Con los dedos de una mano podemos contar los días que nos separan del gran sueño, de la final ante Alemania, el mismo rival que hace 24 años, la última vez que llegamos a esta instancia, nos arrebató la Copa. Claro que toco de oído, porque solo tengo 22 y muchos mundiales pasaron por delante de mis ojos.
Allá en 1990 teníamos a Dios en la cancha y hoy tenemos a la Pulga, que nos ilusiona con esa zurda, que se inspira y te cambia el partido, te hace llorar cuando la vez clavada en el ángulo y lo grita a pesar de haber sido cuestionado (y aún lo es).
Con 22 años sufrí tanto por la selección. En 2006, cuando ya sabía lo que era el fútbol y la pasión que en mi despertaba, vi el partido ante Alemania con amigas. Con 14 años era raro que a una mujer le guste tanto este deporte y fue ahí cuando sentí que el mundo se me venía abajo. Penales y yo lloraba, quedamos afuera y lloraba, y mientras lloraba ellas se reían y yo pensaba: “Pobres, no saben lo que es una pasión, no saben lo que es el fútbol, cómo se vive, cómo lo vivimos los argentinos, cómo lo vivo yo”.
Pasaron cuatro años para volver a ilusionarnos, el Dios que alguna vez con su zurda inmejorable usaba de conitos a los rivales estaba sentado en el banco de suplentes. ¿Cómo no ilusionarse teniendo a Diego Maradona al frente del seleccionado? Teniendo a Lionel Messi que ya era una promesa que la rompía en España y todas las coincidencias habidas y por haber hacían pensar que Sudáfrica 2010 iba a ser nuestro, no se nos iba a escapar. Pero otra vez, otra vez toparse con la bestia, otra vez Alemania… pero ya no fue por penales, los cuatro tantos que nos convirtieron fueron sal en la herida que permanecía abierta, se agigantaba el dolor, las lágrimas brotaban más rápidas de los ojos, maldito sea Alemania. Nos humillaron, a nosotros, a Argentina, cuna de ídolos.
Pasaron entrenadores y llegó Pachorra, con una idea muy marcada en el armado del grupo y relación fluida entre los jugadores y el cuerpo técnico, aunque a nosotros no nos gustaba. Y seamos realistas, los futboleros hubiésemos preferido otros nombres entre los 23 pero no, él murió con la suya y cuando dábamos por muerta a esta selección, con Leonel a la cabeza todo cambió. Por suerte, por mística o destino, pero sin ayuda llegamos.
Después de 24 años pasamos a semifinales luego de ganarle a Bélgica, Suiza, Nigeria, Irán y Bosnia. Sí, todos los partidos los ganamos, a diferencia del resto; pero no, basta, no me quiero ilusionar con esto, no quiero volver a sufrír. Pero cómo no hacerlo… estábamos a un paso. Le ganamos a Holanda, a la Naranja Mecánica como en algún momento se lo apodó, cómo vamos a ganarle a Holanda, no, estoy soñando, estoy imaginándome que Sergio «Chiquito» Romero, uno de los más criticados, atajó dos penales.
No, mentime, decime que no estoy soñando, decime que es verdad, que el 9 de Julio (en el día la Patria) nuestros jugadores la hicieron. Ganamos, sí, ganamos, estamos en la final.
Las lágrimas brotan de mis ojos, esas lágrimas que muchas veces fueron amargas, de desconsuelo, de desdicha por no poder ver a mi selección acariciando la gloria, y consolarme con saber que alguna vez ganamos dos copas pero, por qué hoy no ilusionarme de vuelta, no me quiero quedar con el pasado, quiero que hagan futuro. Quiero que estas lágrimas que siguen saliendo sigan acá, sobre mi rostro, así me siento viva, siento que esto no es un sueño, que esto es realidad, que estamos en la final, que 23 gladiadores están llevando a nuestro país a lo más alto, que acarician la gloria, que tienen hambre, que no quieren comer mierda como en otros mundiales, que no se consuelan con «llegamos a la final y perdimos con los mejores».
Ahora sí, ¿querés saber qué se siente? Felicidad. Hoy, con 22 años y 5 mundiales en mi haber, me siento feliz porque sé que pase lo que pase yo vi a mi selección luchando honorablemente por la gloria, vi cómo miles de localistas estaban en contra de nuestra selección y, sin embargo, nada puede con estos 23 soldados; porque ellos son miles pero nosotros 40 millones que con la bandera celeste y blanca en el pecho le hacemos frente al cuco que nos arrebató la Copa del 90, que nos eliminó en dos mundiales consecutivos.
No importa, no pasa nada, al cuco se le termina, porque acá llegó Argentina, millones alentándolos y toda una generación con hambre de gloría.