Jane Campion es un nombre propio importante dentro de la lucha de género en la dirección de cine, contemporánea de Kathryn Bigelow (esta lanzada unos años antes), aunque sin su gracia ni talento magistral, más acertado sería decir que la filmografía de la neozelandesa es errática.

Pasó de sucumbir en el mundo de los festivales con “La lección de piano” (1993) a dirigir televisión sin estrenar una película en los últimos 12 años. Si bien es su regreso al largometraje, no estaría siendo uno completo a la pantalla grande, ya que “El poder del perro” es una producción original de Netflix. A pesar de tener un pequeño estreno comercial en salas de cine (incluso en festivales circuló en ese formato también), la mayor parte del público verá esta película en dispositivos dentro de un consumo hogareño.

En la contradicción flotante que se vive, desde la producción tanto como en la recepción, las películas tienen estrategias pensadas para una pantalla ancha pero que se achica, incluso en los televisores más grandes, en este caso si pensamos en algo parecido a una sala cinematográfica. “El poder del perro” es una película poderosa desde la fotografía, se vale de escenarios naturales imponentes y en la amplitud de los contornos para incluir información dramática pero también atmosférica. Las ideas de Campion, en esta senda de ideas narrativas, se podría pensar que se diluyen en una tablet, computadora e, incluso, en un televisor. La faceta inmersiva también es parte de lo perdido en una experiencia casera de visualización, por más esfuerzo que se le ponga a una ambientación de oscuridad y de pocas sombras la experiencia, en el mejor de los escenarios, puede ser solo similar. Lo que sufre Campion también lo padecieron otros directores que acordaron realizar sus películas bajo un formato de producción “libre” aunque restrictivo de todo lo enumerado acerca de un estreno a través de un servicio de streaming.

Las limitaciones de los servicios de streaming acerca de las experiencias en una era nueva sobre el acceso a las películas, no eximen a Campion sobre los problemas de su película. El primero de ellos radica en la escala tonal de su historia: lo que comienza como una tensión entre dos hermanos se desplaza a un tránsito pendular entre una crueldad esbozada y una redención tampoco manifestada. Benedict Cumberbatch y Jesse Plemons son Phil y George Burbank, respectivamente, dos hermanos ganaderos que tienen una pequeña empresa en una Montana de 1925, año que no es para nada azaroso si consideramos que es una tensa calma antes de la era de la Gran Depresión del 30′. Phil es un homosexual reprimido que descarga su ira bajo un manto de maltrato y cuidado sobre George, un hombre más introvertido de palabras justas. El hermano mayor tiene las características de un “self made man”, quien ve en los extraños como potenciales arrebatadores de ese sueño construido con sangre, sudor y lágrimas. En el camino de ambos aparece la figura de Rose (Kirsten Dunst): viuda, con un hijo y encargada de un salón donde visitantes de paso paran para cenar y hasta pernoctar. Peter (el hijo) es un adolescente de cualidades completamente opuestas a la figura de un hombre de aquellos tiempos: sus intereses pasan por el arte, el existencialismo y, principalmente, un carácter sumiso. La tensión se termina de completar cuando George se casa con Rose y la lleva a vivir a la casa junto a su hermano Phil.

El aire a “Petróleo sangriento” (2007) de Paul Thomas Anderson se siente y se escucha (la música es de Jonny Greenwood), sin embargo, a Campion la invade la indefinición. Phil, su “monstruo”, no es Daniel Plainview sino que es un cúmulo de retazos de diferentes personajes posibles. Incluso sus rasgos más temibles nunca se profundizan, ni siquiera el veneno que acumula contra su hermano se puede identificar en algún diálogo como una puñalada, tampoco su trato a Rose alcanza un nivel de violencia verbal porque se frena en miradas o en actitudes corporales.

Esta comparación con la película de Anderson -lejos de ser arbitraria- tiene su peso en que ambas pertenecen a un contexto similar, con personajes de características parecidas (la idea de un hombre que se creó a sí mismo y que afronta una filiación sanguínea que la vive como una carga). Lo mejor del film está en ese horizonte que Phil observa con una montaña que tiene enfrente, en la que se forma una figura. Sus empleados se debaten en voz alta sobre qué puede ser lo que su patrón ve: “Debe ser un animal”, cree la mayoría, comentario que es despreciado por el propio Phil. En una situación similar, el hijo de Rose se para al lado a contemplar junto a él ese horizonte, allí el joven llega a una conclusión que sorprende al recio ganadero. La escena, resignificada, demuestra que su legado tiene un posible futuro en ese joven. La transformación de Phil alcanza un punto que no es sincrónico con el de la narración, para alcanzar este acontecimiento dramático pasaron casi 90 minutos, de una película que dura casi 130. Ni siquiera en ese giro, el personaje de Cumberbatch (error grosero de casting) alcanza la completitud de su personaje, tan solo son trazos de interpretaciones posibles. Mientras Daniel Day-Lewis presenta a su criatura desnuda desde el primer minuto, el Phil de Cumberbatch es timorato y ambiguo.

Sin consolidar verdaderas expectativas, «la nueva» de Campion no deja de ser una obra decepcionante. La calidad de sus decisiones visuales parece pertenecer a otra película, a una de una sustancia narrativa con un pulso más firme. También en las licencias de guion se le pueden achacar las costuras de lo escrito, en especial en la determinación apresurada y sin densidad dramática de transformar en alcohólica al personaje de Dunst. La directora de “En carne viva” pisa el acelerador donde debe frenar y trastabilla en los momentos en los que debe afirmarse.

“El poder del perro” de Jane Campion con Benedic Cumberbatch, Kirsten Dunst, Jesse Plemons y Kodi Smith- McPhee puede verse en Netflix.

Un comentario de “El perro que no ladra

  1. Robert Zemeckys dice:

    José lo único que hacés es comparar la película que analizas con una más vieja que viste y te gustó más. Volvé a la escuela.

    Besitos N.P.

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