«¡La Novia!»: revuelta mental de Maggie Gyllenhaal

Hay películas que contienen a otras películas, es decir, dentro de una pueden existir varias otras. No es un problema, necesariamente, pero sí es un camino sinuoso si no se traza un mapa, porque lo que podría guiar es el «dibujo libre» del caos.

Esto le sucede a Maggie Gyllenhaal en su segundo esfuerzo como directora tras «La hija oscura». Ahora da un paso hacia la industrialización total con 80 millones de dólares de presupuesto para una versión (demasiado) libre de «La novia de Frankenstein», nutrida de múltiples influencias aplastadas contra un frasco al que no se le puede colocar la tapa.

Todo comienza con un prólogo de carácter tonal, Mary Shelley (Sí, Mary Shelley) nos presenta «su venganza» después de despertar en el más allá y, cual espíritu maligno, posee a una joven escort llamada (Ida) en la Chicago de los años 30. La convivencia entre ambos seres en el mismo cuerpo no termina bien e Ida es asesinada por uno de los matones de un gánster llamado Lupino. Claro, «Ida» y «Lupino», porque esta es una película que no apaga nunca el cartel de neón que dice: «soy cinéfila».

Por otro lado, Frankenstein llega hasta Chicago en búsqueda del Dr. Euphronius, quien resulta ser una doctora, con el objetivo de que le cree una compañera para afrontar la soledad que lo aqueja hace más de un siglo. A diferencia del experimento que hicieron con él, el cuerpo de su «novia» es uno solo y no un reacondicionamiento de varias partes. Aunque sí dentro de ella hay dos mujeres: Ida y Mary, ambas en disputa por generar una revolución (en el caso de la escritora) y, al mismo tiempo, recuperar la conciencia y cobrarse venganza (en el caso de joven acompañante asesinada). Mientras tanto, Frank solo quiere ser un novio que la lleva al cine a ver películas de Ronnie Reed, una especie de estrella a lo Fred Astaire.

De esta manera, Gyllenhaal propone un viaje sin destino, en el medio hace varias paradas donde juega con temáticas, recurrencias y hasta pretende ponerse el traje de Vincente Minelli, pero termina tentándose con el de Oliver Stone en «Asesinos por naturaleza», película que también tenía una estructura endeble signada por el desconcierto. Por lo menos en Mickey y Mallory existía un amor, deforme y caricaturesco, pero amor al fin. En cambio, Ida y Frank tienen unas esposas imaginarias como único elemento que los unen. Ni siquiera se pisa el acelerador de la ridiculez, porque al menos en ese tono la película tendría un sentido más genuino y honesto, por ejemplo, en la escena de sexo entre ambos reposa solo en la idea del acto entre ambas criaturas y añade ornamentos estéticos rebozados en metáforas visuales bien remanidas. Lo mismo sucede cuando los dos personajes se dirigen hacia rutas polvorientas, en una pretensión de encaminarse en zona de «Bonnie and Clyde», convirtiéndose en fugitivos buscados por toda la nación.

Todo lo que rodea a la historia principal también es un rejunte trillado sin vida, la dupla de policías con el personaje de Penélope Cruz que tiene un arco dramático del tamaño de un transportador o la subtrama de los mafiosos de dibujos animados que también persiguen a la pareja. Ni hablar del videoclip con escenas de «actos revolucionarios» feministas despertados por las acciones de Ida/Mary que quedan inertes en un pasacalle narrativo obligatorio. No falta el compendio de influencias, citas y marcas a otras películas del universo «Frankenstein». Revolución de papel picado y maquillaje corrido.

«¡La novia!» fue escrita y dirigida por Maggie Gyllehaal contó con las actuaciones de Jessie Buckley, Christian Bale, Peter Sarsgaard, Annette Bening, John Magaro y Penélope Cruz. Puede verse en HBO Max.