«Los Domingos»: aunque no creas en Dios rezaré por ti

La sala del Gaumont estaba repleta: risas y lágrimas se escuchaban y se percibían en un público completamente sumergido en la última película de la realizadora española Alauda Ruiz de Azúa.

Presentada en el primer día del 27° Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), «Los Domingos» viene de consagrarse en los Premios Goya, donde ganó en las categorías principales (Mejor Película, Dirección, Actriz, Actriz de Reparto y Guion Original), y bien podría haber obtenido otros galardones, sin desmerecer a otra favorita como lo fue la radical «Sirát» de Oliver Laxe, a lo largo de la última temporada de premios.

La cineasta vasca conquistó al público y a la crítica con su anterior película, «Cinco lobitos» y, en esta oportunidad, nos mete de lleno en la historia de Ainara (Blanca Soroa), una adolescente de 17 años que descubrió, aparentemente, su vocación: ser monja. Esta es una situación que claramente no gustará a su familia, principalmente a su padre (Miguel Garcés) y a su tía Maite, una descomunal Patricia López Arnaiz, totalmente alejada de las creencias de carácter cristiano, y quien será la que más se resista a aceptar la decisión de su querida sobrina. A todo esto, Maite se ve sumergida en una profunda crisis con su marido, Pablo (Juan Minujín), en un papel que le queda pintado: un tío argentino canchero, de buenas intenciones y que funciona también como uno de los alivios cómicos dentro de una situación cargada de tensiones.

Si bien la problemática que se presenta es de carácter sumamente serio, hay escenas que dan lugar a la comicidad, presente en gran parte de sus diálogos. Principalmente entre los hijos y la matriarca de la familia (Mabel Rivera), quien intenta velar por el bienestar de todos y funciona como un lazo entre ellos, ya sea para calmar las aguas o echar leña al fuego. Esto último se agradece como espectador, ya que nos regala varios de los mejores momentos del film.

«Los Domingos» es un largometraje que no te empuja a creer en algo ni tiene subrayados o discursos explícitos que impliquen tomar una posición específica. Nos pone a los personajes en situación, y somos nosotros quienes vamos debatiendo con cada uno de ellos de forma natural, sin caer en lo forzado. Lo que sí aparece es el drama de la pérdida, el duelo y el miedo a perder. Se menciona a alguien que falleció, a alguien para quien la muerte no es lejana y al temor de perder a un ser querido por dejarse llevar por su fe.

Estos tres ángulos son la base de una historia absolutamente conmovedora y, por momentos, impredecible, que no hay que perderse. Y si es en el cine, mejor, ya que la experiencia colectiva la potencia y la vuelve aún más extraordinaria.