Fiesta popular, celebración, alegría y comunión son palabras que podrían describir tranquilamente esta propuesta artística.

La Babel Orkesta se autodefine como una orquesta itinerante con una propuesta que une de manera irreverente el teatro y la música, con una formación particular y una estética explosiva. El colectivo está compuesto por Pablo Maitía (guitarra), Santiago Castellani (tuba), Zeta Yeyati (saxo), Diego Leroux (batería), Rodrigo Villar (acordeón) y los actores Laura Alonso, Ana Granato y Diego Brizuela.

Con la creencia de que es posible hacer música para alegrar el alma, pasan por diferentes ritmos que van desde el gypsy, tarantela, paso doble, klezmer, swing y chamamé, entre otros. En su espectáculo lo musical y lo teatral se conjugan y complementan, y su atractivo radica en hacer de cada show una celebración, donde el baile y la diversión son protagonistas.

La agrupación fue fruto de Laura Alonso y Zeta Yeyati, dos de los actuales integrantes, que en 2007 fueron convocando a distintas personas para este proyecto. «Particularmente, soy amigo de Zeta de hace muchos años, siempre fuimos melómanos e intercambiábamos mucha música que nos fascinaba pero que nunca tocábamos. Él tocó muchos años blues y yo tocaba folclore. Esta música que intercambiamos estaba más emparentada con músicas más diversas, más del mundo, no representaban particularmente la música que nosotros tocábamos. Y a partir de esa primera convocatoria que, entre comillas, hicieron que en realidad era para ver si salía y pasaba, me propusieron a mí y en forma simultánea a otros músicos comenzar a tocar esas músicas que nunca habíamos tocado», cuenta Pablo Maitía sobre el origen de la agrupación.

Asimismo, define conceptualmente de qué se trata Babel Orkesta: «Siempre bregué por establecer el calificativo de compañía porque es un grupo multimedial, una compañía de música, de teatro y de disciplinas artísticas, ponemos un poquito de la plástica para hacer algunas cosas. Pero, en todos los casos, por lo menos intentamos que la música esté como anécdota de otras cosas que acompañan, no es el protagonista directo, a veces es consecuencia de. Por eso, me parece que es justo decir que somos una compañía».

Consultado por el objetivo de Babel y su búsqueda como colectivo artístico, señala: «Dentro de nuestro romanticismo y nuestra poética, nosotros decimos que Babel es una necesidad, que es la necesidad de establecer un contacto directo con un nosotros desconocido que, a partir de esos elementos poéticos que nosotros convocamos, invocamos a los ancestros de esas personas. Al tocar músicas viejas, muy antiguas porque indagamos del Siglo XX y del Siglo XIX y antes también, tocamos esa música y toda indagación en el pasado involucra a esas personas que vivieron en ese pasado».

Esta filosofía guarda relación con la comunión que se genera en cada show entre la banda y el público, donde la idea de fiesta popular es reivindicada y cobra sentido esa mística del pasado que evocan. «Es la necesidad de estar junto a ese otro, de estar en sintonía, al ras. Nosotros tocamos entre el público, tratar como manifiesto de estar con las personas y decir somos iguales, no somos un nosotros que estamos en otro lugar, corrernos de ese lugar también tiene que ver con el lugar que tenían las disciplinas artísticas en otras épocas. Por ejemplo, vos ibas a un casamiento, a un cumpleaños hace 50 o 60 años atrás, inclusive se puede decir que en el interior todavía un poco ocurre, y en esa fiesta había una orquesta tocando y muchas veces alguno de los que estaba tocando en esa fiesta era pariente o involucrado directo del festejo. Esa construcción colectiva da como resultado un festejo distinto, por naturaleza va a ser distinto por lo que está pasando, por lo que involucra. A nosotros lo que nos interesaba era poder reproducir eso, sin que esté eso: no hay casamiento, no hay cumpleaños, no hay aniversario, no hay nada. La necesidad de que Babel exista hoy tiene que ver con eso», reflexiona el músico.

