«La Odisea»: vuelta al pueblo

Son pocos los directores en el Hollywood actual que pueden anteceder con su nombre y apellido -incluso, a veces solo con esto último- a actores, actrices y hasta al propio título de la película en cuestión.

Christopher Nolan es uno de ellos, su filmografía lo ubica en ese espacio reservado donde en la industria todavía se puede jugar a ser autor. La capitalización de tal aura está en las exigencias para hacer sus últimas películas, algunas de ellas benefician a los espectadores, por ejemplo, la resistencia del fílmico, una característica que comparte con otros colegas como Paul Thomas Anderson y Quentin Tarantino. La primera gran diferencia con ellos es que el inglés se toma mucho menos tiempo entre película y película. Apenas un par de años le tomó hacer «La odisea», su nueva y más ambiciosa película que, según sus palabras, no hubiera podido llevar a cabo sin el éxito de la predecesora «Oppenheimer», por la cual no solo obtuvo ganancias millonarias sino que, también, recibió la legitimación de la industria al otorgarle varios Premios Oscar.

La historia del relato mítico de Homero se contó en múltiples oportunidades y con diferentes variaciones, sin necesariamente ceñirse en la literalidad del relato original. Nolan, ya se sabe, es un purista no solo de la imagen, también apuesta a un tipo de narración y de montaje que acomoda a cualquier historia, no importa si es una transposición de un superhéroe de historietas, una caja china de sueños, un viaje espacial a los confines del universo, un tercer acto de un grupo de soldados ingleses que escapan de los nazis o un fragmento de la vida del creador de la bomba atómica. Todo entra en el envase con la marca registrada de Nolan. La pregunta es si «La odisea», el poema épico, es el grado cero de todos sus guiones, en términos de estructura.

El armado del viaje de regreso emprendido por Odiseo a Ítaca es perfecto para su clásico montaje paralelo y los saltos en el tiempo con flashbacks y vueltas al presente sin límites. Es de esa forma, en la que las películas de Nolan también se parecen entre sí, por el uso de un montaje en patines sin frenos, sin lugar para las pausas o tiempos muertos, mucho menos para los silencios. Los diálogos se enuncian como balas que deben pegar en un blanco, incluso, hay poco lugar para la dialéctica, tan solo se advierte una pizca de ello en la escena de Circe y Odiseo cuando se descubre que sus tripulantes fueron convertidos en cerdos. La principal virtud de ese pasaje está en la actuación de Samantha Morton y en el pertinente acompañamiento de Matt Damon, que la deja lucirse aportándole, probablemente, la única carga poética de esta transposición, como si se le hubiera escapado a la mecánica de un autor preocupadísimo por el aspecto ratio, pero a la vez poco afecto a la sensibilidad de la obra original. En esa carencia está otra de las hendijas habituales de la filmografía de Nolan, sus películas pueden tener a personajes ahogados en llantos, pero aún así no siempre alcanzan a tocar una fibra conmovedora.

Para el final, el enfrentamiento de Odiseo contra todos los pretendientes de Penélope tiene un desarrollo puesto sobre una plantilla genérica de peleas, similar a las que se fotocopiaron en esta era de «John Wick», cuya virtud prodigiosa es luchar y vencer a un sinnúmero de enemigos en pocos segundos y con un despliegue de recursos múltiples. Tratándose de un director experimentado en la acción, no llama la atención que algunos momentos funcionen, aun así sea por retazos como, por ejemplo, la larga y paciente secuencia del ciclope o la escena de body horror con los mencionados súbditos de Odiseo transformados en animales.

Dentro de su rango de poder en la industria, Nolan cubre todos los flancos dramáticos con actores y actrices famosos, algunos de ellos con pocos minutos y una minúscula importancia narrativa, ese es el caso de Calipso (en la piel de Charlize Theron), desnutrida de una densidad poética. En sus escenas con Odiseo solo se puede percibir una digresión de toda la aventura, una mera excusa para relatar hacia los costados. Embebido también en una obstinación por retratar una historia cargada de elementos fantásticos bajo una lupa de realismo, que tienen su peso solo en imágenes sueltas como los planos en los que se ve un mar, una embarcación o la tierra, por citar un puñado de instantes.

Resulta paradójico que a Nolan se lo ubique dentro de una columna de guardianes del cine de «la vieja escuela» y que al mismo tiempo «La odisea» solo se pueda ver en 40 cines, tal como él quiere. «Una batalla tras otra» de Paul Thomas Anderson, por citar un ejemplo reciente con las mismas características de una película filmada en 70 mm que podía verse en Imax (formato en el cual se hizo «La odisea»), sí les ofrecía a los espectadores la posibilidad de verla en su totalidad en otros formatos: en fílmico 35 mm, en Imax digital y en DCP (el más común de todos, es decir, la defensa de un cine que se entiende como popular y que debe resistir en su carácter más puro del entretenimiento para las masas se diluye cuando solo unos privilegiados son los que tienen acceso a vivir la experiencia completa de una película que representa, en teoría, a una opción que antes aparecía con mayor frecuencia en las carteleras. Quizás en esa lectura histórica también se entienda el éxito de un director cuyos méritos en otro tiempo hubieran sido los de muchos otros también, pero esa es otra historia.

«La odisea» estuvo escrita y dirigida por Christopher Nolan, contó con las actuaciones de Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, John Leguizamo, Elliot Page, Zendaya, Samantha Morton, Mia Goth y Charlize Theron.

Deja una respuesta