El pasado 20 de agosto se jugó en el Estadio Libertadores de América la vuelta por los octavos de final de la Copa Sudamericana entre Independiente y la Universidad de Chile.
El resultado de la ida lo tenía a favor la parcialidad chilena y buscaba sostenerlo, mientras que Independiente debía darlo vuelta en su casa. Sin embargo, un partido que debía ser una fiesta entre las hinchadas y fanáticos, terminó en actos repudiables de violencia y barbarie entre ambas partes.
La tensión se manifestó desde el primer tiempo. Para situar contexto, los hinchas de la «U» estaban ubicados en la tribuna Pavoni Alta por encima de la Pavoni Baja donde estaban los aficionados de Independiente. Los chilenos empezaron a lanzar objetos hacía abajo, entre ellos materia fecal, orina, proyectiles, piedras, pedazos de azulejos, inodoros, etcétera, y algunos de ellos lograron herir a los hinchas. Posteriormente, rompieron las instalaciones del estadio.
Todo el primer tiempo los simpatizantes de Independiente estuvieron descuidados, ya que esa tribuna alta no contaba con una red o alambrado que los proteja de los objetos. Varios testimonios cuentan que tuvieron que encimarse todos arriba y al costado para no recibir los golpes. El clima ya estaba tenso, los hinchas aguantaron 45 minutos en esas condiciones.
Durante el entretiempo, la situación se agravó: se arrancaron butacas, varias fueron prendidas fuego, se destruyeron inodoros y partes del baño y, en un hecho particularmente grave, un encapuchado lanzó una bomba de estruendo hacia la «Garganta del Diablo», uno de los cuatro sectores de las esquinas del estadio, ubicado a metros de las tribunas Pavoni y Erico, lo que alertó al resto del estadio sobre lo que ocurría en el sector sur.
Hasta ese momento no se había logrado controlar la situación, por lo que el encuentro no podía continuar. A inicios del segundo periodo, el partido quedó detenido varios minutos mientras se esperaba que la calma regresara y se pudiera reanudar. La voz del estadio solicitó reiteradamente, por altoparlantes, el desalojo de los hinchas chilenos, que tardaron varios minutos en salir, y aún permanecía una docena de barras bravas de la «U».
El árbitro habló con los capitanes y con las autoridades de la Conmebol allí presentes, y finalmente decidió suspender el partido. Los futbolistas de Universidad de Chile pidieron tranquilidad a su gente, pero los incidentes continuaron, con proyectiles cayendo sobre la tribuna y heridos en la cancha solicitando asistencia. Ante esta situación, el árbitro y los jugadores se retiraron a los vestuarios.
Sin embargo, el escándalo siguió. A falta de protección y efectivos policiales que custodiaran a los hinchas y al estadio, un grupo de la barra brava de Independiente logró forzar los portones y vías de acceso que los separaban hasta llegar a la Pavoni Alta, donde aún quedaban chilenos. Los mismos fueron acorralados y golpeados brutalmente y sin piedad con palos y otros elementos que estaban allí. Como consecuencia, algunos intentaron escapar lanzándose al otro lado, y otros quedaron inconscientes en el suelo. La policía no apareció en ningún momento, dejando solos a los hinchas y a las familias que, en ese momento de violencia, eran los que más necesitaban protección.
Al ver todo esto, los fanáticos de Independiente que fueron a disfrutar el partido tuvieron que invadir el campo de juego para usar otras salidas. La desconcentración total tardó más de dos horas. El panorama afuera era preocupante: corrían hinchas por todos lados y circulaban ambulancias y patrullas que se llevaban heridos y detenidos. Alrededor de las 3 de la mañana llegaron fiscales y abogados a recorrer el estadio para presenciar los destrozos y empezar a intervenir en el caso para evaluar las sanciones correspondientes.
El Estadio Libertadores de América quedó destrozado, baños y butacas rotas y arrancadas, portones caídos, personas lastimadas, el buffet venido abajo y puertas derribadas.
Luego de tres largas semanas, llenas de expectativa y tras los descargos presentados por ambos clubes, hubo novedades: los dirigentes de ambas instituciones se reunieron en Paraguay con las máximas autoridades de la Conmebol.
Tras esa reunión, la entidad emitió su resolución: Independiente fue eliminado directamente de la competencia y ambos clubes recibieron sanciones adicionales, una decisión que sorprendió e indignó a gran parte del fútbol sudamericano.
Además, el conjunto de Avellaneda jugará sin público los próximos siete partidos de local en competiciones de Conmebol y tampoco podrá llevar hinchas en siete encuentros de visitante. La misma restricción corre para Universidad de Chile: siete duelos a puertas cerradas como local y sin su gente en siete de visitante (comenzará en la llave con Alianza Lima). A su vez, el club argentino deberá pagar una multa de 250 mil dólares, mientras que los chilenos de 270 mil. También deberán involucrarse en campañas contra el racismo, discriminación y violencia.
Nadie esperaba este desenlace
Hay quienes creían que ambos equipos serían descalificados o que, en su defecto, el partido se reanudaría a puertas cerradas, sin público. Sin embargo, la Conmebol decidió avanzar con un fallo que marca un precedente histórico y genera controversia: es inaceptable que un equipo que inició los disturbios y contaba con antecedentes pueda continuar en la competencia. La decisión dejó a gran parte de la hinchada y de los dirigentes sorprendidos y cuestionando los criterios de sanción aplicados.
Desde Avellaneda, los directivos ya evalúan los pasos a seguir. Se presentó una apelación con el objetivo de defender los intereses de Independiente, buscando que se revise la medida y se aplique una sanción más proporcional a los hechos ocurridos. Mientras tanto, el club y sus seguidores deberán enfrentar las consecuencias de un fallo que, para muchos, castiga más a las víctimas de los incidentes que a los responsables. La resolución no solo afecta la continuidad del equipo en la Copa Sudamericana sino, también, deja una reflexión sobre la seguridad en los estadios y el manejo de situaciones de violencia en el fútbol sudamericano.
Artículo elaborado para puntocero por Sol Morucci.