El nuevo largometraje del director costarricense Neto Villalobos Brenes, «Amor es el monstruo», participa en la Competencia Latinoamericana del 41° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
Tres generaciones de mujeres de una misma familia son las protagonistas de esta película, siendo la abuela del clan -interpretada por la actriz chilena Paulina García- el corazón y motor principal del relato: ella sabe que le queda poco tiempo para compartir con su familia y quiere ser una abuela amorosa, presente y divertida para su pequeña nieta (Gloriana Vargas).
Esta premisa, que podría ser la de cualquier drama o comedia familiar típica, adquiere nuevas dimensiones cuando se emplaza en el mundo propuesto por este film. La historia se desarrolla en un ambiente tropical fuertemente hostil: el aire está contaminado, la población se encuentra diezmada, los hombres partieron hace años y la sociedad restante se divide entre las trabajadoras (precarizadas y abandonadas) y quienes viven en el perímetro seguro (desinfectado y militarizado).
Las características de este mundo distópico no nos son reveladas más que de forma fragmentaria y, prácticamente, sin secuencias expositivas: los planos iniciales nos sumergen directamente en medio de la selva, entre fumigaciones extrañas, accesos bloqueados y guardias armadas.
Este entorno le permite a Villalobos y a su coguionista, Diego van der Laat, aumentar constantemente el peso de las decisiones que toma el personaje de Paulina García para fortalecer el vínculo con su nieta y, por consiguiente, la gravedad de las consecuencias.
Entre la «abuela» y la «nieta» se ubica el personaje de Natalia Regidor, la «hija» (ningún personaje tiene nombre propio), probablemente el menos aprovechado. Si bien tiene un rol propio -gerencia una planta cuyos trabajadores llevan tiempo sin cobrar-, funciona sobre todo como intermediaria de la relación abuela–nieta. Su vínculo tenso con la madre aporta conflicto, pero la película apenas lo explora.
Ese mismo escenario postapocalíptico sirve para reflejar lógicas clasistas existentes y llevar al extremo la hostilidad que pueden alcanzar las relaciones humanas cuando rige la desigualdad y la naturaleza misma es una amenaza. No es casual que la película se haya rodado en el sur de Costa Rica, una región marcada por la presencia histórica de las compañías bananeras estadounidenses y las divisiones sociales que generaron.
Formalmente, el film se destaca en varios aspectos. Su dirección de sonido le da una capa de profundidad y asfixia particular, mientras que la música original de Pablo Rojas Carballo aporta una propuesta que permite por momentos reforzar como por momentos contrastar la gravedad de las situaciones que se van sucediendo en los pocos, pero intensos días que acompañamos a estos personajes. La dirección de arte también es muy importante para lograr esta sociedad alternativa, atemporal y marcadamente latinoamericana.
Todos estos condimentos le dan su color particular a «Amor es el monstruo» pero, en su interior, lo que se desarrolla no deja de ser una historia de amor entre madres e hijas que resuelven como pueden y con las herramientas que les permite este entorno, sin ser grandes heroínas y muy lejos de la perfección.
La película decide no resolver todos los interrogantes, creando un punto final bastante incómodo, pero altamente potente, que nos deja frente a las consecuencias que pueden traer las decisiones amorosas pero desesperadas.