«Sueño de trenes»: una vida en el Siglo XX

¿Cómo se cuenta una vida? ¿Desde dónde se parte? ¿Hasta dónde se llega? Las variantes son múltiples y las maneras de abordarlas también. Estas preguntan podrían aplicarse a la representación de una biografía perteneciente a una persona pública, pero la intención es reflexionar sobre los puntos extremos narrativos de un pasajero más por esta dimensión, como lo planea «Sueño de trenes» sobre la vida de Robert Greiner. Quizás, las preguntas que surgen luego de leer este nombre son: «¿de quién se trata? ¿Quién fue?», una respuesta posible sería la de un personaje que fue testigo de un progreso o de un periodo de cambios significativos durante la primera mitad del Siglo XX.

Robert (el extraordinario Joel Edgerton) es un leñador golondrina que viaja durante la temporada de tala desde su hogar en Idaho hasta el Estado de Washington, en el noroeste de Estados Unidos. Su vida cambia por completo cuando conoce a Gladys (la también extraordinaria Felicity Jones) y juntos forman una familia cuando nace Kate, la bebé de ambos. La idea de cambiar de rubro para no ausentarse durante tramos prolongados empieza a materializarse en la mente de Robert. Tras grandes momentos de bonanza acecha la tragedia, lo que provoca que el rumbo del protagonista se tuerza abruptamente.

Dennis Johnson escribe una auto transposición de su novela corta, en esa acción puede entenderse cierta torpeza en algunos diálogos sobrepasados de expositivos, como en la escena en el que el experimentado dinamitero llamado Arn Peeples (el inigualable William H. Macy) cuenta que estar lejos del hogar pesa en el alma tanto como tirar abajo arboles que tienen más de 400 años. La replica a eso es una respuesta altanera de un joven leñador sobre la abundancia de ejemplares. Por contraste, el autor evita el precipicio de los golpes bajos y los momentos solemnes cuando le toca trazar la estructura sustancial narrativa. Frente a la amargura, Robert recurre al movimiento constante, a sostener esa idea de cambio, a pesar de recluirse en la tierra arrasada que alguna vez fue su hogar.

«Sueño de trenes» es el polo opuesto frente al derrotero de la miseria que fue «El brutalista» hace apenas un año. La vida de un protagonista signado por la tragedia se acomoda a un envase más pequeño, anula cualquier posibilidad de abyección y, al mismo tiempo, propone una estrategia visual igual de ambiciosa, pero sostenida en la absorción de las locaciones reales a partir del uso de la luz natural y espacios reales. Incluso, el segundo plano de un Siglo XX que cambia a un paso acelerado funciona mucho mejor aquí, la tangibilidad que marca un cambio de época está en los planos, más no en los diálogos. Si la música de la película de Bradley Corbet se pudiera sustituir por el rasgado constante de los violines, que invaden muchos momentos contenidos e íntimos, «Sueño de trenes» se acercaría mucho más aún a esa idea del recorrido de una vida en el tono minimalista pretendido por su director.

«Sueños de trenes» («Train Dreams») estuvo dirigida por Clint Bentley, contó con las actuaciones de Joel Edgerton, Felicity Jones, Kerry Condon, William H. Macy y Will Panton, y puede verse en Netflix.

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