La atracción que genera su espectáculo los llevó a incursionar en la pantalla grande con su participación en la película argentina «Relatos Salvajes» (2014). «Empezamos a tocar con Babel en Club Premier para poco público pero con la intención justamente de lograr condensar todo esto que describí antes. En una de esas presentaciones apareció Damián Szifron, que es una persona ecléctica, es un tipo que tiene esa movilidad y ese interés. Y cuando nos vio prometió que cuando hiciera una película nos iba a tener en cuenta y nos iba a convocar. Es una persona bastante consecuente parece, porque nos buscó, nos contactó y nos convocó. Así fue que participamos de la película», señala Pablo sobre el origen de esta experiencia. No obstante, si bien aclara que su paso por el cine no generó un mayor caudal de contrataciones, admite que fue una gran oportunidad para la compañía. «En realidad, es como un reconocimiento artístico, que yo bajo ningún punto de vista minimizo, por el contrario, porque muchas veces también pareciera que el éxito, el ser exitoso implica un determinado volumen de trabajo y la historia del arte siempre cuenta otra cosa. Podes ser exitoso y no tener un buen producto», concluye.

Por otra parte, Babel es una compañía independiente y no es ajena a las problemáticas que enfrentan las diversas expresiones culturales para poder difundir su obra y desarrollarse artísticamente. Como artista y parte del circuito alternativo porteño, Pablo aporta su mirada crítica: «El panorama de la música vernácula, particularmente de Buenos Aires, es muy reducido. La música que se consume masivamente, y esto también es una apreciación personal, creo que está bastante guiado el gusto de lo que las personas consumen. Digo esto porque los espacios para mostrar lo que no representa un producto masivo no están. Y ese círculo masivo deja afuera a Babel y a un montón de otras cosas. Así y todo es llamativo la cantidad de producciones artísticas que Argentina tiene y Buenos Aires en particular, en contrapelo con toda la problemática que hay respecto de dónde mostrarse, en qué términos, cuál es el esfuerzo y la ganancia que trae el espectáculo».

En este sentido, también reconoce que en los últimos años se fueron generando espacios que se han articulado e interesado en expresiones que no tienen que ver con lo exitoso o lo masivo sino que, por lo contrario, tienen la intención de hacer llegar a las personas otras propuestas. «Creo que también hay un descrédito de lo artístico, es un poco cultural, otro poco que está desregulado por el Estado de la Ciudad de Buenos Aires, y el Estado Nacional ha hecho muchas cosas pero es tan gigante todo ese alrededor, tan grande que se diluye. Es complicado trabajar y sostenerse, de hecho Babel se sostiene porque trabaja mucho en fiestas y en eventos, tiene otras actividades aledañas», agrega.

Por último, reflexiona sobre la heterogeneidad de su público y la esencia de su proyecto. «Nos fuimos dando cuenta que somos una especie de autito chocador, se sube un nene de 8 años y se sube un viejo de 80. No por proponérnoslo, pero creo que tiene que ver con esta idea de la fiesta que es una convocatoria que es ingenua y que está corrida, justamente, de la intención de consumir eso. Porque Babel así como por naturaleza: busca esa cosa de la fiesta popular y de ese encuentro concreto de darle la mano a uno, que le estás dando la mano no porque te gusta o querés que pase algo, sino porque hay un mínimo de comunión que en un boliche no pasa, ya no pasa eso. Todo el tiempo nos pasa que tenemos devoluciones que no tienen que ver con el consumo. Las personas nos hacen llegar comentarios que tienen que ver con haberles revivido algo, con lo que te alimenta, o ese aplauso que son veinte personas que están aplaudiendo a rabiar, y siempre Babel, haya 8 o 2.000 personas, ese espíritu no se pierde y es genuino».