La edición artificial de cuerpos reales

No se paró a pensarlo ni siquiera un segundo, cumplió cada una de las órdenes que le habían sido dadas. Acomodó la habitación, limpió el espejo, arregló las luces y, sin medir las consecuencias, maquilló, intervino y operó. El sirviente que cumple sin rechistar, que no conoce de ética y que siempre dice que sí: la Inteligencia Artificial (IA), que ya no sorprende cuando programa software, resume texto o analiza estadísticas. Sin embargo, ahora adquiere la inédita función de cirujano estético, editor de fotos o encargado de imagen.

Son cada vez más los jóvenes que hacen uso de la IA para alterar imágenes y videos de sus propios cuerpos. Se tocan proporciones, imperfecciones y detalles para transformar la propia apariencia en las redes sociales. El avance del fenómeno lleva a preguntarnos: ¿qué es lo que provoca la necesidad de modificar las imágenes? ¿Nace de algo interno, o acaso son ciertos factores sociales los responsables? ¿Es peligroso y, si lo es, qué debemos hacer al respecto?

Con el fin de encontrar algunas respuestas, este equipo de investigación realizó una encuesta entre jóvenes de 16 a 24 años, porteños y de clase media. La misma reveló un avance gigantesco de la Inteligencia Artificial como editora gráfica, así como dejó entrever ciertas contradicciones en la forma de entender el suceso. Más de la mitad de los encuestados admite que modifica o modificó artificialmente las imágenes que publica en las redes sociales. De este porcentaje, el 60% comprende que lo hace por «satisfacción propia», aunque algunos encuestados confiesan que lo hicieron por inseguridades o estándares de belleza.

En un primer análisis, las respuestas parecen revelar una de las principales razones por las cuales la edición artificial de cuerpos reales se materializa: la autopercepción que, como explica Patricio Edmundo Mantilla Manjarrés en su ensayo, «Afectaciones en la autopercepción asociadas al uso de la inteligencia artificial», «se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos, cómo nos percibimos tanto física como emocionalmente. Es una parte fundamental de nuestra identidad y juega un papel importante en el bienestar y la autoestima». Parece que la IA llega como ayuda o solución para aquellos que no terminan de encontrarse con su apariencia en el mundo virtual. «El fenómeno nos habla de un impacto psicológico profundo en el que las herramientas de IA están transformando la forma en que las personas perciben su propia belleza y valor», subraya Mantilla Manjarrés.

El debilitador social

La encuesta señala que más de la mitad de los participantes modifica sus imágenes por razones personales. Sin embargo, el 62% de los entrevistados se contradice al afirmar que las redes sociales son las que, presión mediante, generan la necesidad de alterar la propia apariencia. Resulta entonces mucho más complejo entender de dónde nace este fenómeno.

Juan Ignacio de Bas, psicólogo, docente y especialista en el trato con adolescentes, atribuye parte de la responsabilidad a los mandatos sociales, a aquellos que preceden la aparición de la IA y las redes sociales tanto como a los que surgen de la lógica de la inmediatez. «Directa o indirectamente vivimos en una sociedad que no solo nos empuja al consumo y a compartir todo, todo el tiempo, sino que también nos impulsa a vernos bien, Y en ese verse bien, uno muchas veces en las redes sociales no publica: ‘Che, hoy estoy bajón’ y una foto triste», razona el entrevistado.

Bas argumenta que esa fracción de realidad con la cual construimos nuestra imagen en las redes puede llegar a ser muy dañina: «Uno, generalmente, no publica nada o lo que ve es gente levantándose a las 4 de la mañana para correr, influencers súper regios que te dicen ‘querete’ y tienen toda la boca operada, todos los músculos y una mansión, y te dicen ‘querete’. Entonces, es un terreno muy sinuoso el de la imagen corporal porque, por algún lado, las redes sociales viven de que vos subas contenido».

El asunto se vuelve incluso más complicado cuando buscamos analizar por qué las redes sociales llevan a querer mostrarse de una u otra forma. Su lógica comercial, basada en las interacciones y en la captación de atención, lleva inevitablemente a la reproducción de mensajes llamativos, independientemente del contenido.

Fernanda Otero, licenciada en Comunicación, sostiene que la búsqueda de una apariencia idealizada no es un fenómeno nuevo sino que existe desde hace décadas. No obstante, considera que las redes sociales y la Inteligencia Artificial modificaron profundamente su alcance. «Lo que se venía dando en una gráfica, en la televisión o en la vía pública, hoy se da de una manera concentrada en las redes sociales», explica.

Los especialistas parecen coincidir en el peso que tienen las exigencias de las plataformas digitales a la hora de seleccionar y editar una imagen. Mantilla Manjarrés entiende que hay una cierta retroalimentación entre los problemas de autoestima y las exigencias del mundo virtual. «La presión social está a la vista en plataformas como Instagram y TikTok, donde la moneda de los ‘Me gusta’ y las interacciones pueden influir significativamente en la autoestima. A medida que los filtros se vuelven más sofisticados y omnipresentes, no solo distorsionan la autopercepción individual sino, también, contribuyen a un cambio cultural en que los límites entre lo real y lo virtual se vuelven cada vez más borrosos».

Sobre esto, y aunque mucho más al hueso, De Bas adhiere: «Si yo crezco exponiéndome a ese tipo de situaciones, a los filtros, crezco con que la idea de una mujer o un hombre tiene que ser así o asá, de forma hegemónica, probablemente me quiera asemejar a ella. ¿Cómo? Y, desde la virtualidad».

