantes.

Después de un entretiempo de casi 20 minutos comenzó la segunda mitad, con una variante por el lado de la visita. En el vestuario se quedó un hombre con trayectoria en Boca, Clemente Rodríguez, que era reemplazado por el juvenil Lautaro Acosta.

Boca se puso las pilas del conejito, porque de un momento a otro fue todo para ellos. River se aclimató, aunque su figura, estoy hablando del franco argentino David Trezeguet, estaba pululando por la cancha, estaba perdido, no le llegaba una. De todas formas daba tremendos pases, algo que ya nos tiene acostumbrados por su eximia forma de leer el juego y de prever la trayectoria de su compañero dentro del campo. A los 22 minutos llegó un cambio en Boca: Juan Sánchez Miño salió para darle lugar a Nico Colazo. River comenzaba a tener nuevamente la pelota, y de un pase fenomenal del uruguayo Sánchez a Rodrigo Mora explotó por segunda vez el Antonio Vespucio Liberti… ya no me daba la garganta para gritar. Las cámaras enfocaban a los hinchas de Boca que pasaban prácticamente desapercibidos: según quienes estuvieron en la cancha esto fue así hasta los 30 minutos, cuando González Pirez tuvo que ir a marcar de una forma muy violenta, ya que el central Jonathan Botinelli, estaba afuera por una dolencia. La falta cometida por Pirez trajo aparejado el primer grito de los visitantes. Falcioni desde la manga festejaba. Aclaremos que “JC” tendría que haber visto el partido desde el vestuario pero, como en todo, hay ocasiones donde se hace la vista gorda. Vuelvo al gol del que estaba hablando: Santiago Silva marcó desde el punto de penal, Boca decidió sacar a Cristian Chávez, que para mi gusto fue el más flojo de la cancha.

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Admito que me empecé a preocupar, Trezeguet era Casper, no la tenía, no marcaba, su participación no influía dentro de la cancha, era necesario realizar una variante y solo faltaban 15 minutos, poco y al mismo tiempo una eternidad, más si hablamos de un equipo como Boca que te exprime hasta el último segundo del partido.

Matías Almeyda no aseguró el resultado y decidió meter un cambio a los 41 minutos. Se venía el “pumita” Rogelio Funes Mori, jugador que comenzó a levantar cabeza luego de que su participación durante mucho tiempo haya sido desdibujada. La mayoría deseaba (y me hago cargo de la acusación) que salga David, jugador que se hizo querer en estos 10 meses desde que llegó y que convirtió los dos goles más importantes desde que tengo uso de razón. Treze debía irse, no jugaba bien, necesitábamos alguien con peso, que consiguiese hacer fuerza para que los jugadores de Boca no pasen, no fue así.

Funes Mori es un delantero, necesitábamos alguien más. Hubiera optado por Villalba, un jugador que corre, mete y podría ocupar el lugar de Rojas para que el último se tire hacia arriba. Sin embargo, como digo, esto no pasó. Rogelio se hizo cargo de ser el ayudante de David en la delantera, pero a los 45’ de una jugada que era para gol de River, el francés decidió sacar una de esas patadas que a la mayoría de los hinchas ilusiona. Esa media tijera con la que nos hizo calentar la garganta frente a Instituto, incluso frente a Almirante Brown. A raíz de ese bombazo, se armó el contragolpe. Viatri metió una diagonal desde mitad de cancha, el pelado Silva la bajó y, para nuestra mala fortuna, estaba Walter Erviti solo frente al arco y de esta forma firmó el empate.

Empate injusto, paridad que podría haber sido victoria millonaria, igualdad con sabor amargo, empate que nuevamente nos tildó de gallinas. Sí, leen bien, dije gallinas. Aquel hincha de Boca que lea esto se va a reir y… ¿sabés qué? Reite. Y aquel hincha de River que lea esto me dirá bostera. ¿Querés decirme bostera? Hacelo, sé muy bien la casaca que tengo tatuada en el corazón.

¿Quieren saber por qué gallinas? Porque el técnico provocó este empate… el técnico. Matías Almeyda, jugador que demostró que ama al club que dirige, hizo que River quede mal parado.

Pelado, con lo poco o mucho que sé de fútbol, este partido estaba cerrado, era defender el resultado, era elegir sacar a David y que quede en la delantera Mora y Rojas. Y meter a alguien más fuerte en el medio campo. Tal vez noVillalba, pero un técnico sabe las características de cada jugador.

River no mereció el empate, por eso no lo festejó. Boca lo festejó porque sabe que tampoco lo merecía. El equipo de Julio César Falcioni me hizo acordar por un momento al San Lorenzo o el Quilmes de Caruso Lombardi. El primer tiempo estaban metido los 11 en el área esperando un contraataque, que no llegó hasta que River, o mejor dicho, el entrenador de River, dejó que llegue.

Una frase del Pochi Chávez me revolotea por la cabeza: “River tendrá que esperar 6 meses más”. Así será, solo 6 meses nos separan del próximo Superclásico para entender los errores y no volverlos a repetir.

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