Cuando el show le gana a todo

«Menem, el show del presidente». Así presentan los posters la nueva serie dirigida por Ariel Winograd y recientemente estrenada en Amazon Prime Video. Eso ya nos da pistas de lo que veremos. Flashes, luces, fiestas, la superficie de lo que fue la caótica década de los 90, pero no mucho más que eso.

Revisitar y repensar la historia, especialmente cuando un fragmento tiene rasgos tan trasladables a nuestra actualidad, resulta necesario. En tiempos donde todo está atravesado por la instantaneidad y políticos que parecen traer «nuevas» recetas que ya hemos visto, más aún. Sin embargo, la serie protagonizada por Leonardo Sbaraglia parece no decidir cuál es el objetivo de su obra, oscilando entre la sátira, el drama y la crónica histórica sin profundizar en ninguna de esas formas. Esto tiene como resultado inevitable una cáscara vacía que se preocupa más por cómo se ve que por los hechos que narra.

En términos formales, Sbaraglia se destaca por su composición, desapareciendo en el personaje gracias a su interpretación y el excelente trabajo de maquillaje y caracterización. El carisma y magnetismo del que tanto se  habló del expresidente Carlos Saúl Menem, aparece una y otra vez de maneras sutiles por momentos, y un tanto exacerbadas, por otros. Y es allí donde radica el mayor vicio de la serie. Todo es llevado a un extremo, y se prioriza la espectacularización y el tratamiento superfluo de temas livianos o complejos. La conformación de un Gabinete, el manejo del atentado a la AMIA, una sesión de fotos… todo es abordado con los mismos niveles de (no) profundidad o, aún peor, indulgencia. Esta exacerbación frenética se evidencia también en la estética, aplicando distintos recursos estilísticos sin criterio u objetivo aparente. No es un drama, no es una comedia, no es un mockumentary, pero parece un poco de todo eso y a la vez no.

Laila Toutonian habla sobre la «estetización» del daño, donde el dolor y la crisis se convierten en «contenido para entretener y denunciar al mismo tiempo». La serie, definitivamente, encarna este concepto al transformar episodios trágicos y escandalosos en escenas visualmente atractivas pero vacías de sentido crítico. Lo que sucede es que en tiempos donde la literalidad abunda y encontrar capas de interpretación parecería una tarea comparable a la de buscar una aguja en un pajar, la biopic de Menem navega en una peligrosa superficie donde solo toca los aspectos más simples y no se atreve a profundizar ejes que realmente marcaron los 10 años de gobierno del riojano: corrupción, destrucción del Estado, crisis económica y banalización absoluta de la política.

Cuando se retrata a un personaje de la historia, las líneas entre la ficción y realidad pueden causar discusión. ¿Por qué contar su historia? ¿Se reivindica a alguien por el mero hecho de ficcionalizarlo? ¿Es necesaria la empatía para la construcción de una historia que interpele al espectador? Estas preguntas probablemente no tengan una sola respuesta. No obstante, en «Menem» eligen todos los caminos posibles para evitar una crítica profunda, y esquivan preguntas incómodas sin cuestionar realmente las acciones y contradicciones de su protagonista. Dota así de una estética pop, con pinceladas kitsch a un personaje de nuestra política cuyo modelo tuvo consecuencias sumamente duras para nuestro país.

Aunque «Menem, la serie» se queda a mitad de camino a la hora de repensar seriamente nuestro pasado reciente, no por eso debe desaprovecharse la oportunidad que abre. Porque revisitar los años 90 -con sus promesas de modernidad, sus consecuencias sociales y su impacto político- sigue siendo clave para entender hacia dónde podemos ir como país. Aún cuando la ficción no lo haga, el ejercicio de pensar esos años sigue siendo urgente y necesario.