Que el cine es una industria, y un negocio, no es ninguna novedad. Sin embargo, no deja de asombrarnos cada vez que, entre los estrenos, hay un gran tanque que no parece tener nada para contar… solo busca vendernos productos. Así apareció «Star Wars: The Mandalorian and Grogu» cuyo estreno fue difícil dejar de pasar: juguetes, promociones y publicidades que nos recordaban a la más tierna creación de Lucasfilm en las últimas décadas.
¿El camino así es?
Con sus más de dos horas de duración, recorremos con Din Djarin (Pedro Pascal) y su ahora aprendiz de mandaloriano, Grogu, algunos rincones de la galaxia en una aventura bastante al margen de las preocupaciones del Imperio. No hay que ser un gran experto del guion para entender que esta es una historia que se puede dividir en cuatro episodios de una serie. Porque es exactamente eso: la que en un principio iba a ser la cuarta temporada, termina llegando a los cines por una decisión más estratégica que artística.
No hay grandes hazañas, pero sí momentos que le hacen justicia a los personajes, especialmente al pequeño que va creciendo. Porque el gran acierto de la serie fue justamente devolver el espíritu del western espacial a la saga. Y esto lo lograron con sucesos menores y ya no la lucha rimbombante contra los popes del Imperio.
Quizás el mayor aporte que nos deja el largometraje es la consolidación de esta familia elegida. La conexión entre los personajes es el corazón del relato, y no hay ninguna pelea que pueda superar el poder de lo adorable que es ver a un pequeño títere luchar junto a ese hombre en una gran armadura.
Es perturbadora tu falta de fe
No hay que olvidar que fue el cineasta Werner Herzog (que tuvo una breve aparición en la primera temporada) quien convenció a los creadores, Jon Favreau y Dave Filoni, de no reemplazar al títere por CGI. Ese hecho es de vital trascendencia para entender gran parte de lo que produce ver a «Yodita bebé» en pantalla.
«El niño» es una obra de ingeniería emocional. Se ve real porque, en cierta medida, lo es. Su diseño (gran cabeza, ojos enormes y movimientos torpes) activa nuestro instinto de protección. Esa es su fuerza, su gran poder, lo que lo llevó a trascender incluso las fronteras de la franquicia.
Aunque no es la primera de estas criaturas en el cine, sí es interesante para pensar cómo los grandes tanques de hoy se apoyan en ellas. Podríamos mencionar a Groot en «Guardianes de la galaxia» (que también tiene una versión bebé), a Stitch después de su live action, o incluso a Rocky en «Project Hail Mary». La ternura, bien ejecutada, tiene un poder que el CGI no puede replicar.
Si, como dijo el director Joachim Trier, «la ternura es el nuevo punk», habría quizás que reflexionar si la rebeldía está a la venta.
Hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana
Como parte del fandom, y dueña de varios ítems de Grogu, es complejo disociarse del problema, porque el merchandising siempre fue parte central de Star Wars. Sin embargo, es difícil pedirle a quien fue una niña de 10 años cuya vida cambió al ver «Una nueva esperanza» que le suelte la mano a la franquicia.
Los números del estreno reflejan exactamente esa ambivalencia. La película recaudó alrededor de 165 millones de dólares durante su primer fin de semana. Un comienzo, aunque bueno, no a la altura de los grandes éxitos de taquilla bajo el dominio de Disney.
Somos humanos, tenemos contradicciones y vivimos en un mundo capitalista. Probablemente lo más inquietante no sea la taza de Grogu de Burger King, sino hacia dónde va todo esto. Porque estas películas nos están entrenando para aceptar producciones donde ya no importa por qué se hacen ni qué vienen a decirnos. ¿Cuáles son sus actos éticos y estéticos? Si hay algo para vender, parecen no necesitar más.
Quizás el día que los rebeldes realmente triunfen no habrá más Imperio, ni películas arrodilladas ante el capital. Tan solo un sueño de una joven padawan.
Lista para mi primer plano.