El discreto encanto de la grosería

En mayo del ’88, durante el vigésimo aniversario del mayo francés y su lema l’imagination au pouvoir, se proyectó en el Marché du Film del festival de Cannes una ópera prima, precisamente, desbordante de imaginación –una que la crítica tradicional directamente ignoró, en el mejor de los casos. Probablemente algo hayan tenido que ver su escabrosa premisa –donde unos extraterrestres buscan carne humana para su cadena intergaláctica de comida rápida– y su grotesco humor, lleno de vómito, sesos y litros de sangre. El caso es que seguramente ninguno de tales distinguidos críticos podría haber imaginado en ese momento que el responsable de semejante afrenta estaría recibiendo el Oscar a mejor director 15 años después. Pero la película en cuestión, filmada artesanalmente durante los fines de semana a lo largo de cuatro años, era “Mal gusto” (1987) y el director, un apasionado e irreverente joven de 25 años, era Peter Jackson.

El desdén de la crítica, sin embargo, no se reflejó –por suerte– en la recepción de los mercados, y “Mal gusto” se convirtió en el film más rápido en venderse de la historia neozelandesa. Según el propio director, cerraron acuerdos para más de 30 países en menos de 48 horas. Pero Jackson todavía tenía guardadas un par más de sorpresas desagradables antes de pisar las alfombras rojas. Primero con “El mundo de los Feebles” (1989), una perversa sátira de Los Muppets llena de cinismo, escatología, sexo, muerte y humor negro, iba a profanar el musical infantil de marionetas. Y después, justo antes de conseguir el reconocimiento crítico internacional y su primera nominación al Oscar con “Criaturas celestiales” (1994), iba a llegar al extremo más groseramente divertido de su carrera con su película más visceral –en el sentido estrictamente literal del término– y sangrienta, la maravillosamente truculenta “Muertos de Miedo” (1992).

En ella, ya desde la divertida secuencia inicial, Jackson cuela varias de sus obsesiones. El texto sobreimpreso del plano de apertura indica que, como prácticamente toda su filmografía –con excepción de su ópera prima y la saga de la Tierra Media–, se trata de una película de época. Además, sitúa la acción en la Isla Calavera –que revisitaría en la década siguiente–, hogar de King Kong, en una de sus tantas referencias cinéfilas. Allí el empleado de un zoológico neozelandés intenta sacar de contrabando una cruza entre mono y rata gigante de Sumatra –una alusión a la mitología sherlockiana–, en una jaula montada entre dos cañas mientras son perseguidos por una tribu de nativos; un doble guiño a “Los cazadores del arca perdida” (1981). Finalmente, tras escapar, es introducido el elemento sangriento: cuando los asistentes del zoólogo descubren que este ha sido mordido por la criatura, lo descuartizan hasta matarlo.

Todo esto, no obstante, está ejecutado con claras intenciones de comedia. Desde los acercamientos violentos con los que los ayudantes descubren cada herida, al cómico grito de “¡Zingaya!”, hasta la sangre animada que salpica la pantalla y se escurre formando el título, es imposible tomarse nada en serio. La película se ubica así, de entrada y de la forma más explícita posible, dentro del splatter –literalmente, salpicadura–. Un subgénero del terror que, aunque iniciado en los ‘60 por Herschell Gordon Lewis, a partir de los ‘80 sería mayormente asociado a la comedia por films como “El caso de la canasta” (1981), los producidos por Troma Entertainment –empezando por “El vengador tóxico” (1984)–, “Re- Animator” (1985), “Evil Dead 2” (1987) y la propia “Mal Gusto”. Desde entonces la splatter comedy (o splatstick, término derivado de la combinación entre splatter y slapstick) se convertiría en una especie de prima simpática del gore.

El componente de comedia de la introducción crece exponencialmente cuando el mono-rata llega –no sin antes hacer un nuevo guiño a Indiana Jones– finalmente a Wellington. Allí se nos presenta a Lionel (Timothy Balme), quien vive solo con Vera (Elizabeth Moody), su avasallante y controladora madre, en una mansión victoriana ubicada en lo alto de una colina. Por si esto –y la interpretación de Balme, que claramente remite a Norman Bates– no fuera referencia suficiente a “Psicosis” (1960), más temprano que tarde Vera es mordida por el mono-rata –cuya animación recuerda mucho a las de Ray Harryhausen– y, tras una breve agonía, muere. Pero no dura mucho así, porque la enfermedad que tanto temían los habitantes de la Isla Calavera inmediatamente la convierte en zombie. Lionel hará entonces lo imposible para ocultarlo, especialmente de su interés amoroso, Paquita (Diana Peñalver), mientras que las situaciones disparatadas –y los cadáveres– se amontonan.

Los gags que provocan estas situaciones invariablemente combinan lo absurdo con lo grotesco. Entre ellos el que le dió a la película su increíblemente descriptivo título de distribución en España: “Tu madre se ha comido a mi perro”. En otro un sacerdote karateka aparece para salvar al protagonista, al grito de “¡Pateo culos por el señor!”, para terminar, siendo lanzado por el aire y empalado en el dedo índice de una estatua. Con la excepción de algunas escenas de comedia puramente física –como cuando Lionel pelea a golpes de puño con un bebé zombie, ante la mirada perpleja de unas madres–, estos gags siempre involucran la sangre o algún fluido corporal. Se comenta que cuando la madre de Jackson vio por primera vez “Mal gusto” dijo que no pensaba que fuera a ser tan sangrienta, a lo que este respondió “¡Pero hay una risa por cada gota de sangre, mamá!”.

Como en sus dos primeras películas –aunque mejor construido desde el guion–, Jackson hace confluir toda esta sucesión de viñetas absurdas en un tercer acto alucinante, que comprende una única locación y una masacre total. El inescrupuloso tío Les, que pretende adueñarse de la herencia, se instala en la mansión y organiza una fiesta, sin saber del secreto oculto en el sótano. El resultado, obviamente, es una casa llena de zombies contra los que Lionel y Paquita deberán luchar para sobrevivir. La anécdota cuenta que solo en esa secuencia se usaron aproximadamente 300 litros de sangre falsa. Ahí Jackson despliega su expertise y amor por los efectos prácticos, habiendo decidido previamente filmar en super 16mm –y no en 35mm– para invertir mayor parte del presupuesto en ellos. El resultado es una última media hora demencial, con decenas de cuerpos siendo despedazados por una cortadora de césped en tono de comedia.

En un corto documental producido a propósito del rodaje de “Mal gusto”, el director afirma que “El cine es un medio donde podés salirte con la tuya –get away with murder en el original–, podés mostrar lo que quieras. Es seguro e inofensivo y nadie sale herido. Y ciertamente podés estremecer o shockear a algunas personas, lo cual también tiene su gracia”. Ya desde el título de su ópera prima Jackson se ríe de los autoproclamados guardianes del –supuesto– buen gusto, un concepto que alberga la fascista idea de que a todo el mundo debería gustarle lo mismo. Actitud que mantuvo durante toda la primera etapa de su carrera y, aunque aparezcan destellos en su filmografía posterior, llevó al extremo con “Muertos de miedo”. Una película que hoy, que lo shockeante y estremecedor parece ser territorio exclusivo del terror, nos recuerda que lo grotesco y escabroso también puede ser divertido.

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