La muerte puede transformar a una persona en leyenda, pero… ¿qué ocurre cuando un accidente deja a un mito viviente al borde del olvido?
Michael Schumacher es, estadísticamente, el segundo piloto más importante en la historia de la Fórmula 1, con 91 victorias y 155 podios. Sin embargo, desde el accidente que sufrió tras su retiro, el hermetismo en torno a su figura contribuyó a desplazarlo del imaginario colectivo.
El término deporte de riesgo alcanza probablemente su máxima expresión en el automovilismo. Desde tiempos antiguos -con carreras de caballos y hombres-, la humanidad siente fascinación por la velocidad. No solo por explorar los límites del cuerpo humano, la resistencia animal o la fortaleza de las máquinas sino, también, por el peligro inherente que supone ir al máximo. Pero, ¿qué pasa cuando un hombre que vivió y triunfó desafiando a la muerte termina «destruido» en un accidente de esquí tras su retiro? ¿Sería distinto si Schumacher hubiese perdido la vida en esa caída?
Fanáticos, organizadores y corredores guardan en la memoria fechas tristemente célebres: el Gran Premio de Italia 1961, el GP de Bélgica 1982, el Gran Premio de San Marino 1994 o el GP de Japón 2014. Todas son recordatorios del riesgo de manejar las máquinas más poderosas del planeta. Sin embargo, casi nadie recuerda el 29 de diciembre de 2013, día en que el hombre que mejor supo dominar esos fierros sufrió el accidente que cambió su vida para siempre.
Ese día, el apodado «Káiser», en referencia a los antiguos emperadores germánicos de su Alemania natal, alcanzó su límite personal. No fue un auto el que lo frenó sino su propio cuerpo. Como una cruel ironía del destino, apenas unos meses después de anunciar su retiro definitivo del gran circo tras la temporada 2012 -cuando confesó que había «dejado de sentir placer al conducir»-, el piloto más dominante de su época encontró un desenlace aún más doloroso que la muerte: el lento olvido tras quedar gravemente dañado.
Mientras esquiaba junto a su familia en la estación de Méribel, en los Alpes franceses, quizás buscando seguir «yendo al límite y al mismo tiempo disfrutándolo», decidió retar otra vez a la muerte, como lo había hecho en sus 308 grandes premios. Pero esta vez, la moneda cayó del lado equivocado: sufrió una caída brutal cuando sus esquís golpearon contra una piedra y su cabeza impactó contra otra roca. El soporte de la cámara GoPro que llevaba atravesó su casco y se incrustó en su cráneo, provocándole lesiones cerebrales irreversibles.
Tras el accidente, fue trasladado al Hospital Universitario Grenoble-Alpes, donde permaneció en coma inducido durante varios meses hasta junio de 2014, cuando su familia anunció que había despertado. Desde entonces, la vida de Schumacher está rodeada por un muro de silencio y estricta privacidad. Se dice que él mismo había expresado su deseo de que, en caso de sufrir un accidente, se hiciera todo lo posible para mantenerlo con vida.
«La diferencia entre Fangio y yo es que 30 pilotos murieron intentando ser más rápidos que él», expresó alguna vez el nacido en Hermüllheim, casi como un desafío a que la propia muerte lo alcanzara al mando de su Ferrari. Con la Scuderia ganó cinco de sus siete títulos mundiales, superando al argentino para convertirse en 2003 en el máximo campeón de la historia. Diez años después, quien lo alcanzó no fue la muerte sino un enemigo más cruel: el olvido.
El anhelo de sus seguidores es verlo algún día en público, disfrutando el reconocimiento que merece como una de las leyendas del automovilismo. Aunque su familia insiste en preservar la intimidad de su situación, el deseo colectivo es que pueda volver a recibir el homenaje que corresponde a su nombre.
El contraste con su gran rival, Ayrton Senna, resulta casi paradigmático. El brasileño encontró la muerte en la curva Tamburello del circuito de Imola en 1994, cuando ambos parecían destinados a una lucha rueda a rueda por la corona. Desde entonces, la figura de Senna alcanzó una dimensión casi religiosa. El propio Schumacher admitió alguna vez: «Si Senna no hubiese muerto, yo no habría sido campeón en 1994 y 1995, porque era mejor que yo».
El respeto de «Schumi» por el tricampeón brasileño siempre fue absoluto, como también lo es el homenaje permanente de pilotos, equipos y fanáticos en todo el mundo. En cambio, el nombre del alemán, que en la pista se ganó el derecho a ser mencionado junto a Senna, se escucha cada vez menos. Ni siquiera el paso de su hijo Mick por la Fórmula 1 logró revivir la presencia de «Schumacher» en el paddock con la misma fuerza.
Pero la figura de un campeón del riesgo, de un vencedor sobre el peligro, de un Káiser que 308 veces venció a la muerte, merece mucho más que un olvido silencioso. «Si algo me pasa, será el destino. Con el consuelo de haber vivido la vida como quise vivirla», decía el heptacampeón. Y aunque su cuerpo hoy esté reducido al silencio, el Káiser aún no perdió sus coronas.
Artículo elaborado para puntocero por Germán Mondino.
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