Todos nacemos desnudos, el resto es drag
La saga de Mad Max puede estar incluida en ese panteón de películas que “no requiere presentación”. Todos los que coqueteamos con el mundo del cine sabemos a grandes rasgos de qué tratan. Sin embargo, esta humilde servidora que le huyó por muchos años, encontró muchas cosas nuevas a estas historias que creía conocer. Primero hay que comenzar por el principio, la premisa básica de esta saga es que Max (Mel Gibson) era un padre y policía correcto, que se regía por la ley de este nuevo mundo. Hasta que, hacia el final de la primera película, un grupo de motoqueros asesina a su esposa e hijo, jura vengarse y comienza a buscar la justicia por mano propia. En esta segunda entrega, «Mad Max II», el espectador se encuentra con un Mel Gibson muy distinto al de la primera. Ya no es el cálido padre de familia que solía ser, es un hombre solitario y bastante despiadado que sólo busca sobrevivir.
En esta nueva aventura, se encuentra con una aldea que controla un codiciado pozo de combustible y está en riesgo de ser sometida por motoqueros del desierto –cuyos outfits podrían ser denominados como la versión monocromática y de cuero del vestuario de «Las aventuras de Priscilla, reina del desierto». A pesar de su nueva condición de ermitaño, Max conserva algunos rasgos de su vida anterior que lo mantienen como un hombre honrado, el más destacable es que siempre cumple con su palabra, aunque los habitantes del wasteland no siempre comparten esa cualidad.
Podemos ser héroes, solo por un día
No es una sorpresa que las películas dialoguen entre sí, pero me parece interesante como una semilla de un diálogo de la primera termina marcando el carácter del personaje de Mel Gibson en las secuelas. Luego de la muerte de su amigo en el largometraje original –que en mi opinión es muy poco mencionado por los fans de la saga– su jefe le plantea que no puede renunciar, porque no pueden desaparecer los héroes. Es importante continuar vendiendo esa imagen a las personas en pro de una ilusión de orden y justicia, seguir siendo civilizados, cumplir las nuevas leyes y si alguien lo incumple, que sea penado con mayor o menor severidad.
En «Mad Max» hay una idea de orden y sociedad, Max tiene amigos, un trabajo, ve televisión en la casa con su esposa y un hijo. Hay una idea de vivir, más allá de sobrevivir, contraria a las realidades que vemos en la tribu que controla el combustible y las presentadas en «Mad Max III». Y si bien, el asesinato de su familia lo convierten en una especie de llanero solitario, al final de cada relato vemos como queda retratado, incluso dicho explícitamente por voces en off: “Es el guerrero de los caminos, ese al que llamamos Max”. Tal vez no sea un héroe en el sentido maniqueo del término, como su antiguo jefe esperaba que sea, pero está claro que para todos los que se cruzaron con él, es una leyenda que pasa de generación en generación y de tribu en tribu.
La nueva violencia
El crítico estadounidense Richard Corliss, el día del estreno de «Mad Max II» escribió con sorna y desdén que no solo los bichos habían conquistado la tierra en el universo de la película, sino al ver este largometraje, se podría pensar que también habían conquistado la industria –parafraseando. El señor Corliss continúa su desaprobación destacando la violencia en pantalla, autos arruinados chocando constantemente, boomerangs cortando dedos de pandilleros. Entiendo su punto de vista, pero a pesar de que no es una película que me guste, nuestras razones son opuestas. Entiendo que los autos estén descuidados y sean las corazas que usan para trasladarse, pero no es algo que me saque de la película, puedo pactar con ese verosímil. El problema es que donde él vé un festival de violencia sin sentido, yo veo gore y peleas que no impactan.
Los choques de auto no me parecen espectaculares, las peleas no me dejan en el borde de mi asiento. Soy una fanática de las películas de acción, pero no siento que esas decisiones estilísticas de combates y enfrentamientos logren provocar de la misma forma a esta millenial. Por un lado, me parece obvio decir “y sí, esta película tiene 44 años”, pero podría enumerar al menos 10 películas que logran incomodarme más, que son contemporáneas o incluso más viejas.
Para cuestionar la vieja violencia –de forma injusta tal vez–, me parece que son interesantes las distintas formas en las que la representa, si bien hay una intención de gore a través de las sagas (el hombre podrido que cae del camión, dedos cortados, cabezas rebanadas, etc) creo que hoy en día tienen el efecto similar a cuando cortan una torta hiperrealista al grito de “¿¡Es real o torta!?” Sin embargo, hay una constante a lo largo de las tres películas: siempre hay alguna escena en la que violentan y abusan a mujeres, y obligan a su acompañante a ser testigo, para luego matarlo. Y al menos a mí, son las escenas que más me incomodaron, tal vez porque la forma de retratarlo no cambió tanto.
La tierra de nunca jamás
Algo que Richard Corliss no pudo mencionar en su crítica “Apocalypse. … Pow!” es la constante presencia de niños en la segunda y tercera película –porque ésta última no se había estrenado aún. En «Mad Max II: El guerrero de la carretera» “el niño salvaje” –como figura en créditos el personaje interpretado por Emil Minty– claramente es el punto débil de Max. A pesar de que no tienen una forma de comunicación tradicional, es evidente que tratan de tener un vínculo y salvarse mutuamente. En la tercera película, luego de huir de la tierra de “tía Entity” es salvado por una tribu formada exclusivamente por niños y adolescentes, quienes lo consideran el salvador. Con ellos no tiene el mismo vínculo que tiene con el niño salvaje, pero es claro que, a pesar de su hartazgo, quiere que la menor cantidad de personas salgan heridas y busca ayudarlos. Personalmente, estas líneas narrativas me resultaron las más exasperantes y aburridas. Entiendo que se busque apelar a su talón de Aquiles, a su sensibilidad, pero ver 100 nenes en escena gritando es mi idea de infierno.