Con «La negociación» («Dead Man’s Wire»), Gus Van Sant vuelve a internarse en uno de esos territorios incómodos donde la violencia no necesita necesariamente de la sangre para resultar perturbadora.
A partir de un hecho criminal ocurrido en Estados Unidos, el director construye un thriller seco, claustrofóbico y deliberadamente incómodo, en el que un secuestro termina convirtiéndose en algo mucho más complejo que una simple disputa por dinero.
La historia tiene como centro a Tony Kiritsis, un hombre que, después de sentirse perjudicado económicamente por su socio, decide secuestrarlo y mantenerlo atado a él mediante un dispositivo que puede provocar su muerte. Lo que podría haber sido un relato convencional de secuestro se transforma, en manos de Van Sant, en una suerte de duelo psicológico, donde la palabra adquiere tanta importancia como la amenaza física.
Porque aquí la verdadera arma no es solamente el mecanismo que mantiene cautiva a la víctima. Es la negociación misma. Cada conversación, cada propuesta y cada negativa modifican la relación de fuerzas entre los personajes. El dinero aparece inicialmente como el motivo del conflicto, pero pronto queda claro que ya no se trata únicamente de cuánto se debe pagar. Lo que está en juego es quién tiene el poder, quién consigue imponer las condiciones y, sobre todo, quién logra humillar al otro.
Van Sant evita convertir a Kiritsis en un villano convencional. Lo observa con una mezcla de distancia y curiosidad, permitiendo que su comportamiento revele progresivamente una personalidad atravesada por el resentimiento y la obsesión. La película no busca justificarlo, pero tampoco se conforma con demonizarlo. Esa ambigüedad resulta fundamental: cuanto más escuchamos sus argumentos, más incómoda se vuelve nuestra posición como espectadores.
El gran mérito del director está, precisamente, en no ofrecer respuestas sencillas. Kiritsis es víctima y victimario al mismo tiempo: es un hombre que reclama justicia mientras ejerce una violencia extrema. Su discurso sobre el dinero y la reparación económica se va convirtiendo progresivamente en una lucha contra la pérdida de autoridad y contra la sensación de haber sido engañado.
También resulta significativo el papel de las instituciones. La policía, los medios de comunicación y los negociadores aparecen alrededor del conflicto, intentando recuperar un cierto orden. Sin embargo, frente a la lógica personal y obsesiva de Kiritsis, las estructuras institucionales parecen, por momentos, tan impotentes como la propia víctima. Van Sant aprovecha esa situación para poner en cuestión la idea de que toda disputa puede resolverse mediante procedimientos racionales.
La puesta en escena acompaña esta sensación de encierro. El director no necesita recurrir permanentemente a grandes movimientos de cámara ni a una espectacularización de la violencia. Por el contrario, la tensión surge de la espera, de los silencios y de la repetición. La película parece decirnos que una situación límite puede resultar más perturbadora cuando se prolonga que cuando estalla.
También puede leerse como una reflexión sobre una sociedad en la que las relaciones humanas están cada vez más atravesadas por el valor económico. Kiritsis reclama una suma de dinero, pero detrás de esa demanda hay algo imposible de cuantificar: quiere que se reconozca que fue perjudicado. Quiere recuperar aquello que siente que le fue arrebatado. El problema es que, cuando esa necesidad de reparación se convierte en obsesión, la búsqueda de justicia termina destruyendo cualquier posibilidad de justicia.
Gus Van Sant consigue así que un episodio policial se transforme en una mirada amarga sobre el resentimiento. No le interesa solamente preguntarnos qué ocurrió sino qué puede llevar a una persona a cruzar el límite entre reclamar y vengarse.
La negociación no es, por eso, un thriller convencional. Es una película sobre la imposibilidad de negociar cuando lo que verdaderamente se está disputando no es dinero sino poder. Y allí reside buena parte de su inquietante atractivo: detrás de cada cifra, cada amenaza y cada pedido de negociación hay dos hombres que se niegan a perder.
Van Sant nos deja frente a una conclusión incómoda: cuando una persona siente que fue despojada de algo, puede llegar un momento en que ya no busca recuperar lo perdido. Busca que el otro pierda todavía más. Y, entonces, la negociación deja de ser una salida al conflicto para convertirse en el propio conflicto.
La película asimismo, dialoga con esa otra icónica «Tarde de Perros» («Dog Day Afternoon», 1973, de Sidney Lumet) en el que se viviseccionan las grandes necesidades humanas vueltas insignificantes al pasar por el tamiz de las grandes estructuras.