Hay algo particularmente inquietante en tomar un escenario que alguna vez nos hizo felices durante nuestra infancia y convertirlo en una auténtica pesadilla. Eso es precisamente lo que propone el director Casper Kelly con esta locura terrible que es «Buddy», una película de horror que encuentra en la estética de los programas infantiles de los años 90 y principios de los 2000 el escenario perfecto para desarrollar una historia tan perturbadora como violenta.
Con solo ver el tráiler es más que suficiente para reconocer influencias de programas como «Barney, el dinosaurio», «Plaza Sésamo» o «Teletubbies». Producciones protagonizadas por personajes coloridos, rodeados de chicos felices, canciones pegadizas y escenografías artificiales que invitaban a descubrir un mundo donde, aparentemente, todo era maravilloso e inocente. Sin embargo, detrás de esa fachada de inocencia, Buddy esconde algo verdaderamente aterrador.
Este «simpático» personaje es un unicornio mágico que, en principio, se presenta como una criatura cariñosa y entrañable que solo necesita amor. Pero basta conque alguien hiera sus sentimientos para que revele su verdadera naturaleza. Bajo la excusa de sentirse rechazado, Buddy justifica las atrocidades que comete contra aquellos que deberían encontrar en él una figura protectora.
Durante buena parte de sus primeros 40 minutos, la película consigue perturbarnos sin necesidad de mostrar en totalidad cada uno de los actos violentos que ocurren frente a nosotros: hay sangre, pero no nos empapa. Sabemos lo que está sucediendo, aunque la cámara decida reservarse ciertos detalles, permitiendo que nuestra imaginación complete lo que permanece fuera de campo.
Los chicos, que desconocen por qué se encuentran atrapados en este show, son sometidos a una pesadilla que parece repetirse indefinidamente. Somos espectadores de un programa infantil cuyas reglas resultan tan absurdas como aterradoras, donde cada episodio parece concluir con un abrazo de Buddy antes de volver a comenzar. Y nadie parece estar a salvo de sus ataques. Ni siquiera personajes parlantes que forman parte de su mundo, como mochilas, trenes o relojes, están exentos de convertirse en víctimas potenciales.
Sin lugar a dudas, el mayor acierto de Buddy aparece cuando la acción transcurre dentro de ese programa infantil ficticio. El diseño de producción, la fotografía y la recreación de una estética televisiva noventera funcionan de manera extraordinaria. Los colores estridentes, las escenografías, las actuaciones de los chicos y hasta las canciones, reproducen con notable fidelidad el lenguaje de esas producciones que muchos conocimos durante nuestra infancia. Y es justamente esa familiaridad lo que vuelve todavía más perturbadora la violencia que irrumpe en pantalla.
La película puede perder momentáneamente parte de su fuerza cuando recurre a determinados mecanismos narrativos, particularmente la aparición de una psíquica para intentar explicar lo que está ocurriendo en el plano de lo real cuando una madre, interpretada sólidamente por Cristina Miliotti, presiente que hay algo que no cuadra dentro de su ritmo familiar.
Afortunadamente, cada regreso al mundo de Buddy devuelve a la película toda su potencia. Porque es en este espacio en donde Casper Kelly se muestra verdaderamente audaz, construyendo una experiencia incómoda, sangrienta y, por momentos, realmente aterradora. Estamos hablando, después de todo, de un personaje infantil que esconde la naturaleza de un auténtico asesino en serie.
Otra película de horror, que puede servir como función doble de este concepto es «Mr. Crocket» (2024), que también nos presentaba a un ídolo televisivo infantil convertido en una figura siniestra. Un conductor que asesinaba a los padres y secuestraba a sus hijos para arrastrarlos a su propio universo terrorífico. Ambas películas encuentran en la aparente inocencia de la televisión infantil un terreno para desarrollar un horror particularmente perturbador, donde lo que debería transmitir seguridad termina convirtiéndose en una amenaza.
«Buddy» es una propuesta arriesgada, grotesca, incómoda e inquietante, que encuentra sus mejores momentos cuando abraza por completo el absurdo y la perversión de su propio universo infantil. Porque a veces no hacen falta escenarios oscuros, criaturas deformes ni amenazas que acechen entre las sombras para construir una auténtica pesadilla.