No me gusta el teatro. No sé si es algo de ahora o en realidad nunca me gustó. Sé que mis papás me llevaban de chica a ver obras, pero tengo la sensación de que, así como los circos, hay algo que me da pena de ir al teatro.

No, no es pena, ni lástima, quizás es culpa. Lo que sé es que cuando salgo del teatro siento una angustia incontrolable que las luces del cine no me provocan. No sé si es la vida de itinerante, los teatritos chiquitos, las butacas vacías, las alfombras roídas, la sensación de fracaso. Ahora que lo pienso, dada mi condición de «wannabe» actriz (standupera o vedette), en realidad lo que siento es muchísima envidia.

Mas allá de mis problemas no resueltos con el teatro, la realidad es que me cuesta mucho disfrutar de las obras. Me la paso pensando cosas extrañas, veo las marcas en el piso, pienso por qué las luces alumbran determinada cosa, pienso quién habrá hecho el vestuario y cómo fue que el actor remarca tal palabra u otra: si será algo surgido de una improvisación o si es una marca del director. Me pongo nerviosa y pienso demasiado y muchas veces, no puedo seguir el hilo de la escena porque me cuelgo con otros asuntos, por más sencillo que sea el diálogo. Por eso siempre tengo problemas, graves, cuando mis amigas actrices, reales o de turno, me piden que vaya a verlas en acción. Yo adoro a mis amigas y de ser necesario iría más de una vez a cada función, pero a lo largo de mi vida me comí bastantes garrones teatrales. Así que cuando mi querida amiga María Gracia Garat me invitó a ver la obra en la que estaba, sin demasiada convicción le dije que sí.

Nos encontramos el sábado a las 11 de la noche en San Telmo. Mis amigas llegaron un ratito antes que yo y me retaron por haber llegado tarde: les expliqué que no conozco muy bien esos pagos.

La función empezaba a las 23:15, la cita era en Del Borde espacio teatral, en Chile 630. La obra: «Escocia», una adaptación libre de «Macbeth». Hacía mucho frío, así que esperamos adentro. Me hicieron pasar a la sala y me sorprendió notar que no había escenario ni escenografía, las butacas estaban ubicadas en forma de U. Se apagaron las luces y ya estaba ahí, adentro de la escena.

Algo huele mal en Dinamarca, pero lo que de verdad se pudre está en… Escocia

Este era el primer paso a una experiencia sensorial.

La puesta es así, está todo sobre la mesa. Te mete en un mundo de colores, sensaciones, olores y ruidos que hacen que el espectador no pueda dejar de prestarle atención a nada de lo que sucede a su alrededor. La directora Verónica Santángelo, a cargo de la nada sencilla tarea de adaptar un clásico como «Macbeth» junto a Gabriela Ramos, nos dicen que «Escocia» es una obra que ha sido creada buscando un lenguaje dramático, visual, literario y musical a través de la experimentación, que encontraron una metodología de trabajo propia y una poética de identidad clara que intentan mezclar el cuerpo con el tiempo y el espacio y, sobre todo, con el texto, que no es otro más que una de las obras malditas de la historia del teatro: «Macbeth» de Shakespeare. La idea es que el propio público esté inmerso en la escena. Todos los actores están presentes en todo momento en la obra. Es una puesta (y apuesta) rarísima y súper interesante. También se destaca el vestuario y el maquillaje. Cada personaje saca a relucir lo mejor y lo peor de sí mismo, gracias a Magda Banach y la caracterización de Cecilia Acosta. Los personajes pueden darte asco e intriga con solo el vestuario. La iluminación, a cargo de Ernesto Bechara, le termina de dar sentido a la puesta al darle distintos matices a las acciones que, simultáneamente, suceden en escena.

Con esta obra también pasó algo extraño, que no suele suceder: todos los actores se lucen. Se nota el compromiso con la representación y logran brillar. Pero como los actores no salen de escena en ningún instante, brillan constantemente y uno, como espectador, tiene que dar vueltas en la silla y girar la cabeza para no perderse ningún momento de ninguno de los actores.

«Escocia» es una versión libre, toma los ejes temáticos de «Macbeth»: la ambición, el poder, la manipulación, la tiranía, la locura, el bien y el mal, la traición, la perversión, lo trágico, pero en un contexto argentino, con personajes nuevos, esferas de poder. También recupera todo lo mágico y místico de las fuerzas de la oscuridad. Aparecen unos personajes que perfectamente podrían haber existido durante el menemismo en Pinamar, o en algún lindo departamento de la calle Alvear, veraneando en Punta del Este, Miami o, por qué no, Escocia.

Como dije antes, no me gusta el teatro. Me genera conflictos. Esta obra que se luce los sábados a las 23:15 en Del Borde espacio teatral, en Chile 630 (San Telmo), con las actuaciones de Fernando González, Gabriela Ramos, Luz Román, Claudio Morales, María Gracia Garat, Marina Andrada y Martín Diese, también me los genera. Y eso hace que toda la puesta en escena se proponga en forma de viaje sensorial, donde todos los sentidos están contemplados.

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