Basada en la novela “El regreso de Jack a casa” del escritor Ted Lewis, la ópera prima de 1971 del director británico Mike Hodges y protagonizada por un joven Michael Caine, es un clásico de las películas de criminales con una muy oscura mezcla de violencia, corrupción y denuncia social.
En su crítica publicada en el diario The Guardian del 25 de mayo de 2022 con motivo de una retrospectiva del director en el BFI Southbank de Londres, el crítico Peter Bradshaw la definió como una obra maestra del cine criminal británico, destacando su combinación de realismo social, su sordidez deliberada y la interpretación de Michael Caine, una mirada actual sobre el film permite introducir algunos matices y discutir qué significa exactamente celebrar una película tan deliberadamente desagradable.
Jack Carter (Michael Caine), matón a sueldo de la mafia londinense, regresa de Londres a su Newcastle natal luego de la muerte de su hermano Frank. Sospecha que lo declarado como un suicidio es en realidad un ajuste de cuentas de una organización que regentea una red pornografía, prostitución y crimen organizado.
El argumento parece remitirse a la estructura de un film noir: un hombre en soledad llega a una ciudad para investigar un crimen, formula preguntas, descubre que algo raro está pasando y se enfrenta a los responsables. Sin embargo, el personaje de Caine no es un detective privado sino un criminal profesional. La critica de Bradshaw acierta en esta descripción, Carter es un frio ejecutor de la mafia londinense, y su búsqueda no es de justicia sino de venganza, y para alcanzarla emplea las mismas herramientas del mundo criminal que pretende condenar.
Si hay un elemento sobre el que es difícil discrepar es la presencia Michael Caine. Su Jack Carter es una interpretación memorable y que lleva el peso de estar presente en casi todos los planos de la película. Siempre de traje, aunque también desnudo en algunas escenas, puede pasar de la calma mas absoluta a la violencia sin modificar su expresión. Bradshaw menciona “una autodisciplina casi sociópata”, como ya había mostrado en sus películas anteriores “Alfie, el seductor irresistible” (Lewis Gilbert, 1966) y la saga de tres películas en las que interpretó al agente británico Harry Palmer de 1965 a 1967, basadas en las novelas de espías escritas por el inglés Len Deighton.
Además, destaca su singular entonación que usa en la película. Esto es porque Caine, nacido en la historia en Newcastle donde es característico el acento “geordie”, no cambió el suyo y utiliza su “cokney”, tradicional de la clase obrera del East End de Londres y que es completamente diferente. Caine no hizo ningún intento por cambiar su marcado acento londinense para imitar el habla local con lo que causa una sensación de extrañeza al relacionarse con el entono criminal de Newcastle. Para justificar esta desconexión, el director Mike Hodges explicó de forma sutil que “Carter llevaba tanto tiempo viviendo y operando en los bajos fondos de Londres que había absorbido por completo el acento de la capital para camuflarse y encajar en su entorno criminal”.
El magnetismo de Caine es la vez una de las mayores virtudes y uno de los mayores problemas de la película, ¿era la elección mas adecuada para un personaje tan repulsivo?, Hodges nos muestra en todo momento la brutalidad de Carter, pero el carisma de Caine provoca que el espectador lo admire y, en determinados momentos, incluso desee que triunfe. La película gana y se ha convertido en clásico porque juega deliberadamente con esa complicidad.
Bradshaw acierta especialmente al vincular Get Carter con el realismo social de Ken Loach y con la tradición del “kitchen sink”, un movimiento cultural y cinematográfico británico de finales de los años 50 y principios de los 60 que retrataba de forma cruda y realista la vida de la clase trabajadora. Hodges no utiliza Newcastle como un simple fondo para la acción, esta ciudad obrera del nordeste de Inglaterra es prácticamente otro personaje. Los barrios obreros, las viviendas sucias y deterioradas, los estacionamientos y las construcciones industriales provocan un fuerte contraste con la elegancia de Carter. Vuelve a un mundo que era suyo, pero hay un fuerte contrataste con sus antiguos camaradas, que en todo momento resaltan su “ascenso social” al pertenecer ahora a la mafia londinense.
