Durante la década de 2010, el vestuario en las series juveniles no era un detalle ornamental sino una herramienta narrativa. La ropa funcionaba como un distintivo para la construcción identitaria, diferenciaba, anticipaba conflictos y acompañaba el desarrollo dramático de los personajes. En muchas ficciones actuales, los outfits responden a lógicas de tendencias digitales.
Un caso en específico es «Pretty Little Liars», serie para adolescentes en la cual la ropa delimitaba claramente el universo simbólico de cada protagonista. Las prendas marcaban diferencias claras, remarcaban temperamentos, posiciones sociales y hasta conflictos internos. No hacía falta una explicación explícita, porque el estilo cumplía esa función narrativa, las elecciones de color, las siluetas, los accesorios y la forma de combinar transmitían seguridad, rebeldía, control, vulnerabilidad o ambición. El uso de este recurso ayudaba a los espectadores a juzgar críticamente al personaje apenas entraban en escena. El guardarropa no era un complemento decorativo, era la identidad puesta en imágenes.
En la producción actual el panorama es distinto. Incluso en propuestas visualmente sofisticadas como «Euphoria», donde es el maquillaje el que adquiere el recurso expresivo central, el vestuario trabaja de forma directa con la cultura digital. Las prendas de ropa parecen pensadas para la circulación en redes sociales que responden a las tendencias globalizadas. Lo mismo sucede con «The Summer I Turned Pretty», serie en la cual nuestra protagonista Belly es atravesada por conflictos internos, cambios emocionales y decisiones que marcan su crecimiento. Sin embargo, su vestuario rara vez acompaña esas transformaciones de manera clara.
La ficción ya no compite únicamente en términos narrativos sino, también, en su capacidad de generar imágenes compartibles. El vestuario deja de ser un lenguaje interno de la serie, generando que sus espectadores ya no puedan deducir a los personajes a través de la imagen como antes. Se reconoce un cambio en la función del vestuario dentro del relato audiovisual. Los outfits pasan a segundo plano sobre el conflicto interno, y empiezan simplemente a acompañar a los personajes.