«Sōsō no Frieren»: filosofía detrás de la ficción

No soy muy adepto al «mundo manga». No por prejuicios ni nada puntual, simplemente, porque es tal la sobresaturación del medio que me es imposible leer todo y elegir «a dedo» resulta en un riesgo para quienes tenemos el tiempo de lectura acotado por las exigencias del día a día.

Es por eso que apelo siempre a recomendaciones de amigues y con «Sōsō no Frieren» pasó justamente eso. Me llegó una recomendación genuina: «A vos particularmente te va a encantar». Y así fue.

«Sōsō no Frieren», o «Frieren» a secas, un manga de 15 tomos (actualmente en un «hiatus» por burnout de sus autores), escrito por Kanehito Yamada e ilustrado por Tsukasa Abe cuya premisa inicial me resultó tanto ingeniosa como novedosa para un género que parece tener todas las reglas ya establecidas. En este caso, la propuesta comienza por el final: ¿cómo contar una historia que arranca cuando la épica aventura culmina?

Estamos muy acostumbrados a la fantasía como una campaña tradicional de rol. Un grupo de héroes integrado por guerreros, clérigos, magos, hechiceros, todos de diversas índoles, con trasfondos, con cambios de género y humor u oscuridad. Esas parecen ser las fórmulas por las que se puede contar una historia «novedosa» y exitosa en el medio. Más si tenemos en cuenta que es un shōnen tradicional, publicado en una revista importante como lo es la Weekly Shōnen Sunday por la que pasaron autores y autoras como Rumiko Takahashi, Gosho Aoyama, Osamu Tezuka, Gō Nagai, entre otros.

«Frieren» propone otra cosa: pausa, autocontemplación, reflexión existencialista y acción, sí, pero a cuenta gotas (por lo menos al inicio). La historia comienza cuando ya derrotaron al Rey Demonio, el mal definitivo que azotaba al mundo. La campaña fue dirigida por el héroe Himmel, el clérigo Heiter, el enano guerrero Eisen y Frieren, una maga élfica con más de 1.000 años vividos y la inmortalidad de su raza como punto de partida para la premisa en cuestión: ¿cómo habita los vínculos una persona para la que el transcurrir de los años es apenas un parpadeo? 10 años de campaña es poco tiempo para ella y lo manifiesta cuando dice apenas conocer a sus amigos o propone ver una lluvia de estrellas 50 años después del final de la aventura.

El funeral de Himmel, quien muere de anciano, supone un golpe fuerte para ella, que recién entonces reflexiona en torno a estas cosas y manifiesta que debería haberlo conocido más.

Es ahí donde recién comienza la historia, una nueva aventura, con un nuevo grupo y una nueva Frieren que navegará entre los recuerdos del pasado y la inmediatez del presente en lo que, sorprendentemente, resulta en una experiencia totalmente novedosa.

Lo que me propongo con estas líneas es desandar uno de los aspectos que más me gustaron hasta ahora: la filosofía detrás de la ficción. Y es que, contrario a lo que hubiera podido suponer, el existencialismo alemán está presente en sus diversas formas a lo largo de la historia. Y no es casualidad que todos los nombres estén, de hecho, en ese idioma: desde Himmel (cielo), Heiter (alegre), Eisen (hierro) o la propia Frieren (helado), así como los subsiguientes personajes que formarán parte del presente.

Pero, ¿cuáles son esos conceptos filosóficos que toma como exploración narrativa?

El primer aspecto que llamó mi atención es justamente el estado inicial de Frieren, esa apatía temporal que demuestra al inicio de la historia, en el que 10 o 50 años parecen ser lo mismo para ella. Como si fuera un contrapunto narrativo, me llevó a pensar directamente en «Todos los hombres son mortales» de Simone de Beauvoir. En la novela filosófica de 1946, Raimon Fosca, el protagonista de la historia, descubre que la inmortalidad no es un regalo sino una condena que despoja de urgencia cada vínculo y aplasta el sentido de las elecciones humanas. Frieren no sufre esa parálisis existencial, pero tropieza con el mismo abismo: la incapacidad de dimensionar la brevedad ajena.

