«En el camino»: cuando viajar también significa perderse

«En el camino» (2025) es una película mexicana de David Pablos, y que se puede ver por la plataforma de HBO Max. Construye su relato a partir de una idea tan sencilla como poderosa: ponerse en movimiento no siempre significa saber hacia dónde se va.

El viaje se convierte así en un territorio de incertidumbre, de encuentros y desencuentros, pero también en una forma de explorar aquello que los personajes llevan consigo y que, inevitablemente, termina apareciendo durante el trayecto.

Hay en la película una voluntad de observar antes que explicar. Sus personajes parecen avanzar por un mundo que les resulta conocido y, al mismo tiempo, extraño. El camino funciona, entonces, como una suerte de espacio intermedio: entre lo que fueron y lo que podrían llegar a ser, entre las decisiones tomadas y aquellas que todavía pueden modificar su destino. Esa condición de tránsito le permite al film detenerse en pequeños gestos, silencios y conversaciones que adquieren una importancia mayor que los acontecimientos propiamente dichos.

Uno de los mayores aciertos está precisamente en esa atmósfera. En el camino no necesita subrayar constantemente lo que sienten sus protagonistas. Muchas veces son las miradas, las pausas y aquello que queda sin decir lo que permite comprenderlos. La película encuentra allí una sensibilidad particular, construyendo una intimidad que no depende de grandes golpes de efecto sino de la acumulación de momentos aparentemente cotidianos.

El paisaje mexicano adquiere, además, una dimensión narrativa propia. No es simplemente el escenario por el que transitan los personajes: es parte de ese estado de incertidumbre que propone la película. Las distancias, las rutas y los espacios que atraviesan reflejan de alguna manera sus propias distancias interiores. El viaje exterior y el viaje emocional terminan confluyendo.

Quizás «En el camino» pueda reprocharse cierta irregularidad en su ritmo, especialmente cuando la contemplación amenaza con transformarse en reiteración. Pero, incluso allí, conserva una mirada coherente y una apuesta por un cine que confía en el espectador, que no necesita ofrecer todas las respuestas ni cerrar cada una de sus preguntas.

Porque, finalmente, el camino que propone la película no conduce necesariamente a un lugar. Conduce a una transformación. Y en esa idea reside su mayor interés: comprender que algunas veces viajar no consiste en llegar, sino en descubrir qué queda de nosotros después de haber recorrido determinada distancia.

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