Tras 19 años sin poder ganar la liga, el PSG es el nuevo campeón de Francia, con figuras de renombre como Zlatan Ibrahimovic, David Beckham, Ezequiel Lavezzi, Javier Pastore y Thiago Motta, entre otros.
El domingo no fue un día más para el fútbol francés, porque PSG visitaba al Lyon y, si ganaba, sería el nuevo dueño del trofeo hexagonal. El gol del título, uno de los más importantes de la historia del club, lo marcó Jeremy Ménez a los 8 minutos del segundo tiempo, para el delirio de los hinchas que fueron hasta el Estadio de Gerland.

En medio de los festejos del lunes en el Trocadero, un grupo de ultras (barrabravas) quisieron irrumpir con incidentes, empezaron a tirar proyectiles y bengalas. El resultado fue 30 heridos y 21 detenidos, con la imagen de la policía que detenía a los barras en los Campos Elíseos, con gases lacrimógenos y, de fondo, la Torre Eiffel. Inadaptados hay en todo el mundo.
¿Por qué esta nota se llama «La Experiencia PSG»? Porque tuve la fortuna de ver un triunfo de este equipo en una fría noche de principios de este año en el Parque de los Príncipes.
.cero vio al campeón
Estuve en París en febrero, conocí el Arco del Triunfo bajo una nevada, la avenida Champs Elysée con un desfile de veteranos de guerra frente a monumentos y locales de las marcas más caras del mundo. Al fondo de esta enorme avenida, súper iluminada por faroles, uno puede encontrar el local exclusivo del PSG, con la imagen de David Beckham, por ese entonces la nueva estrella del equipo de Carlo Ancelotti. Y, a un costado, el Río Sena. La Torre Eiffel totalmente iluminada, con un juego de luces que decoraban todo el Champs de Mars. Otra de las atracciones es el Louvre, que quise visitar una fría noche de domingo, pero cerca de las 19 cerraba sus puertas. Los alrededores de este museo son los más elegantes de Europa, lleno de monumentos y edificios con una arquitectura inigualable, típicamente francesa.
Salí sin suerte del Louvre y paseaba por una calle llena de hoteles de lujo, con negocios para los turistas, con bufandas elegantes, guantes de cuero, llaveros y torrecitas Eiffel para llevar de recuerdo. La imagen de Le Chat Noir estaba por todos lados: aquel cabaret del Siglo XIX lleno de bohemia en el barrio Montmartre. En eso vi una camiseta del PSG, pregunté su precio y la respuesta llegó muy simple: “45 euros, Monsieur”, pero no la compré porque mi parada anterior en Londres me demandó unas cuantas libras.
En un momento se me ocurrió preguntarle al vendedor cuándo jugaba el PSG, claramente en inglés, porque mi francés es pésimo, para mi desgracia, porque nunca vi mujeres tan lindas como las parisinas. Vamos al grano: me dijo que el partido estaba por empezar, que se jugaba el clásico más importante del país entre Paris Saint Germain y Olympique de Marsella. No dudé en preguntarle qué combinación tenía que hacer en el metro para llegar al Parque de los Príncipes. Después de indicarme en el mapa (que me habían dado en el hostel), no dudé en bajar a la estación Concorde de la línea 8, ir hasta La Motte Picquet Grenelle para combinar con la línea 10 y bajarme en Porte D’Auteuil. Cuando salí a la superficie me encontré en una plaza circular, con edificios similares a los que vemos en Callao para el lado de Las Heras o Libertador, aquellos de la Avenida Alvear de la Ciudad de Buenos Aires… pero esto era París.
Por suerte, la capital de Francia está muy bien señalizada, con carteles que me marcaban que estaba en Parc des Princes (Parque de los Príncipes), pero si me iba a la izquierda tenía Stade de Paris Saint Germain, y ahí fui. Claro, el partido había empezado hacía pocos minutos, conseguir una entrada parecía imposible pero siempre hay ultras que están en los alrededores del estadio, y ese ticket de 20 euros me terminó por costar 60. Lo más insólito de esta historia no es el precio que pagué, sino que la misma policía me dijo que podía conseguir una entrada porque había gente que vendía afuera de la cancha. Realmente me la jugué, porque podían darme algo trucho, pero tenía un aspecto inconfundible: era el pasaporte a una experiencia única, y lo compré.
Cuando quise entrar, un hincha se mandó sin entrada y un policía lo frenó y lo revoleó por el aire. El oficial estaba vestido como un soldado de guerra y no tuvo piedad con el joven, y yo me imaginaba cómo sería mi recibimiento. Cuando apoyé la entrada y su lado plateado sobre un lector, el molinete vertical (que va desde los pies hasta la cabeza) me dejó entrar, pero me pararon para revisar la mochila. Nunca antes tuve que dar tantas explicaciones para decirles qué era cada cosa, vieron hasta los llaveros de la Torre Eiffel que le compré a un joven que me suplicaba que por la venta del mismo aunque sea a un euro. Hasta se preguntaron por la camiseta de Independiente Rivadavia de un amigo mío y, después de 5 minutos y ver mi pasaporte argentino, me dejaron pasar.
Llegué y estaba a un costado de la popular, al lado del cordón policial que dividía a la hinchada del PSG con los simpatizantes del Olympique de Marsella, dos barras que se odian desde que nacieron ambos clubes: son los dos equipos más importantes y prestigiosos de Francia, y yo estaba ahí para ver el partido, percibir sus costumbres y ver cuán parecidos son a nosotros porque, claro, son latinos. Todos parados en los asientos, masticándose las uñas por cada jugada, con cantitos y aliento, el agite de banderas rojas y el escudo azul con la torre en el medio. Armaban sus cigarrillos con papel y tabaco, algo bien propio de Europa. No hay barrabravas que te empujen, aunque los ultras pueden ser peligrosos de otra manera, porque no dejan de ser salvajes.

