La justicia es la última oportunidad

Pocos directores han sabido llevar adelante películas sobre juicios como Sidney Lumet. Su primera película, “Doce hombres en pugna” (1957) se convirtió en una referencia del género y, 25 años después, volvió al terreno judicial con “El veredicto” (1982), que hoy podemos considerar también como un clásico.

Diego Galán, en su crítica publicada en 1983, señalaba que el cine judicial norteamericano regresaba como un género ya conocido y que Lumet utilizaba varios tópicos del género, como el abogado alcohólico en decadencia que pelea con el poderoso abogado defensor y su estudio jurídico, que parece tener todas las cartas a su favor. Sin embargo, en “El veredicto”, la búsqueda surge de partir de las reglas conocidas del género para contar la historia de un hombre que necesita recuperar su dignidad.

Con una gran trayectoria de más de 50 años y cerca de 45 películas como cineasta, Lumet se caracterizó por retratar personajes conflictuados, antihéroes y hombres enfrentados a instituciones que muchas veces parecen demasiado grandes para ellos como le sucede a Frank Galvin.

El film comienza con una imagen que dice mucho antes de que el personaje hable. Frank (Paul Newman) rodeado de oscuridad en el fondo de un bar, con una máquina de pinball y una jarra de cerveza. Desde ese momento podemos adivinar en qué estado se encuentra ese abogado que alguna vez fue respetado y ahora sobrevive buscando clientes en velatorios, con un trabajo que parece haber perdido sentido para él. No es presentado como un abogado brillante que vive con lujos, sino como un hombre derrotado. Su antiguo socio Mickey Morrissey (Jack Warden) le asigna un caso de negligencia, como un favor, para aumentar la indemnización de una mujer que quedó en estado vegetativo después de una intervención médica.

Uno de los momentos más importantes ocurre cuando Galvin fotografía a Deborah Ann Kaye, la mujer que permanece en estado vegetativo, para conseguir imágenes que le permitan impresionar al obispo y mejorar el acuerdo económico. Con su cámara Polaroid toma dos fotografías del cuerpo en el hospital. Cuando está a punto de sacar la tercera, algo cambia en Frank: mira a través del visor y su expresión se transforma. Lumet convierte una escena funcional en un momento de revelación, ya que Galvin deja de mirarla como un caso y comienza a verla como una persona. Ya no quiere conseguir una mejor cifra para cerrar el expediente. Quiere llevar el caso a juicio.

Ese instante es un renacer en su vida, incluso hay una paradoja del vínculo entre el protagonista y la institución católica a la que se enfrenta, que debería representar valores como la ética y la compasión pero que aparece atravesada por el poder, los intereses y los silencios. Uno de los temas centrales es la diferencia entre legalidad y justicia. El sistema judicial tiene sus reglas, abogados, procedimientos y acuerdos donde todo debería funcionar dentro de la ley. Frank sabe que cumplir con las reglas no significa necesariamente hacer justicia.

Paul Newman construye al personaje desde la contención. Su interpretación no depende de grandes discursos ni de una transformación repentina. Está en los silencios, en el cansancio, en la manera de mirar. No es un héroe que recupera inmediatamente su grandeza: es un hombre que tiene que volver a confiar en sí mismo.

James Mason, por su parte, consigue darle matices al abogado Ed Concannon, el gran adversario de Frank. Es elegante, inteligente y eficaz, alguien que entiende las reglas del sistema y sabe utilizarlas a su favor. En ese sentido, el enfrentamiento entre ambos no es simplemente el de un abogado bueno contra uno malo, sino el de dos hombres que entienden de manera diferente qué significa ganar un caso. Mientras Frank necesita ganar porque cree que es justo, Concannon necesita ganar porque ese es su trabajo.

Charlotte Rampling como Laura Fisher ocupa un lugar diferente dentro de este conflicto. Su personaje está rodeado de misterio y al igual que Frank, está atravesada por la duda y la necesidad de confiar en el otro. No solo funciona como un interés amoroso sino también como una figura que pone en juego una pregunta central: ¿en quién podemos confiar cuando la verdad parece estar siempre en discusión? En ese sentido, su relación con Galvin acompaña el proceso, luego de haber perdido el rumbo y volver a confiar en alguien incluso cuando puede implicar un riesgo.

Lumet no presenta la justicia como un territorio sencillo en el que basta con tener razón. La verdad necesita pruebas, estrategia y alguien dispuesto a defenderla incluso cuando hacerlo implica quedarse solo. Es la última oportunidad de Frank para recuperar aquello que había perdido: su profesión, sus principios y, sobre todo, a sí mismo.

Diego Galán cerraba su crítica afirmando que la película podía verse normalmente, pero que no alcanzaba el grado imprescindible. Luego de cuatro décadas, “El veredicto” continúa vigente, porque detrás del juicio está la historia de alguien que, después de perderlo todo, encuentra una última oportunidad para decidir qué clase de persona quiere ser.

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