Todos merecen un hogar

Martín tiene 49 años, se levanta a las 5 de la mañana todos los días para ir a trabajar a la fábrica: sale a las 15 y, desde ahí, parte hacia el refugio donde lo esperan muchos animales, entre perros y gatos, que aguardan por una familia que abra su corazón y las puertas de sus casas o, mejor dicho, hogares donde puedan recibir mucho amor.

La fecha es el 9 de junio de 2026, el domingo se le rompió el auto, una pieza fundamental para la labor que hace con los animales: entre traslados, rescates, buscar alimento, medicación o hasta lo más simple, como viajar desde Wilde hasta Quilmes para llegar e iniciar la tarde ayudando a sus otros compañeros de voluntariado.

A Martín hoy no le quedó otra opción que irse hasta el centro de Quilmes y averiguar qué colectivo lo podía alcanzar hasta el establecimiento que se encuentra a metros de la Autopista Buenos Aires-La Plata, antes de llegar a la rotonda. En estos días otoñales, es mejor andar de joggineta y botas para caminar entre el barro que se forma en esas calles humildes. Al llegar, se encuentra conmigo, preparada para conocer el refugio y armar este relato.

Lo primero que sentí al llegar fue el olor a perro mojado y los numerosos ladridos, lógicamente. No fui capaz de contar la cantidad de correas y pretales que estaban colgados al lado de la puerta. Veo un flyer en contra de la pirotecnia; otro que contiene una imagen de una mano y una pata apunto de tocarse, me recordó a las manos de «La Creación de Adán». Frente a mí está el logo de Adopciones Quilmes y, a continuación, un adorno de madera que dice «Lo mejor está por venir».

Martín me lleva a través de los pasillos angostos por la cantidad de caniles que hay. Paso a la pequeña ala médica, en una mesa están las donaciones de la gente, donde puse mi humilde aporte: un cartón grande, dos paquetes de arroz y dos latas de paté. No es mucho, pero en algo quería aportar con el poco dinero de mis bolsillos. Del otro lado hay una rejita con dos mesas, un mueble, una repisa… ¡es incontable la cantidad de medicamentos y notas que hay! Todos son recordatorios con las necesidades de salud de cada animal, otras son etiquetas para identificar los productos, cuánta hoja y tinta…

La conversación es ruidosa por la manada de ladridos, todos esos ojos curiosos y desconfiados me miran, yo sonrío, soy muy perrera. Es acá donde Martín me cuenta algunas historias.

Los «Brillantes» son aquellos animales que están discapacitados: en su gran mayoría fueron atropellados y ya no pueden caminar, o lo hacen parcialmente. Sus carritos están todos colgados uno al lado del otro, y ellos, como si en el jardín de infantes se tratase, están sentaditos en ronda… varios ya son grandes, y no es un combo que una familia busque. No quieren ancianos sin movilidad, buscan solo cachorros, que también merecen un hogar, pero la discriminación le duele a todos los voluntarios que los cuidan.

Prodan es un perro que me recordó a Prócer, el perro que compra Bart en un capítulo de «Los Simpsons». A Prodan lo devolvió una pareja que se había divorciado: ninguno quiso hacerse cargo de su incontinencia. Martín me señala el pañal, «estos casos me dan bronca ¿Qué culpa tiene el animal?». A otro también lo devolvieron, dos veces, por ser muy travieso… «Hay que entender que los perros tienen la mentalidad de un niño», dice él.

Ellos también merecen un hogar

Caminamos por los senderos mojados, esquivamos los trapos y mantas que se están secando, observo los prolijos caniles, los que tienen baldosas o los que solo tienen cemento, los que son compartidos o individuales, las estufas, cuchas, y el nylon cubriendo las rejas que los resguarda de la crudeza del afuera. Es lo más cercano a una habitación que pueden tener. Me voy adentrando en las muchas historias, sin embargo, a Martín le conmovieron dos en particular: la de Amapola y Thor, y la de Florencio.

Amapola y Thor son dos hermanos de tamaño mediano, color tostado y trompitas negras. Martín fue a buscar a Amapola hace un año, quien estaba enorme por la cantidad de crías que iba a parir. La subieron a la camioneta y fueron camino al establecimiento, pero corriendo detrás venía Thor. Martín supo que no podía dejarlo, no… estos tienen que quedarse juntos, y si algún día se van, juntos seguirán.