En «El Ser y el Tiempo», Martin Heidegger (filósofo existencialista alemán) sostiene que la vida solo cobra significado porque la muerte acecha al final: elegimos, amamos y recordamos desesperadamente porque sabemos que la vela se apaga, cuanto más ignoramos la muerte, menos auténtica es nuestra vida. Frieren, al no tener fecha de vencimiento, vivió en una anestesia temporal hasta que la muerte de su compañero la obligó a despertar. Su nuevo viaje ya no busca monstruos, busca desandar lo andado para rescatar los fragmentos de memoria que ignoró en su primera pasada. Es un camino pedagógico sobre la cotidianeidad.

Frieren no sabe lo que es temer a su propia muerte, puesto que es inmortal, pero a sabiendas de que logra dimensionar «la muerte del otro», redescubre, poco a poco, la belleza de la vida: ella quizás esté siempre ahí, pero sus amigos no, entonces intenta apreciar los momentos que comparte con sus nuevos amigos. Cada instante que vive con ellos se vuelve, de repente, infinitamente valioso.

En el otro extremo de la ficción (y de la filosofía, ya que estamos) se encuentran los demonios, antagonistas de la serie y espejo filosófico de los personajes principales. Mientras que los «buenos» son retratados con un humanismo radical, a los «malos» los presenta de una forma que incomoda a la ficción moderna. Acostumbrados a villanos con trauma infantil o pasados trágicos que justifican sus actos, Frieren reintroduce un mal absoluto e irredimible: lo «malo» por naturaleza.

No son humanos incomprendidos ni criaturas con otra cultura, no son redimibles. Son depredadores puros. Y su arma más perversa es el lenguaje. Si para Aristóteles la palabra era el cimiento de la polis, para los demonios en Frieren es un señuelo de caza. Dicen «mamá», «ayuda» o «amigo» no porque sientan el afecto tras esos términos sino porque descubrieron que articular esos sonidos baja las defensas de la presa. Es la crueldad mecánica de la evolución.

Esta dinámica resuena con el maniqueísmo del Siglo III: la noción de que el bien y el mal son fuerzas ontológicas eternas e inconciliables, no desviaciones éticas ni malentendidos. Luz y oscuridad, espíritu y materia como las dos caras de la moneda. Cuanto más aprende Frieren a amar a sus vínculos (nuevos y viejos), más comprende que con el demonio no hay diálogo posible.

San Agustín de Hipona fue maniqueo durante varios años. En sus reflexiones de ese periodo daría como ejemplo de esto que una persona no es neutral a este respecto, que en nosotros mismos habita ese conflicto, dos almas o dos mentes luchan entre sí en cada uno de nosotros. Lamentablemente, el maniqueísmo llevó esta doctrina al extremo, considerando el alma como lo bueno que radica en el impuro y material cuerpo (lo malo).

San Agustín eventualmente saldría de su postura y hasta la calificaría como una «loca doctrina insana», desarrollando más capas de reflexión al respecto hasta lograr afirmar que «el mal en realidad no existe» o, mejor dicho, no existe algo como la «naturaleza del mal». Aquello que es malo, lo es porque corrompe el bien, no porque sea malo porque sí. Se puede hablar del bien sin hablar del mal, pero no se puede explicar la maldad sin hablar de la bondad.

Un crimen, por ejemplo, no es necesariamente malo sino que sucede fuera de un contexto dado. No es lo mismo un asesinato que una pena de muerte para la sociedad. Es justicia o no lo es, la maldad ahí está dictada por la moral. Un terremoto o un tornado que arrasa un pueblo es lo mismo, sucede en un lugar en donde no debería, solo que, en lugar de ser moral, en ese caso es natural. San Agustín dirá que todas las cosas que se corrompen son buenas, porque no podrían corromperse si no tuvieran algún rasgo de bondad. El pecado, la forma lingüística definitiva para hablar de un acto de maldad moral, no es una elección entre fuerzas sino una elección de un bien aparente: robar comida es un delito, una forma de pecado, el bien aparente es alimentarme.

En los demonios en «Frieren», o en su interpretación, podemos encontrar todas estas reflexiones escondidas en capas de diálogos y hasta en escenas complejas, podemos preguntarnos: ¿son malos por naturaleza como la propia elfa parece manifestar? ¿O esconden en su accionar un principio más intrincado acerca de cómo percibimos la bondad o la maldad en las cosas? ¿buscan el caos o la supervivencia?

Quizás comprendan ahora un poco por qué me gusta tanto esta serie. Con prestar atención nos podemos encontrar haciéndonos estas preguntas. Y cualquier tipo de lectura que nos invite a pensar, debe ser siempre bien recibida.

Quedan afuera varios filósofos, quizás para una parte dos. ¿Qué decís?

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