Hodges mezcla esos dos mundos de forma brillante, por un lado, se alimenta del cine negro estadounidense (el detective, los criminales, la femme fatal), incluso Carter lee “Adiós Muñeca” de Raymond Chandler en el viaje en tren a Newcastle; y por el otro muestra el deterioro social británico de esa época: los espacios obreros, la pobreza, las diferencias de clase, una sociedad que parece no ofrecer una “movilidad ascendente”. Un hecho curioso es que después de aparecer la crítica de Bardshaw en el Guardian, Hodges publicó en el mismo diario una carta abierta en la que compartía la visión del crítico, y en la que contaba su experiencia en la Royal Navy durante el servicio militar que le había permitido ver la pobreza extrema de comunidades pesqueras como North Shields, cercanas a Newcastle. Esa vivencia había sido decisiva para trasladar esa mirada social a la película desde la puesta en escena.
Bradshaw utiliza términos como “sucia, repugnante y desagradable” para decribirla, pero los emplea como elogios. Hodges no busca embellecer la violencia, sino que define una estética deliberadamente incomoda. Hay muy poco glamour en los ambientes donde se mueven los criminales, el jefe del crimen local de Newcastle Cyril Kinnear (interpretado por el dramaturgo ingles John Osborne) se mantiene imperturbable como Carter en toda la película, y su ladero Eric Paice (Ian Endry), protagonista de la icónica escena final en la playa, es un gánster elegante pero desagradable y cínico, cuya mirada tiene unos ojos que son “unos agujeros de orina en la nieve”. Los asesinatos son secos y desagradables. Los personajes parecen atrapados en habitaciones, bares y edificios que transmiten una sensación constante de deterioro. La prostitución y la pornografía no constituyen un elemento sofisticado sino por el contrario, es un sistema de explotación. Es aquí donde aparece una parte controvertida de la película y son sus personajes femeninos. Las mujeres son retratadas como victimas de engaños, objetos de deseo sexual y también como parte trágica de una red de pornografía infantil que involucra a la hija de su hermano asesinado. La banda sonora minimalista del pianista de jazz Roy Budd y la fotografía cruda y realista del austriaco de Wolfgang Suschitzky contribuyen a esa atmosfera de frialdad y pesimismo.
“Carter, asesino implacable” es el mejor trabajo en la carrera del Hodges, un director muy irregular con películas como la extraña “El hombre terminal” (1974), adaptación de una novela de Michael Crichton (Parque Jurásico), un noir llamado “Croupier” (1998) con Clive Owen, y la taquillera Flash Gordon (1980), con música de Queen. Sin embargo, va a ser siempre recordado por esta película, que permite ver cómo eran los estándares y la permisividad del cine de los setenta, en términos de argumentos y personajes, sin ninguna necesidad de justificación más allá de la propia película y el mundo que ésta crea. Bradshaw menciona que la película fue “apropiadamente” producida por Michael Klinger, un antiguo empresario de clubes de striptease, algo impensado en la actualidad.
Mas de medio siglo después la película sigue influyendo en muchos cineastas. En su momento Stanley Kubrick la ubicó entre sus favoritas de los años setenta y Quentin Tarantino dijo que “la había inspirado para hacer cine”, aunque siempre hay que tomar con cierta distancia las declaraciones de Quentin. Es imposible no obviar su legado en el cine de Guy Ritchie, sobre todo en su retrato del submundo criminal del hampa británica en “Juegos, trampas y dos armas humeantes” (1998) y “Snatch, cerdos y diamantes” (2000), que prácticamente le deben su existencia al retrato que Hodges hizo en 1971. Incluso Sylvester Stallone fue el protagonista de una olvidable remake en el año 2000, dirigida por Stephen Kay.
Es una película fría, incomoda de ver, de “nitrógeno líquido” del acuerdo al crítico inglés, y esa es posiblemente su virtud más perdurable. A más de cincuenta años de su estreno, su mundo sigue siendo tan distante e insensible como cuando Carter a llega a Newcastle para vengar a su hermano asesinado.