No matar, no negar

A pocos días de finalizada una nueva edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), todavía circula en redes sociales una discusión alrededor de la película más polémica e incómoda de la programación. Se trata de «No matar», un documental de Juan Villegas que se presenta como «un ensayo de memoria crítica sobre la violencia revolucionaria en la Argentina de los años 70».

Las placas introductorias nos adelantan la intención del director y, también, nos indican la postura que deberíamos tomar ante las imágenes: es hora de empatizar con esas víctimas. Se refiere a que escucharemos durante largo rato los testimonios de hijos e hijas de víctimas civiles de operativos realizados por la militancia armada de esos años. Queda claro que la premisa es «nada justifica estas muertes» y, sobre esa idea, se monta la película.

La puesta en escena es austera y, junto a otras aclaraciones de las placas iniciales, también se hace evidente que esto tiene que ver con un intento del director de evitar cuestionamientos maliciosos sobre la connotación del montaje, la iluminación, el ángulo de la cámara o cualquier parte formal. El hecho de que se note tanto esta intención de aclarar todo el tiempo desde qué lugar se posiciona para contar esta historia habla de algo más que se relaciona con lo contextual.

El tema que aborda es polémico e incómodo. El negacionismo y especialmente el justificacionismo del terrorismo de Estado encontraron un lugar en el señalamiento de las organizaciones armadas para validarse y construir un recorte de la época que apunta que la violencia de unos fue la que decantó en la violencia de los otros, así de simple. Las Políticas Públicas de Memoria no permiten que se reproduzca esa simplificación, porque abona la «teoría de los dos demonios». En esa tensión creció también una resistencia a escuchar la historia de esas víctimas de la lucha armada, porque, además, suelen ser sacadas a relucir cada 24 de Marzo, para luego olvidarlas otra vez.

Pero «No matar» no es solo una película sobre esas víctimas civiles. Incluye los testimonios de dos exmilitantes, Aldo Duzdevich y Sergio Bufano, para aportar una «autocrítica» de las organizaciones. Pero la mirada de ambos construye un perfil algo caricaturesco de la guerrilla: jóvenes de clase acomodada que no entendían nada y andaban excitados por llevar un arma en la cintura, como parte de un juego. Esto, contrapuesto a los relatos de personas que perdieron familiares en los operativos, favorece la lectura de que esas muertes se dieron en el marco de una inconsciencia adolescente.

Ante esto, el director suma la voz del músico Emilio del Guercio, que funciona como una especie de comprobación de que había una forma «buena» de combatir esos tiempos, que podía ser el arte, por ejemplo.

Este recorte para pintar a los militantes contribuye a otra «memoria incompleta», que es la que omite la violencia política que precedió a la militancia armada, como la represión y la proscripción. Intentar entender ese contexto no puede ser leído como la justificación de asesinatos de civiles sino como un ejercicio de memoria que va más allá de querer empujar a la síntesis de «la violencia está mal» y punto.

¿Existe una forma no negacionista de explicar y criticar la lucha armada? Existe y esta película claramente busca hacerlo, al igual que otros libros o informes periodísticos que circulan en paralelo. La pregunta es si todo el cuidado que tuvo Juan Villegas a la hora de tomar algunas decisiones no está enmascarando ese debate complejo que busca evadir y que se desborda por los costados.

Porque, aunque el documental hace todos los recortes necesarios para cuidar a sus entrevistados y mostrar solo su costado de familias trabajadoras, simples y vecinos de bien, cuando estos hablan por fuera se encargan de pedir que se cuente «la historia completa» o expresan el deseo de que el repudio llegue a los exmilitantes «tanto o más que a los militares que cometieron excesos en cumplimiento de su objetivo de erradicar la subversión».

Ser sujetos políticos con ideología no los hace menos víctimas, limpiar los testimonios para que queden «perfectos», ¿a quién protege, a ellos o al director? ¿De qué le sirve al público? Hay un sector al que claramente le sirve y abraza esta película de lleno mientras le gruñe a los que la cuestionan, ¿esa era la intención?