Luego de haberse hecho conocido en nuestro país con «Godland», estrenada en agosto del año pasado, llega una nueva propuesta del director islandés Hlynur Palmason: «El Amor que Permanece», pero con un cambio total de registro con relación a la anterior.
En este nuevo opus, se centra en una familia (tal vez con muchas resonancias de la suya propia: de hecho, los hijos de la pareja en cuestión son los verdaderos hijos del director) desgastada y atravesando una crisis de separación.
La película va evolucionando desde la cotidianeidad más amable hasta desembarcar en zonas más oscuras y cuestionadoras.
Anna es una artista que trabaja con metales en su propio taller, enclavado en el campo, en tanto que Magnus, alias «Maggi», trabaja en un barco pesquero. A medida que avanza el film, los vaivenes de la crisis y el amor que sostiene la relación dejan al descubierto sus fisuras.
Aparentemente, Anna sale más fortalecida de esta coyuntura, ya que se plantea una salida laboral que la pueda conectar con mayores posibilidades de realización, en tanto que «Maggi» vuelve una y otra vez al lugar del fracaso, sin intentar revisar algo de lo que sucedió entre ellos.
Tal vez lo más atractivo de esta puesta es el ingrediente del realismo mágico, que le otorga espesura y relieve a la situación que retrata. Y dota al film de una profundidad que se disfruta.
Ese cambio de tonalidad torna a «El Amor que Permanece» en una propuesta mucho más reflexiva, sin perder su vivencialidad, con innumerables toques metafóricos que la alejan de una simple historia de desencuentros.