Un horizonte lejano: muchos subgéneros, pocos disparos

A mediados de los ochenta, en la última etapa de los «blockbuster», el Western vivía su época más irrelevante. La explotación de los escenarios y personajes arquetípicos de la persecución del destino manifiesto acabó por agotar su propia fórmula. Si bien desde la película de E. S. Porter “El gran robo al tren (1903)” hasta la italiana “Érase una vez en el Oeste (1968)” de Leone, el género gozó de un lugar privilegiado en la gran pantalla, con el paso de los años acabaría por palidecer.

Declive autoconsciente

Con sus altos y bajos a lo largo de los años, el género se mantuvo vigente e innovador en distintos cambios tecnológicos y narrativos, desde la incorporación del sonido o el color, hasta el rol que ocupaban los personajes retratados para el sujeto social de cada época.

Como una continuación temática de lo que anticipó “El hombre que mató a Liberty Valance (1962)”, para finales de los años 60 el western se encontraba en su etapa crepuscular. Películas como “La pandilla salvaje (1969)” daban cuenta de un cambio de paradigma, de un mundo que encontraba difícil vender como lúdica la aventura de la ley de la frontera. El 20 de julio de 1969, con el alunizaje como eje central, se desdibujó en la ficción de los Estados Unidos la idea de frontera, como un primer anticipo de que la ciencia ficción acabaría por apropiarse de muchas de las narrativas y mitología del western. Se suele señalar a “La guerra de las galaxias (1977)” como ejemplo, pero existen otros más pequeños pero directamente evidente como “Atmósfera Cero (1981)”, reinterpretación en el espacio del Western “A la hora señalada (1952)”.

Al llegar a los años 90, el género western derivó esencialmente en dos grandes grupos: el clásico revisionista, heredero de la etapa crepuscular; y la aventura ligera, igualmente clásica en lenguaje cinematográfico pero sumamente posmoderna en lo que a mezcla de géneros se refiere. Algunos éxitos del primer grupo que revitalizaron el género son “El jinete pálido (1985)”, “Danza con lobos (1990)” o “Los imperdonables (1992)”, quizá el mejor ensayo del género.

En el otro grupo, herederas de comedias como Blazing Saddles (1974), con reminiscencias del Spaghetti western (en su destreza coreográfica) y westerns de aventura como Temple de acero (1969), se encuentran películas como Silverado (1985), Volver al futuro III (1990), Un horizonte lejano (1992), Tombstone (1993) y Maverick (1994), entre otras.

Collage del siglo XIX

Exagerada en su fusión de géneros, la película de Ron Howard pasa de la inicial comedia física y costumbrista en Irlanda, como una versión “Pop” de “El hombre tranquilo (1952)” de John Ford, a un intermedio de melodrama victoriano (americanizado), acabando en la representación más concreta del destino manifiesto fundacional del western.

Un horizonte lejano cuenta la historia de amor de Joseph y Shannon, dos jóvenes irlandeses de finales del siglo XIX que, aunque pertenecen a clases sociales diferentes y en principio se odian, escapan juntos hacia Estados Unidos influidos por la promesa de libertad, tierra y trabajo. Una vez en América, viven hacinados en una ciudad repleta de desigualdad y falta de oportunidades.

Durante todo el segundo acto la película oscila entre los relatos urbanos de Dickens y las fábulas de Mark Twain y, cinematográficamente, el género predominante es la Screwball comedy, con los personajes de Nicole Kidman y Tom Cruise tratando de soportarse. El romance de Joseph y Shannon se desarrolla mayormente en este apartado urbano, siendo la cúspide del mismo la escena invernal, donde juegan a ser propietarios de una casa que invadieron y se besan poco después de hablar de sus sueños personales. Escena navideña, estéticamente encantadora, favorecida por la química de sus protagonistas, pareja real en aquel entonces.

La estética del Western más específica llega en el momento de la separación de los personajes. Shannon recibe un disparo y Joseph, sintiéndose responsable, decide dejarla con su familia y su prometido para que la cuiden con los privilegios a los que acostumbraba. Joseph corre hasta dejar todo atrás, apareciendo por corte en una explotación minera varios meses después con una de las mejores elipsis del cine, que lo deposita en el Oeste.

Un horizonte bien aprovechado

El último acto de la película nos sumerge completamente en el western. Joseph aún no puede borrar de su cabeza el beso de Shannon y, dormitando, se le aparece un recuerdo de su padre hablándole sobre el valor de la tierra para un hombre. El joven se reincorpora y desde el ferrocarril observa a un grupo de colonos que se dirigen a una carrera para reclamar tierras. Joseph abandona el tren repleto de inmigrantes, acompañado por la composición épica de John Williams y retratado en un evocativo aspecto panorámico que acompañó toda la obra y que sin embargo cobra vital importancia en busca de ese horizonte perfecto para Joseph (Y Shannon).

La película se rodó en 70 mm, específicamente en Super Panavision 70, algo que luce fuertemente en el primer acto irlandés y la carrera final en Oklahoma. Esa intención de retratar la aventura como a finales de los años 60 es uno de los factores que hermanan a esta película, desde lo técnico, con aventuras clásicas o westerns de antaño. Sin ser considerada una superproducción, el presupuesto de “Un horizonte lejano” fue bastante más alto que el de películas contemporáneas mencionadas anteriormente. Aunque moderada, logró una recaudación exitosa; con los números aparte, la película tiene una estructura completamente funcional y clásica, fotografía y escenografía envidiables y un par de protagonistas en su mejor momento con una química inigualable.

Ron Howard logra, sin ser un fetichista de la puesta en escena, permitirse algunos lujos disfrutables, como la mencionada elipsis del punto medio o la falsa muerte de Joseph, anticipada por una repetición interrumpida del movimiento de cámara que se produce cuando el padre de Joseph muere.

Una de las más mencionadas y sin embargo menos alarmantes de las imperfecciones de la película suele ser el dudoso acento irlandés de Tom Cruise. En cambio, el paradójico destino de Joseph, quien, tras haber sido desterrado, decide reclamar como suya una porción de tierra Cherokee, encierra un problema un poco más serio. Quizá ese sea el mayor desafío del western del futuro, convivir con la aventura mientras corremos por izquierda a “La familia Ingalls (1974)”.

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