Carlos Alberto Solari, el Indio, murió este viernes 5 de junio a los 77 años.
No sé exactamente cuándo empecé a escuchar a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Como pasa con tantas cosas importantes de la vida, no recuerdo el comienzo. No hubo una fecha. No hubo un momento inaugural. Siempre estuvieron ahí. El Indio siempre estuvo ahí.
Sus canciones aparecieron primero como lo hacen casi todas las cosas que terminan acompañándonos durante años: por recomendación de alguien, por un cassette grabado, por un disco prestado, por una letra que no entendí del todo, pero que sentí que escondía algo que valía la pena descubrir.
Con el tiempo, el Indio dejó de ser solamente su música. Se volvió parte del paisaje. Y, quizás por eso, sentí algo extraño. Una tristeza, sí (tan profunda). Pero también otra cosa, algo más difícil de nombrar.
Porque la muerte de ciertos artistas produce una sensación muy particular. No es la misma que sentimos cuando muere una figura pública cualquiera. Tampoco es exactamente el dolor que genera la pérdida de alguien cercano. Es otra cosa. Una especie de sacudón interior que nos lleva a mirar hacia adentro.
¿Qué es exactamente lo que duele cuando muere un artista que fue importante para nuestra vida?
Pienso en esto porque el Indio estuvo siempre ahí. Y cuando digo siempre, no estoy exagerando. Estuvo en distintas etapas de mi vida. En momentos felices. En momentos difíciles. En épocas que hoy recuerdo con cariño y en otras que preferiría olvidar. En grafitis, propios y extraños, en banderas y embanderado, está en la piel, sedas de sedas.
Como ocurre con los artistas que nos acompañan durante décadas, sus canciones terminaron mezclándose con mis propios recuerdos. Y guardan nombres en mi corazón. Ya no puedo separar unas cosas de otras. Ya no quiero separar unas cosas de otras.
Escucho ciertos temas y me escucho a mí. Escucho lugares. Escucho personas. Escucho versiones anteriores de mí mismo.
Se nos murió el Indio y se rompió una ilusión que llevábamos años sosteniendo sin darnos cuenta.
La ilusión de permanencia. Esa sensación que en algún momento nos creímos, que teníamos el mundo por delante, lentamente se va desmoronando. Lógico, hace tiempo ya nos dimos cuenta. Pero que estos artistas (en plural) se empiecen a ir es como romper el marco del que nos estábamos agarrando. Se sacude el mobiliario emocional de nuestra vida. Como una casa que vemos todos los días y de repente no está más, porque la tiraron para construir PHs.
Como la plaza donde jugaste al fútbol y un día amaneció encerrada. Como ese árbol en el que diste tu primer beso y que ya no está. Se rompe loca nuestra anatomía.
Duelemos, pero duelemos juntxs. Duelo por una etapa de la vida. Duelo por una identidad. Duelo por una versión de nosotros mismos que ya no existe. Duelo por esos recuerdos que forman parte del pasado pero, que hasta hoy, aún se aferraban a nuestro yo del presente.
Hoy pasaron definitivamente al territorio de la memoria. Y la memoria siempre tiene algo de cementerio.
Mientras pensaba en esto, me encontré recordando personas que ya no están. Amigos. Familiares. Compañeros de distintos momentos de la vida. No es que hayan muerto (no todxs al menos). Simplemente gente, personas que escucharon esas canciones conmigo y que hoy solo existe en ciertos recuerdos. Vengo, venimos, acumulando ausencias. La muerte tiene esa capacidad extraña de convocar otras muertes.
¿Qué nos pasa con todo esto?
Cuánto envejecí desde la primera vez que escuché sus canciones. Cuántas cosas cambiaron. Cuántas personas quedaron en el camino. Cuánta distancia existe entre quien fui y quien soy. Esto es efímero, ahora efímero, ¡cómo corre el tiempo!
No creo que hoy esté llorando solamente al Indio Solari. Creo que estoy despidiendo una parte de mi propia historia. No porque esa historia desaparezca. Estamos cambiando, más que nosotros mismos, y asusta un poco vernos así.
Yo no puedo librarme a lo que le debo como ilusión.
Sin embargo, mientras escribo estas líneas, algo catárticas, con lágrimas en los ojos, me resulta evidente que las canciones siguen ahí. Los discos siguen ahí. Las palabras siguen ahí. Y mi historia sigue ahí. Y tal vez esa sea la única victoria posible frente al tiempo. Dejar algo que siga acompañando a otros cuando ya no estemos.
Quizás por eso, el Indio nunca fue solamente el Indio. Y quizás por eso hoy no siento que estoy despidiendo únicamente a un músico. Siento que estoy saludando por última vez a alguien que caminó a mi lado durante muchos años sin saber que yo existía. Y descubriendo, al mismo tiempo, que una parte de mí también se despide.
De lo que estoy seguro es que algo me late y no es mi corazón.