En 1954, el cineasta Ishirō Honda presentó al mundo al mítico lagarto Godzilla, una criatura gigantesca que no solamente se convertiría en uno de los kaijus más célebres de la historia del cine sino, también, en una representación del horror nuclear y de las heridas que la Segunda Guerra Mundial había dejado en la sociedad nipona.
Casi setenta años después, la célebre productora Toho sorprendió al mundo con «Godzilla Minus One» (2023), escrita y dirigida por Takashi Yamazaki, una propuesta que recuperaba buena parte del espíritu de la película original. Lejos del espectáculo desmedido y del tono más cercano a la aventura que habían adoptado algunas entregas de la franquicia, esta nueva aproximación apostaba por un relato mucho más dramático, atravesado por la muerte, la culpa, la desolación y las consecuencias de la guerra.
Al igual que la película de Honda, «Godzilla Minus One» encontraba en una sociedad devastada el escenario ideal para desarrollar su historia. Un país que todavía intentaba recuperarse del trauma de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. En ese contexto, Godzilla dejaba de ser simplemente un enorme monstruo para convertirse en la materialización de un horror que parecía no tener fin.
Con esta nueva entrega, titulada «Godzilla Minus Zero», la historia continúa prácticamente donde la habíamos dejado. Tuve la oportunidad de verla en IMAX, un formato que considero ideal para disfrutar de una producción de estas características, especialmente por la magnitud de su criatura protagonista y la espectacularidad de sus secuencias de destrucción. Estas últimas son, claramente, uno de los aspectos más destacados de la película y, de cierta manera, lo que más esperan los fanáticos de esta saga.
Lo más interesante de «Minus Zero» es que conserva aquel tono desolador que caracterizaba a su antecesora. Porque ya no queda demasiado por destruir: prácticamente todo está roto desde antes.
Volvemos a encontrarnos con aquella familia improvisada que habíamos conocido en «Minus One»: una pareja y una pequeña que, sin compartir lazos de sangre, habían conseguido construir un hogar en medio de la tragedia.
La película consigue sostener el peso dramático de su antecesora sin resignar las impresionantes secuencias de acción y devastación que uno espera encontrar en una producción de estas características. Hay una continuidad tanto narrativa como emocional que permite que esta secuela no se limite a reproducir la fórmula de la entrega anterior. Incluso, redobla la apuesta con la aparición de otro célebre monstruo, muy querido por los fanáticos. Y no, no estoy hablando de King Kong.
Uno de sus puntos flojos aparece en determinadas situaciones en las que el relato parece sentir la necesidad de subrayar excesivamente su carga emocional. Son momentos en los que el melodrama se vuelve extremo y forzado, atentando contra la verosimilitud de ciertas escenas.
No se trata necesariamente de una cuestión de ritmo ni de que estas secuencias resulten tediosas sino de una insistencia por conmover al espectador que termina debilitando el efecto dramático que su director pretende conseguir.
Más allá de este punto, es una película más que disfrutable e impactante, que no tiene nada que envidiarles a las versiones occidentales y que consigue sostenerse por sí misma.