El problema estructural del femicidio

A 11 años de la irrupción de Ni Una Menos en las calles argentinas, una nueva adolescente fue asesinada. Otra vida truncada por una violencia que, lejos de ser un hecho aislado, sigue expresando un problema estructural que atraviesa a nuestra sociedad.

Cada femicidio vuelve a poner sobre la mesa una discusión incómoda pero necesaria: dónde colocamos la mirada. No en la víctima, no en sus decisiones, no en su forma de vestir, de vincularse o de habitar el espacio público. La pregunta debe dirigirse hacia quienes ejercen la violencia y hacia las condiciones sociales, culturales e institucionales que la hacen posible.

En este contexto, resulta preocupante que el Gobierno Nacional no solo haya desmantelado áreas y políticas específicas destinadas a la prevención y atención de las violencias por motivos de género sino que, además, impulse un discurso que relativiza o directamente niega la existencia de los femicidios como expresión particular de la violencia machista. Negar una problemática no la elimina: por el contrario, dificulta su comprensión y debilita las herramientas para abordarla.

Algunos sectores cuestionan que esta sea una lucha política. Sin embargo, no hay nada más político que discutir cómo una sociedad protege la vida de sus integrantes. Es política porque involucra decisiones estatales, presupuestos, sistemas educativos, acceso a la justicia y políticas de prevención. Es política porque se debate qué derechos se garantizan y cuáles se abandonan. Y es política porque las desigualdades y las violencias no surgen de manera espontánea: se producen y reproducen en relaciones de poder que pueden transformarse.

Esta no es una lucha contra los hombres. Es una lucha contra una lógica patriarcal que históricamente legitimó el control, la posesión y la violencia sobre las mujeres.

Por eso, una parte central de la respuesta pasa por revisar los modelos de masculinidad que asocian el ser varón con el dominio, la agresividad o el ejercicio de poder sobre otras personas. Promover masculinidades más igualitarias no es señalar culpables colectivos sino construir alternativas para una convivencia más justa y libre de violencia.

Once años después, el reclamo sigue vigente. Porque mientras haya mujeres, adolescentes y niñas que pierdan la vida por razones de género, la tarea seguirá siendo la misma: educar, prevenir, acompañar y exigir un Estado presente que asuma su responsabilidad en la protección de derechos.