Alauda Ruiz de Azúa, en su tercera película, propone una historia que nace de una decisión firme tomada por parte de su protagonista.
Ainara (la debutante Blanca Soroa) es una joven a punto de terminar la secundaria y con perspectivas de seguir una carrera universitaria -al menos, eso es lo que su familia y amigos creen-, quiere convertirse en monja de un claustro de clausura. Los retiros espirituales son parte de la educación religiosa de su escuela, a partir de ese estado embrionario crece su fe, la cual se consolida con un «llamado de Dios» recibido y que es el hecho nodal para semejante determinación.
Nadie de su entorno sospecha sobre las intenciones de la joven hasta que ella lo comunica primero a su tía Maite (Patricia López Arnaiz), quien atraviesa diferentes emociones entre la sorpresa y un horror en ciernes, porque comienza a darse cuenta de que no se trata solo de una idea apresurada o poco madurada sino todo lo contrario. Maite ocupa el papel de madre, es el apoyo y la contención femenina para la adolescente, muy necesario también, porque su padre tiene una nueva pareja y otros hijos con ella, es decir, que su presencia está en un segundo plano de la vida diaria. Es también el adulto que se preocupa y se alerta ante esta situación, su hermano (el padre de Ainara) subestima lo que sucede, enmascarándolo con un envoltorio de cierta adultez que percibe de su hija, porque en realidad su real prioridad está en sus otros dos hijos más pequeños.
La película desliza la incertidumbre del futuro de Ainara hacia una mirada sobre la dinámica familiar de su tía con su padre, puesta en crisis por su idea de convertirse en monja, pero lo cierto es que las rencillas estaban sembradas con antelación. Hay disputas de ideologías, también de herencias e, incluso, se presentan conflictos individuales, esto principalmente está en Maite, quien asume con intensidad la postura de convencer a como dé lugar a su sobrina al contrargumentarle que se perderá de estudiar, de tener amistades nuevas, una sexualidad y muchas otras cosas. En definitiva, todo un futuro por delante.
El relato evita caer en la tentación de tomar una postura tajante, si bien podría creerse que hay un castigo contra el personaje de Maite, lo que sucede realmente es que el punto de vista está posado en Ainara, su devenir es el más importante. La inteligencia narrativa está en proponer, sin explicitarlo, que en las vidas de su tía y de su padre está el reflejo de ese futuro desvanecido que se le traza al interponerlo discursivamente contra el resto de su existencia en un convento.
«Los domingos» plantea preguntas y, de manera proporcionada, también certezas firmes que para algunos personajes resultan invisibles. Un coming of age oblicuo, porque la transformación en la protagonista está asumida, los que padecen la aventura del descubrimiento son los adultos, allí radica la dureza del mazazo que deriva en entender que quizás ya es demasiado tarde para resetear todo.
«Los domingos» estuvo dirigida por Alauda Ruiz de Azúa y contó con las actuaciones de Blanca Soroa, Patricia López Arnaiz, Miguel Garcés, Juan Minujín y Mabel Rivera.