El polichinela fue un personaje tradicional italiano que formaba parte del teatro de la Commedia dell’Arte. Representaba al pueblo, su picardía, y su habilidad para resolver problemas en orden a sobrevivir.
Asimismo, los polichinelas eran encarnados por los siervos quienes, al momento de transformarse en este personaje tradicional, se burlaban de sus señores aristócratas o eclesiásticos. Los polichinelas fueron y son figuras presentes en el carnaval, aquel rito que rompía las jerarquías establecidas. Todo insulto y broma renovaba la colectividad e iba dirigido hacia la clase dominante: mediante la burla se rompía con las reglas, el orden y el poder establecido. Lo importante era el teatro, la imagen y la ebullición social.
Giuliano Da Empoli, sociólogo y ensayista político ítalo-suizo, se pregunta qué sucede cuando la lógica del carnaval abandona la dimensión del rito, delimitado espacio-temporalmente, y se traslada a la forma de hacer y pensar la política. Allí es donde encuentra a líderes políticos que constantemente transgreden los consensos, las normativas, y estimulan emocionalidades mediante el chiste y la burla para irrumpir y correr los marcos del orden, de lo democrático y de lo políticamente correcto. Como dice el sociólogo en su libro «Los ingenieros del caos», «los reyes del carnaval prometen dinamitar la realidad existente».
Bajo la lógica del carnaval, todo es potencialmente un chiste o una imagen que estremezca con el fin de transgredir lineamientos sociales. Tal vez sea en ese encuadre que se pueda interpretar que el presidente Javier Milei cante en un escenario de la ciudad de Mar del Plata junto a Fátima Florez, mientras la Patagonia se incendia hace casi un mes y más de 230.000 hectáreas fueron afectadas.
Al hecho de haber recortado el presupuesto del sistema del manejo del fuego a un 70% respecto de 2023, se suma que el Presidente no visitó ninguna de las zonas afectadas. El mandatario solo subió a sus redes una foto hecha con Inteligencia Artificial, en la cual él aparecía dándole la mano a un bombero voluntario. Ante la falta de presupuesto y de políticas públicas comandadas a nivel nacional, lo único que sonaba por parte de la principal figura del Poder Ejecutivo era «El rock del gato» de los Ratones Paranoicos, en la costa Argentina.
Como sostiene Da Empoli, el carnaval no atiende al sentido común, despliega su lógica de teatro y de narrativa intensa. La máscara del carnaval, hilarante, burlona, con su discursividad antisistema, termina consolidando un sistema violento para el beneficio de unos pocos: en este caso, el show del Presidente en la ciudad costera, en simultáneo que la flora y fauna patagónica son exterminados, y que se deroga la Ley de Tierras. La negación del cambio climático también es parte de la construcción escénica del carnaval, del relato político que se funde en las mentiras, la desinformación, la polémica y lo conspirativo, mientras los hechos son dejados de lado. Casi un mes después de comenzados los incendios, el 29 de enero, el gobierno acordó declarar por Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) la Emergencia Ígnea y comenzó a transferir fondos para enfrentar el fuego.
La lógica del carnaval no tendría sentido si no fuese por esa unión simbólica que le da razón de ser: la burla de la plebe a los nobles, en la que las jerarquías y el orden social de dominación se rompen. Si hubo una frase que caracterizó la fórmula ideológica de Javier Milei fue aquella que denominaba el ir contra la casta. Con imágenes hechas con Inteligencia Artificial de leones y ratas, fue allí donde el actual presidente dio inicio al carnaval.
Motorizado por redes y algoritmos que benefician el contenido controversial, en tanto genera más interacciones -y si algo es sabido, es que las plataformas no se manejan por criterios éticos o por juicios de conocimiento, la importancia radica en asegurar mucho tiempo en pantalla-. De allí, la indignación, los insultos, la polémica, fueron su gran aliado para con el algoritmo, aunque también como organizador del enojo y la molestia. Milei se presentaba como el abanderado de la ira de la ciudadanía argentina, ira que él enmarcaba como producto del malestar económico cuyos culpables eran la dirigencia política argentina del arco progresista.
A partir de ahí, los insultos, los chistes y las burlas fueron la máscara que vehiculizó y organizó el malestar argentino y la potencia política encapsulada de la ciudadanía hacia la violencia: hacia los inmigrantes, los zurdos, los jubilados, los trabajadores en negro, las mujeres, el colectivo LGBTQ+, incluso, hacia las instituciones de la democracia representativa como el Congreso. Desde ahí, muchas cosas fueron posibles, muchas reformas que quitaron derechos, ajustes presupuestarios, pérdida del poder adquisitivo, toma de deuda, todo en nombre de ir contra esos enemigos envestidos en el escenario del carnaval.
También es necesario resaltar el contexto donde las coaliciones partidarias o frentes partidarios del kirchnerismo/peronismo dejaron de organizar el enojo contra el sistema. Ante la pérdida de imaginación política para proyectar cambios y de la ambición para concretarlos, la indignación popular quedó contenida y desposeída de una potencia comunitaria y de transformación. Al desencanto hacia el sistema partidario y la falta de potencia comunitaria se le sumaba el agotamiento del régimen de acumulación neoliberal, cada vez más excluyente y en el que las brechas sociales son inaguantables: según el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), el 10% de la población argentina concentra el 60% de la riqueza del país, de los cuales el 1% más rico concentra el 25%. Del otro lado, el 50% del país solo posee el 4% de la riqueza.
En este punto resulta interesante la investigación de la socióloga y doctoranda en Ciencias Sociales, Leonela Infante. La misma enuncia que en las valoraciones de la ciudadanía sobre Javier Milei, aún cuando este era candidato, se representaba al mismo con poder de decisión Estatal, capaz de estabilizar la economía y la vida cotidiana mediante prácticas que lleven a «vivir del trabajo».
Ese poder de decisión era lo que lo volvería el rey del carnaval, quien captaría los miedos y aspiraciones del pueblo frente a la casta, puestos al servicio de una teatralidad que estimula la violencia, la burla y la trasgresión, a su vez, dirigida a determinados sectores sociales. Y donde, por ende, la utilización de la máscara del libertarianismo sería a fines de afianzar los mayores vínculos de poder. Con esa discursividad contraria a los derechos y las protecciones más básicas en la danza teatral del carnaval, lo único que hace es consolidar las mayores dominaciones económicas, políticas y sociales.
Allí donde el rey promete dinamitar la realidad existente con el instrumento de lo hilarante, solo logra consolidar sus mayores crueldades.