Vencedores vencidos

Si en algo se ha especializado William Friedkin a lo largo de su carrera, es en construir películas alrededor de personajes de moral dudosa. Del Padre Karras en «El exorcista» (1973) a Steve Burns en «Encrucijada» (1980) la frontera entre el bien y el mal se desdibuja, y los límites de lo que se puede hacer en nombre de la búsqueda de justicia avanzan más y más. Esto quizás sea llevado al extremo en «Vivir y morir en Los Ángeles» (1985) donde el protagonista es quizás el personaje más detestable de todos.

Pero ¿es un problema esto? Varias de las críticas negativas que ha recibido el largometraje se centran justamente en la incapacidad de la audiencia de empatizar con quienes deberían ser «los buenos». Tal es el caso que un crítico como Kim Newman propone que «el principal problema es que los supuestos buenos son todos unos sapos tan despreciables».

Sin embargo, esto no parecería tener demasiado sentido si pensamos en Tony Montana en «Caracortada» (1983) o en Vincent Vega y Jules Winnfield en «Tiempos violentos» (1994). Porque sí, siempre hay alguien que empatiza con esos personajes a quienes deberíamos desdeñar.

Más allá de esto, es quizás en la comparación con «Contacto en Francia» (1971) donde la crítica de Newman y otros resulta problemática. Tienen, por supuesto, puntos de coincidencia, pero eso no la hace una repetición fallida. Por el contrario, ya en los años ochenta, Friedkin lleva a sus ideas al extremo y radicaliza su concepción de un mundo sin buenos ni malos: un mundo con personas.

El que no corre vuela

En «Vivir y morir en Los Ángeles» no hay un héroe particularmente atractivo al que acompañar ni un villano que concentre todo el mal. Incluso los personajes secundarios parecen funcionar dentro de esa misma lógica de corrupción, deseo y supervivencia. Richard Chance (William Petersen) persigue a Eric «Rick» Masters (Willem Dafoe) por una venganza personal; si es o no una amenaza o problema para la sociedad, no le importa demasiado.

Porque Friedkin no nos está contando la historia de un policía que persigue a un criminal; eso lo hace en «Contacto en Francia» donde seguimos a Popeye Doyle (Gene Hackman) intentar atrapar a Charnier (Fernando Rey). Acá policía y criminal se confunden.

Chance es, desde el comienzo, parte del mismo mundo que pretende combatir. Masters falsifica dinero; Chance está dispuesto a robarlo. Ambos matan y viven empujando los límites de la ley. A fin de cuentas, ¿qué es lo que los diferencia?

Por eso, Friedkin no está intentando que empaticemos con Chance. Quizás no pretende siquiera que lo comprendamos. Hace algo más provocador: nos obliga a permanecer con él, a seguirlo y a ver cómo su comportamiento cada vez es más indefendible.

El infierno está encantador esta noche

Si hay algo que resulta difícil de olvidar de «Vivir y morir en Los Ángeles» es su persecución de autos. Y nuevamente aparece «Contacto en Francia» como referencia: la persecución de Doyle al tren es quizás una de las secuencias más celebradas de la filmografía de Friedkin.

Mientras en «Contacto en Francia» la tensión está construida alrededor de que Popeye logré atrapar al francotirador, en la otra lo que prima es el caos. La persecución es difícil de entender por momentos, pero la experimentamos. Autos, calles, cambios abruptos de dirección, hacen que toda la secuencia traspase la pantalla.

Ese exceso es el de Chance: la falta de control y la desesperación mental se replican en el plano de la acción. Es aquí donde se evidencia la pregunta rectora del largometraje: ¿qué es lo que estamos dispuestos a perder para conseguir aquello que queremos?

Pero el desborde es también el de Los Ángeles. Así la ciudad termina siendo algo más que un escenario y pasa a ser una extensión de quienes la habitan.

Friedkin construye una ciudad rota. Depósitos, hangares, autopistas, estacionamientos y edificios en construcción. Un paisaje industrial y árido que filma con una fotografía cargada de naranjas y amarillos, como si el calor estuviera siempre a punto de desbordarlo todo. Los personajes parecen moverse por espacios que los expulsan, que piden solo ser atravesados, pero no vividos.

Un mudo con tu voz

A pesar de todo hay alguien que intenta aferrarse a las reglas: Vukovich (John Pankow). Como compañero de Chance, él cree que hacer cumplir la ley es valorable. Pero termina arrastrado por la obsesión de su compañero y parece ser la demostración de la imposibilidad de quedarse al margen.

Vukovich comienza siendo aquello que fue Chance en algún momento. Y es lo que comprueba que existiría una manera correcta de hacer las cosas. Pero, en el universo de Friedkin, eso no alcanza para sobrevivir.

Nadie vive solo, nadie trabaja solo. La obsesión de Chance será su fin y el de todos los que lo rodean. No hay moraleja ni redención. Solo hay consecuencias.

Chance muere, Vukovich lo venga y quema vivo a Masters. Pero termina convertido en una nueva versión de su compañero: adopta su actitud y probablemente se la transmita a un nuevo compañero, repitiendo el loop ad infinitum.

Ensayo general para la farsa actual

Un día estamos en un lado, al otro somos lo que antes enfrentábamos. Chance empieza persiguiendo a Masters y termina acercándose cada vez más a él. La diferencia entre ambos no desaparece porque hagan exactamente lo mismo, sino porque ambos están dispuestos a sacrificarlo todo por aquello que desean.

Por eso, cuando la crítica no encuentra en «Vivir y morir en Los Ángeles» aquello que tanto le gustó de «Contacto en Francia» es entendible. Doyle todavía podía convencernos de que su violencia estaba al servicio de una causa, pero Chance ni siquiera lo intenta.

Friedkin ahonda en sus obsesiones y representa un mundo que ha cambiado. Los enemigos no están afuera, están entre nosotros (y quizás seamos nosotros mismos). Esa lógica los lleva a competir constantemente: trabajar más, arriesgar más, ganar más, llegar primero. Así como la ciudad está en transformación, ellos también: están buscando un límite.

En «Vivir y morir en Los Ángeles» todos terminan sucios y contaminados: el bien, la justicia y la legalidad dejan de funcionar. Lo único que importa en el Estados Unidos de los ochenta que acá aparece retratado es el deseo de ascender y ganar. La ley solo es un telón de fondo que, si lo podés usar a tu favor, puede ser útil. Pero no es más que eso.

Ese es el punto de inflexión. Los personajes de Friedkin no son monstruos, son humanos en un mundo degradado. Se despiertan cada día para trabajar y alcanzar sus objetivos. Buscan ser los mejores y están dispuestos a todo para lograrlo. El problema es, entonces, justamente ese: un mundo donde el dinero es el dios invisible, donde el éxito se mide por que se lo tiene y en que triunfar es lo único que importa.

Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

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