La Convención Internacional de Historietas Crack Bang Boom trama un espacio más inmenso de lo que podría ser para muchos solo la excusa de un plan familiar para agendarse un fin de semana en el Centro de Expresiones Contemporáneas (CEC) de la ciudad de Rosario, al aire libre, frente al río y en vísperas del «Día del niño», fecha en que se despliega por la pasarela el desfile cosplay: niños, jóvenes y adultos representando personajes de cómics, del anime y del cine.
En la Crack Bang Boom se apiñan familias sobre mantas con sus mates, los niños juegan y estos son, quizás, los más fascinados por tanta proyección. Algunos adultos caminan tomados de la mano, conversan o solo observan. Otros se funden en el conglomerado cultural. A lo lejos, alguien sostiene una guitarra en medio del parque rodeado de árboles y pájaros e interpreta un tema de Bersuit Vergarabat. Una larga hilera de personas se detiene para comprar la entrada a los galpones y así tener acceso al otro lado del telón, donde artistas internacionales como locales exponen sus obras, charlas, juegos de roles, comiquerías y merchandising.
Existe una magnífica condición: quien se disfrace no tiene que pagar y pasa libre dentro y fuera de los galpones. Quienes no se disfrazan ni tienen entradas se quedan del lado de afuera, disfrutan de la belleza geográfica con un marco artístico.
Se vislumbran algunos jóvenes en el instante que ellos mismos se descubren y, al hacerlo, se alinean, comparten un mismo lenguaje, se toman fotos, recorren el camino como si fuese una especie de peregrinación en busca de su propia y pequeña comunidad, un sentido de pertenencia. Se disfrazan, usan máscaras, muchas copiadas para imitar un talento, otros disfraces son de propia autoría, contando una historia original. Se liberan paradójicamente escondiéndose o resguardan su magia detrás de una máscara.
Artículo elaborado para puntocero por Tamara Rey.
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