El psiquiatra Leonardo Hurtado tiene un pensamiento similar al de De Bas: el especialista explica cómo los mandatos sociales hegemónicos se ven reproducidos y amplificados por las redes sociales. La búsqueda de la belleza artificial provoca un ciclo interminable de desilusión con uno mismo. «No voy a lograr ser lo que soy en la foto que publiqué», explica Hurtado.

En simultáneo, los estándares estéticos que se muestran en las redes sociales se vuelven literalmente imposibles de alcanzar por su carácter irreal, exteriorizando el conflicto de imagen y ampliando el círculo de padecimiento, «esta persona es tan hegemónica, ¿por qué yo no soy como ella?» explica.

Todo un palo

En abril de 2026 se dio en México un caso que no podría haber sucedido en ningún otro punto de la historia: el día 16 de ese mismo mes desapareció Grecia Guadalupe Orantes Mendoza, de 30 años. Las autoridades activaron los protocolos correspondientes y emprendieron la búsqueda de la mujer extraviada. Se difundió una ficha oficial para su localización con una fotografía tomada de las redes sociales de la víctima, aquí yace la particularidad del caso, pues la imagen presentaba tantas modificaciones digitales que la muchacha era completamente irreconocible. Por suerte, fue hallada y la situación no pasó a mayores.

El caso de Grecia representa una materialización casi caricaturesca del fenómeno tratado en esta nota: una persona que, de tanto modificar su imagen con Inteligencia Artificial, alteró la percepción de los demás, convirtiéndose en una mujer completamente distinta. Este incidente permite retomar la discusión sobre el fenómeno, si la IA puede alterar peligrosamente la forma en la que somos percibidos por los demás, ¿qué tan peligrosa es la manera en la que afecta cómo nos auto percibimos?

A la hora de medir los riesgos que el uso de la IA parece provocar cada vez con más intensidad en la juventud, la palabra de Leonardo Hurtado vuelve a adquirir utilidad: «Cada siete pacientes que recibimos en consultorio que vienen con problemáticas de ansiedad, depresión, angustia o baja autoestima, ¿cuántos vienen con problemáticas debido al tema de las redes sociales, al tema de la tecnología o de la IA? Y yo me atrevería a decirte que aproximadamente la mitad». Cada día es más frecuente encontrar jóvenes con este tipo de cuadros, «es algo que cada vez se vuelve más común en esta sociedad», concluye el psiquiatra sobre este asunto.

No es sensación, tampoco exageración, la dinámica inmediata de las redes sociales se traslada a la Inteligencia Artificial y, en simultáneo, se infiltra en la sociedad.

Juan Ignacio de Bas tiene una mirada similar sobre el tema: «Yo no culparía a la IA, yo culparía a todo lo que está detrás de la IA, que es el mensaje del propio sistema. El propio sistema define a lo eficaz como más en menos tiempo, ¿no? Y bajo esa lógica está todo en juego». Los especialistas coinciden en su comprensión del problema, que parece ir más allá de la autoestima o autopercepción. El psicólogo especializado en adolescencia dice sobre esto: «Si bien es un mensaje humano todo lo que se da sobre la inmediatez y el consumo y demás, yo creo que hay malestares que son propios de época. Y en salud mental lo podés encontrar con ataques de pánico, trastornos de la conducta alimentaria, y muchos de estos se remiten a no poder parar, no poder pensar, no poder decir: ‘Che, ¿qué me pasa?’ o hablar de los sentimientos o encontrarse con el vacío».

Vías de escape

Resulta entonces que el nuevo fenómeno de la IA como cirujana y editora, capaz de alterar la percepción que las personas tienen de sí mismas y de los demás, no surge de la nada.

Por el contrario, se inscribe en un contexto social que favorece su expansión: un escenario marcado por las características ya señaladas, tan distópicas como preocupantes. Frente a esta situación, estamos obligados a preguntarnos qué podemos hacer al respecto. Ya no alcanza con observar e intentar comprender lo que sucede.

Es difícil determinar una vía de acción precisa. Especialistas como Hurtado sugieren campañas de promoción de la buena autoestima. El psiquiatra argumenta que «un adolescente o un adulto joven con una buena autoestima no va a recurrir a guía o a retoques para sentirse seguro en redes sociales». Además, el doctor propone la difusión de la psicoterapia para ayudar a aquellos que sufren síntomas.

De Bas propone una estrategia distinta, un método para separar la paja del trigo y no quedarse con las propuestas hegemónicas. «Sí, yo creo que con educación se puede hacer un uso crítico de la IA. Decile a la IA, ‘haceme una imagen de un hombre exitoso, de una mujer exitosa’ y mirá qué te sale». El psicólogo propone analizar los resultados que ofrecen de manera automatizada las Inteligencias Artificiales para entender dónde se ubica la opinión mayoritaria o dominante, y entender que solo se trata de eso, de una representación superficial.

La IA no creó de la nada los problemas que hoy amplifica: encontró una sociedad atravesada por la ansiedad, la búsqueda de validación y la presión por responder a estándares imposibles. La modificación artificial de cuerpos reales es tan solo la punta de un gigante iceberg de problemáticas sociales que hicieron posible la difusión de este fenómeno. Hagamos uso de las herramientas que tenemos. Entre la educación, la salud mental y el pensamiento crítico se juega buena parte de la respuesta a un desafío que, aunque recién comienza, ya está haciendo estragos.

Artículo realizado con la colaboración especial de Guillermo Vargas Rivas y Joao Romano.