Foto: AFP.


La violencia tuvo su capítulo en el PSG, con ultras que tomaron el modelo de los hooligans británicos, después de los tifosi de Italia, algunos identificados con grupos de la extrema derecha. Una de las condiciones de los nuevos dueños, un grupo empresario de Qatar, puso como condición que los violentos no entren nunca más al club.
Noté que viven el fútbol con una pasión tremenda: coreaban el nombre de Ezequiel Lavezzi más que el de Zlatan Ibrahimovic, y adoran a Javier Pastore. Cuando la agarra el flaco de Córdoba siempre se escucha “Allez, Pastore”, y él responde con toda su clase para recibir una ovación todos los fines de semana.
Ese partido el italiano Carlo Ancelotti paró un 4-4-2 con Sirigu al arco; Maxwell, Armand, Alex y Jallet; Matuidi y Verrati en el doble 5, Lucas por izquierda y Javier Pastore por derecha; arriba la dupla Ibrahimovic-Lavezzi.

El primer gol fue de Nicolas N’Koulou en contra y la tribuna explotó. El tanto fue en el arco de enfrente y me costó verlo, pero la algarabía invadía la popular baja del Parque de los Príncipes y había una leyenda en un fondo rojo y con letras blancas que sí pude ver, y que toda esa gente te hace saber cuando no conocés lo que es vivir un partido del PSG: “Ici c’est Paris” (“Aquí es París”).

Foto: AFP.


Viví el debut de David Beckham, que entró por Javier Pastore, y fue cuando la voz del estadio dijo: “Es un honor para nosotros anunciar la presentación de esta estrella”. Dijo el nombre de pila, se calló y la gente contestó con un rugido: “¡Beckham!”. El británico entró, cumplió con un par de pases y participó en el segundo gol, aquel que marcó Zlatan Ibrahimovic con la rodilla. Acá tenemos un video con el festejo desde la tribuna donde estaba .cero.

El partido terminó con fiesta, todos recordaban a los gritos “Paris c’est Magic” (“París es mágico”), los empleados de seguridad me pidieron que me vaya pero me dejaron sacarme dos fotos con la cancha, ya vacía, pero llena de mística. Caía nieve en París, hacía un frío tremendo, pero la experiencia en un clásico francés es una experiencia inolvidable.
Fui hasta la estación de Metro e hice las combinaciones necesarias para llegar al boulevard Belleville, donde me alojaba, en un hostel impecable. Al día siguiente volví a visitar el Louvre, salí del museo, pasé de nuevo por el negocio donde vendían la camiseta, me encontré al vendedor y me preguntó: “¿Conseguiste entrada?” La respuesta lo dejó con los «ojos de huevo» y me dijo:“¡Magnifique!”.