Florencio es un perro rescatado de Florencio Varela: cuando lo encontró, muerto parecía. Esas curvas huesudas y frías, tiradas en el pasto… mirando de lejos ni se le ocurría que podía tratarse de un perro. ¿Cómo puede ser que nadie haya visto a esta criatura? ¿Cómo nadie mandó la alerta antes? Únicamente vio un atisbo de vida cuando el perro le tiró un tarascón. Pese a la reacción, lo envolvió en una manta y se lo llevó a la guardia. Un año después, Florencio es otro, es cariñoso una vez que desaparece su desconfianza, su pelaje brillante color dulce de leche combina con su único ojito. Su tamaño mediano y orejas hacia atrás esperan por un hogar.

Una perrita se ve muy contenta, es de tamaño mediano, con pelaje compuesto de rubios y blancos largos. Mueve su colita y parece saludar a Martín, miro la etiqueta de su nombre: Sandía, y no todo es pena, porque en unos días será la nueva integrante de una familia. Luego de que sus crías hayan encontrado sus hogares, ahora es el turno de ella de recibir el amor que tanto merece, y cuando su canil esté libre, otro vendrá para velar por el mismo deseo.

Hace cinco años, el humano mostró lo despreciable de su ser una vez más: doce gatos murieron en un incendio intencional provocado por tres personas que tiraron algo sobre la gatera, según los testimonios de los vecinos. Fue una pérdida devastadora para Adopciones, que contaba con treinta gatos. Tras la fatal tragedia, reconstruyeron la nueva gatera que hoy pude conocer, donde los gatos descansan bajo un cálido aire acondicionado que les donaron.

Adopciones Quilmes opera desde 2008, a partir de que un grupo de proteccionistas independientes se juntaron para fundar esta Organización No Gubernamental (ONG). Sus instalaciones de la calle Guido comenzaron siendo un terreno baldío que, de a poco, fue tomando forma entre el barro y los ladrillos a ser la fuerte vivienda forjada con materiales dignos.

Al ser una organización sin fines de lucro, por ley no hay obligación de que perciban algún subsidio estatal o provincial. El Municipio de Quilmes les otorgó el terreno y les brindó ayuda tras el incendio de la gatera, pero la única vía de mantenimiento es gracias al aporte que hace la gente. Su consolidación como una de las protectoras más reconocidas en Buenos Aires fue de mucha ayuda para su autofinanciamiento. Tras el incendio en 2021, vivieron un apoyo masivo por figuras públicas como la familia Tinelli, Eugenia «China» Suarez, Nicki Nicole, y entre ellos están los oriundos de Quilmes: Walter Quejeiro, María Becerra y el «Mono» de Kapanga, quien donó al refugio el dinero que ganó en el programa «Pasapalabra».

Históricamente, Adopciones toma lugar en la peatonal Rivadavia mediante colectas y ventas de productos para mascotas como colchones, correas y ponchos. En otra época llevaban a algunos animales en sus cajas para que, tal vez, algún ciudadano pueda convertirse en su familia. Hoy en día ya no lo hacen, pero sí se la rebuscan vendiendo dichos objetos.

Hacen mucho activismo en sus redes sociales, no se trata solo de mostrar las caras de sus perros y gatos, es también fomentar la adopción y la castración, pedir ayuda cuando necesitan donaciones, difundir actividades como visitas al refugio, comidas, meriendas, rifas, y más.

Adopciones Quilmes no recibe alertas únicamente en el distrito: los llaman todos los días sin importar el lugar o la hora. Muchas veces pueden rescatarlos, otras veces no, y no es por decisión voluntaria, es porque apenas pueden sostenerse. En sus redes también cuentan diariamente la deuda que los atormenta: alrededor de 5 millones de pesos. Esta cifra los obliga a cerrar sus puertas para ingresar nuevos animales, que ahora rondan menos de los 200. Por supuesto, siempre que uno es adoptado, una chance se libera, y si se encuentran con un caso que sí o sí los necesita, no es opción fingir ceguera. Todos son bienvenidos, aunque a veces tengan que obligarse a dejar a alguien afuera. Es el peor sentimiento para ellos.

