En 2010, Itaru Sasaki enfrentaba la muerte de su primo tras un devastador diagnóstico de cáncer. Buscando la manera de atravesar ese duelo, compró una antigua cabina telefónica que ubicó en su jardín, desconectado de cualquier «sistema terrestre», pero conectado con su mundo emocional: «Como mis pensamientos no podían transmitirse por una línea telefónica normal, quería que los llevara el viento».
Esto que comenzó como un refugio personal de su creador, se socializó tras el tsunami que azotó su región en 2011 dejando un saldo de miles de muertos y desaparecidos. Itaru Sasaki rescató su cabina telefónica, la reubicó en una colina ventosa con vistas al Océano Pacífico, al pie del volcán Kujira-Yama, junto al pueblo de Otsuchi (uno de los lugares más afectados por el tsunami), y así «kaze no denwa» (que se puede traducir como «el teléfono del viento») pasó a ser un espacio donde transitar el duelo personal y colectivo de la tragedia. Hoy, hay réplicas de la cabina en distintas partes del mundo, con esta misma intención.
Esta es la inspiración para «Risa y la cabina del viento», el largometraje de Juan Cabral que tuvo su estreno mundial como parte de la Competencia Argentina del 40° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
En el universo de este film, la cabina acompaña el duelo de los residentes de un pueblo de Ushuaia que sufrió un gran incendio 10 años atrás en donde se perdieron cientos de vidas (tanto de quienes no pudieron escapara como de quienes intentaron rescatarlos). Risa (Elena Romero) estaba a punto de nacer al momento del incendio y lo único que sabe de su padre es que murió intentando rescatar a sus vecinos, ya que su madre Sara (Cazzu) nunca quiere hablar de él y desalienta el uso de la cabina porque lo considera delirante.
Como espectadores entramos al mundo de Risa (protagonista indiscutida y nuestro punto de vista en esta aventura) en el momento en que terminan las clases y su madre debe dejarla al cuidado de un vecino, el fantástico Esteban, encarnado por Diego Peretti. La indiferencia de Esteban y la picardía de Risa le permitirá aprovecharse de él para explorar su relación con la cabina, que es distinta a la de los demás habitantes del pueblo: Risa sí puede escuchar a quienes están del otro lado, aquellos que murieron en ese fatídico incendio y se quedaron con asuntos sin resolver.
A partir de aquí, la película se convierte en una aventura atravesada por elementos fantásticos y dignos de las fábulas: Risa intentará ayudar a quienes están del otro lado del teléfono, acompañada por el señor Kuro, un hamster que la acompaña a todos lados, y forjando poco a poco una entrañable amistad con Esteban, quien también tiene sus propios «asuntos pendientes» con ese pasado trágico compartido.
Los paisajes del «fin del mundo» se complementan con una banda de sonido repleta de música de Babasónicos, banda con la que Juan Cabral colaboró anteriormente dirigiendo el videoclip de su canción «La lanza» en 2013. En el film se conjugan algunas de las canciones más conocidas de la agrupación con otras versiones más discretas e instrumentales.
«Risa y la cabina del viento» se configura como una «coming of age» tierna, divertida y emocionante, donde por momentos ganan los elementos mágicos, pero siempre están en contacto con la materialidad, los efectos concretos de la pérdida y los vaivenes de la vida: Sara no llega a fin de mes, Esteban debe enfrentar las consecuencias de su alcoholismo y Risa deberá aprender que su historia no es exactamente como creía.
En última instancia, «Risa y la cabina del viento» es una película sobre cómo seguir hablando cuando el silencio parece definitivo, devolviéndole a la palabra su dimensión más humana y ancestral: hablar para recordar, hablar para resistir, hablar para amar. Risa, con su curiosidad inagotable, encarna ese impulso vital de no aceptar que la comunicación y los vínculos se interrumpen con la muerte; de creer, como Itaru Sasaki, que las palabras pueden viajar por el viento.