Zombies del Oeste: el discreto encanto de la amistad

Hay un vínculo muy estrecho entre el cine de terror y la amistad. Al llevar siempre al límite las emociones, los lazos afectivos y comunitarios son los que permiten superar el miedo y que cada aventura cinematográfica termine, de algún modo u otro, con la catarsis debida. Esta dinámica se da tanto dentro de los relatos como afuera: grupos de amigos y amigas yendo a ver películas de este género no solo son un clásico, sino que, al menos en nuestros cines, contribuyen a mantenerlo en auge.

«Plaga zombie» (Hernán Sáez y Pablo Parés, 1997) parece llevar esa relación entre el terror y la amistad hasta sus últimas consecuencias. Un grupo de amigos, con una cámara VHS, dedicó sus fines de semana a filmar en las calles de Haedo. De un juego nació la película que terminó convirtiéndose en una saga de culto. Sus realizadores no tenían más formación cinematográfica que todo el cine que habían consumido.

Hay algo de esto que me resulta cercano. Conocí la película hasta muchos años después, cuando la vi por primera vez con mis amigas, en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Esas mismas calles por las que transcurrió mi adolescencia fueron escenario de turbas zombies descontroladas. Y no se me ocurre una compañía más indicada para un largometraje de tales características.

Vomitando flores sobre tu piel

Frente a amigos, uno ya no disimula. Lo mismo ocurre en «Plaga zombie»: los artificios no se esconden, se evidencian. Hay algo que hermana al splatter con la amistad: ambos permiten abandonar las convenciones, entregarse al exceso y sacar afuera lo que habitualmente permanece oculto.

Después de todo, pocas cosas son tan entrañables como aquello que nos permite justamente mostrar las entrañas. Y en esta película se las toman bastante en serio: la sangre, los vómitos, las mutilaciones y los cuerpos despedazados se suceden con desmesura, hasta que lo que podría ser horror empieza a parecerse más a la comedia.

En ese universo, preservar la integridad del cuerpo no es una preocupación. Todo puede romperse, desprenderse o explotar. Tampoco importa la verosimilitud: las cabezas no estallan tan a menudo. Por el contrario, parte del placer está en imaginar cómo fue realizado y celebrar su desmesura. El espectador es, entonces, cómplice de una fascinación por lo repulsivo, donde el asco y la carcajada pueden llegar a ser una misma cosa.

Instintivamente, los realizadores comprendieron muy bien una de las posibilidades más interesantes del splatter: que la exhibición excesiva de la violencia es, sencillamente, un espectáculo (para algunos, grotesco; para otros, festivo). Y es precisamente en esa escasez de recursos donde reside uno de los mayores encantos de la cinta: el placer de llevarlo todo demasiado lejos.

Uno tiene lo que puede, y lo tiene que querer

La influencia de George A. Romero resulta evidente, aunque acá el apocalipsis zombi adquiere características bastante particulares. Con una mixtura de invasiones extraterrestres, experimentos y conspiraciones gubernamentales (lo que hoy podría ser una noche tuitera cualquiera), la película construye su propio universo.

Los muertos vivos juegan a las cartas, piden pizza, fuman y, por supuesto, vomitan. Por su parte, los protagonistas sobreviven (o lo intentan) improvisando, con valentía, pero tomando una serie de decisiones discutibles.

En un primer momento, uno de los elementos más extraños es el castellano neutro en el que hablan los personajes. Esa imitación del doblaje latinoamericano refuerza la parodia, pero también remite al modo en que, durante los años noventa, se consumía buena parte del cine de género. A través de la televisión y el VHS, las películas llegaban a nuestras casas con voces, expresiones y modismos ajenos. Al apropiarse de ese lenguaje, los realizadores también reproducen las convenciones del cine que los formó. Lo mismo sucede con el vestuario, donde conviven el terror, el cómic y una estética kitsch.

Este pastiche de géneros y recursos es justamente su virtud. La precariedad de la realización es uno de sus puntos más atractivos: los efectos artesanales, las actuaciones desbordadas y las soluciones narrativas improvisadas transmiten una frescura difícil de fabricar. Tenemos la sensación de estar viendo a un grupo de personas divirtiéndose. Y esa diversión se contagia.

Bienvenido a mi tribu

Hay muchos modos de entender el cine. Y, aunque no todos, muchos nacen de un deseo de juventud. Una especie de educación sentimental a fuerza de mirar películas. El espíritu de «Mal gusto» (Peter Jackson, 1987), los excesos de «Diabólico» (Sam Raimi, 1981) y lo que sea que hayan visto en los «Sábados de Súper Acción» de Telefe fueron parte de una formación que no brindó una escuela de cine.

La inventiva hizo el resto. Los efectos especiales se resolvían con materiales de repostería destinados a otros fines. Y el montaje, totalmente vanguardista, se realizaba directamente en cámara, grabando una toma detrás de otra sobre la misma cinta.

Esas soluciones terminaron definiendo la identidad de la película. Estos jóvenes demostraron que era posible apropiarse de un género asociado al cine estadounidense y trasladarlo, sin escalas, al conurbano bonaerense.

Terminada a fines de 1997, «Plaga Zombie» comenzó a circular en VHS y encontró su público en “el boca en boca”, las proyecciones alternativas y las copias que pasaban de mano en mano. Con el tiempo llegaron las ediciones internacionales, las continuaciones y su consolidación como película de culto.

Hay algo en esa trayectoria que es conmovedor. Quizás porque encuentro en ella una idea del cine que hay que volver a reivindicar: no ya la obra terminada, sino la experiencia compartida. Esos fines de semana compartidos, en las amistades que se construyeron y fortalecieron alrededor de una cámara, en las personas que prestaron casas, cuerpos y tiempo para que una película pudiera existir.

Y vuelvo inevitablemente a aquella función en Mar del Plata. A mis amigas, a las risas compartidas y a la extraña emoción de reconocer en la pantalla las calles de mi adolescencia, ahora invadidas por muertos vivos. Aunque llegué a «Plaga zombie» muchos años después de su realización, me permito pensar que, de alguna manera, participé de ese mismo juego. Porque, a veces, para sobrevivir a una invasión zombi (o a estos tiempos, que tampoco le asemejan bastante) lo único verdaderamente indispensable es tener un buen grupo de amigos.

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