Como a las 17 horas hay más movimiento: acercaron donaciones, y a un perro. Martín tiene que ir a ocuparse de eso «¿Te molesta si te quedás un rato con Máximo?», consulta.

Máximo es el perro con el que más contacto tuve. Su historia tocó una fibra sensible en mí. Este perro de tamaño grande, con tal vez menos de 10 años, con ese color en su pelaje que oscila entre negros, marrones, beige y algunas canitas. Lo encontraron hace unos meses en el río, flaco, con un tumor abierto arriba de su cola que, poco a poco, consumían los gusanos. Cuando el Máximo original, guardavidas del río, dio la alerta, Martín fue a buscarlo.

Ahora lo veo ahí conmigo, pidiendo que lo acaricie, poniéndome sus patitas en mis hombros y en mi pierna para que se la sostenga. Me mira con esos ojos avellana tan resplandecientes: son esas miradas que solo un buen perro tiene. No hay ni un solo rastro de esa bichera y herida que poseía, es un perro completamente sano, es sorprendente lo dulce y tranquilo que es.

Pasé dos horas descubriendo cómo es el reconocido refugio puertas adentro, me llevé historias que no olvidaré y la cantidad de trompitas negras que olfatearon mis manos para entrar en confianza.

No sentí la angustia que creí que tendría al irme: me fui orgullosa por haber vivido esta experiencia, pero incluso algo que Martín dijo me produjo alivio: «Hoy en día la gente adopta más de lo que uno cree. A pesar de la situación económica, las personas deciden adoptar porque hay otra cultura, el perro ya no es el que dormía afuera en una cucha, ahora es parte de la familia».

Una cosa es clara, siempre hay algo para arreglar o construir en el refugio, no es perfecto, pero es lo más cercano que estos animales tienen con lo que se puede y, a decir verdad, reciben mucho amor y cuidado. Es admirable ver cómo tantas personas mueven cielo y tierra por ellos, sin recibir nada a cambio, solo la certeza de que hoy más de una vida salvaron.

No es la primera vez que tengo una pequeña conexión con Adopciones Quilmes. Recuerdo el 9 de mayo de 2015, cuando cumplí 10 años, me encontraba con mi familia en la Peatonal Rivadavia, y estas personas estaban ahí, cuando aún llevaban perritos. En una de las cajas había tantos cachorros… pero uno de orejas pequeñas y color rubio tostado se ganó el corazón de mi abuela, quien había perdido a su anterior perro hacía poco. Ese cachorrito hoy tiene 10 años, se llama Simón, su tamaño es mediano, sus ojos son de un precioso dorado que hace juego con su color. Es uno de los perros más buenos que conozco, vive con mi abuela y mi tía, junto a su hermano Toribio, un «batata». Simón encontró un hogar con el que es devoto, ahora sé todo el cariño que debieron haberle dado cuando aún era huérfano.

A medida que voy construyendo este texto, me levanté incontables veces para ir a abrazar y besar a mi galgo Bruno, que está acostado en el sillón junto a mi gato Rocco, ambos son adoptados. Bruno mediante otro refugio, y a Rocco lo rescatamos de la calle… son mi vida, y gracias a la adopción tienen el hogar que merecían.

Conocí a todos estos animales que desean ser amados por alguien que los acompañe para siempre, porque para nosotros ellos son una etapa de nuestra vida, pero para ellos somos su vida entera.

Me fui de ese refugio con un corazón esperanzado por todas esas almas porque, tal vez, algunos sean adoptados en mucho o poco tiempo, otros tal vez nunca, en el peor de los casos… pero hay algo que, sin embargo, sana. Y es que todos ellos salieron adelante y viven en un lugar que los mima y cuida, pero aun así, falta la alegría máxima.

Porque los «Brillantes», los viejitos, los cachorros, los adultos, los que usan pañal, los ciegos, los traviesos, los inseparables, los amputados, los tranquilos, todos los que siguen luchando por recuperarse y confiar nuevamente en el ser humano, los que están a la espera… todos merecen un hogar.

Artículo elaborado por Victoria López Larrosa.