Por qué Colombia y Venezuela sufrieron terremotos

En las últimas semanas, Venezuela y Colombia fueron escenario de dos grandes terremotos que volvieron a poner el foco sobre la actividad sísmica de América del Sur.

Ambos países se encuentran en una región con una intensa actividad tectónica y los terremotos tuvieron características diferentes. Entender qué ocurre debajo de la superficie permite explicar por qué dos sismos de magnitudes similares pueden tener consecuencias muy distintas.

Un terremoto se produce cuando la energía acumulada en el interior de la Tierra se libera de manera repentina. Las placas tectónicas están en movimiento constante y, en determinadas zonas, la fricción entre las rocas puede impedir que ese movimiento ocurra de manera continua. La tensión se acumula, hasta que las rocas se rompen o se desplazan y liberan esa energía en forma de ondas sísmicas.

Venezuela: dos terremotos en menos de un minuto

El 24 de junio de 2026, Venezuela sufrió dos terremotos de gran magnitud. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el primero alcanzó una magnitud de 7,2 en la escala Richter y ocurrió a unos 20 kilómetros de profundidad. Apenas unos segundos después, se produjo otro de magnitud 7,5 con una profundidad cercana a los 10 kilómetros.

La zona se encuentra en una región tectónicamente compleja, donde interactúan la placa del Caribe y la placa Sudamericana. Los movimientos entre ambas generan tensiones que se acumulan en diferentes fallas geológicas.

Uno de los elementos que ayuda a explicar el impacto de estos terremotos es su poca profundidad. Cuando el hipocentro se encuentra cerca de la superficie, las ondas sísmicas recorren una distancia menor antes de alcanzar las zonas habitadas. Esto puede producir movimientos muy intensos y aumentar los daños.

El USGS también señaló que los terremotos venezolanos tenían potencial para generar una cantidad significativa de deslizamientos de tierra, otro de los fenómenos que pueden producirse después de un sismo de gran magnitud.

Colombia: una estructura compleja

El 10 de agosto de 2026, Colombia sufrió un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en las proximidades de San José del Palmar, en el departamento de Chocó. El sismo afectó distintas zonas del occidente del país y provocó graves daños en ciudades como Cali y Pereira.

La situación tectónica colombiana es compleja, porque interactúan tres placas: la de Nazca, la Sudamericana y la del Caribe. Esta convergencia convierte al país en una de las regiones sísmicamente más activas de la zona. El terremoto colombiano fue mucho más profundo. Esto significa que la energía tuvo que recorrer una mayor distancia antes de llegar a la superficie.

Estos dos casos permiten entender una de las principales cuestiones de la sismología, un terremoto más fuerte en términos de magnitud no necesariamente es el que provoca más daños.

La magnitud mide la energía liberada en el origen del terremoto, pero el impacto sobre la población depende de muchos otros factores. Entre ellos están la profundidad del hipocentro, la distancia respecto del epicentro, el tipo de suelo, las características de las construcciones y la cantidad de personas expuestas.

Por eso, un terremoto superficial puede generar movimientos extremadamente violentos en una zona determinada, mientras que uno profundo puede sentirse a cientos de kilómetros y distribuir su energía de una manera diferente.

También es importante diferenciar epicentro e hipocentro. El hipocentro es el punto dentro de la Tierra donde comienza la ruptura. El epicentro es el punto de la superficie ubicado directamente encima.

De acuerdo con especialistas, estos terremotos responden a las condiciones geológicas particulares de cada zona y no existe evidencia de que los eventos venezolanos y colombianos formen parte de una misma secuencia sísmica.

Lo que sí comparten es un contexto geológico, ya que ambos países se encuentran en una región donde diferentes placas tectónicas interactúan constantemente.

Los terremotos no son fenómenos aislados, en el sentido de que ocurran sin explicación. La ciencia conoce los procesos tectónicos que los producen y puede identificar las regiones donde existe mayor peligrosidad. Lo que todavía no puede hacer es determinar exactamente cuándo y dónde ocurrirá.

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