Brasil entre amenaza trumpista y elecciones cruciales

La crisis bilateral entre Argentina y Brasil, desatada por los insultos de Javier Milei a Luiz Inácio Lula da Silva, es inédita en la historia de las relaciones diplomáticas de ambos países.

Su explicación no radica solamente en la animosidad personal del mandatario argentino sino en la avanzada trumpista en América Latina, cuyo objetivo es lograr que Brasilia se someta a los designios geopolíticos de Washington, plan que precisamente tiene como principal obstáculo al actual mandatario petista.

En ese marco, Lula encara la recta final rumbo a las elecciones presidenciales de octubre entre los ataques de la ultraderecha, local tanto como global, y la reivindicación de los logros de su gobierno. A su vez, el jefe de Estado progresista confía en los avances sociales y económicos alcanzados durante su mandato, así como también en el contraste entre el servilismo bolsonarista con Donald Trump y el sentimiento nacionalista fuertemente arraigado en Brasil, un posible antídoto para contrarrestar la ofensiva ultra y alcanzar su cuarto mandato presidencial.

«Basura socialista», «ladrón», «presidiario». Estos fueron algunos de los agravios con los cuales Javier Milei atacó a Lula da Silva el pasado 25 de julio en Sao Paulo durante el acto de lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.

Además, Milei denigró al vicepresidente del Supremo Tribunal Federal, el juez Alexandre de Moraes, a quien calificó de «basura calva». Por si fuera poco, al día siguiente, en una entrevista en Radio Mitre, no solamente defendió sus dichos sino que agregó una acusación al gobierno brasileño por supuestamente financiar una campaña contra Argentina. «¿Sabe quién puso más plata en esta campaña anti Argentina? El gobierno de Brasil. El 25% de los recursos salió de Brasil», acusó infundadamente Milei. Días después, en un programa de streaming, volvió a calificarlo de «ladrón y corrupto».

Dada la gravedad de los insultos del libertario, la escalada diplomática entre los dos principales países sudamericanos parecía inevitable. Así fue. El miércoles 6 de agosto, el gobierno de Lula decidió retirar por tiempo indefinido a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, y rebajar la relación bilateral a «encargado de negocios». Posteriormente, en un comunicado, Cancillería Argentina -encabezada por Pablo Quirno- calificó la decisión de «unilateral» y sostuvo que Brasil adopta «posiciones ideológicas que lo aíslan».

Mientras tanto, Lula se enfrenta a un «bicho» de la misma especie, pero de mucha mayor fortaleza: Donald Trump. El mandatario estadounidense, quien desde 2018 cuenta con la familia Bolsonaro como aliada estratégica clave en el principal país sudamericano, y tiene en claro la importancia de las elecciones de octubre para el tablero geopolítico latinoamericano que su gobierno busca confeccionar. Quedó claro desde el principio de esta segunda gestión, con los aranceles que ordenó en 2025 contra Brasil, a pesar de que en la Justicia quedó congelada la medida. Pareció enfriarse con el encuentro entre ambos mandatarios en mayo pasado, pero el secretario de Estado, Marco Rubio, inclinó la balanza para retomar la senda de la hostilidad bilateral por parte de la administración Trump.

Por su parte, Lula escogió como blanco discursivo al secretario Rubio, sobre quien dijo que es un «latinoamericano frustrado» y que «odia a Cuba, a Colombia, a Brasil». Días atrás, el gobierno brasileño negó la entrada al país a dos enviados de Estados Unidos, sobre quienes consideró que se trataban de agentes destinados a enturbiar el inminente proceso electoral. Por si fuera poco, en las últimas horas, el congresista cubano-estadounidense Carlos Giménez publicó en su cuenta de X una amenazante imagen realizada con Inteligencia Artificial en la cual se ve a Lula detenido en un avión con la misma ropa que portaba Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, cuando las fuerzas estadounidenses invadieron territorio venezolano y extrajeron a Maduro de Caracas para llevarlo ante la Corte de New York.

En tanto, Lula busca enfatizar los alcances conseguidos por su Gobierno. En noviembre de 2025, sancionó una reforma al llamado impuesto sobre la renta que exime del tributo a quienes ganan hasta 5.000 reales mensuales (cerca de 930 dólares) y reduce los gravámenes para salarios de hasta 7.350 reales. A su vez, en la misma medida, se establece como fuente de financiamiento un nuevo impuesto del 10% a las grandes fortunas. No fue una medida aislada: en diciembre de 2023, el Gobierno ya había aprobado una ley que por primera vez le cobrará impuestos a las inversiones de los llamados superricos en fondos personalizados y las empresas offshore.

Además, el Jefe de Estado saca pecho de otra iniciativa fundamental para las mayorías: la reforma constitucional para modificar la jornada laboral de la denominada «escala 6×1», que equivale a seis días de trabajo y a uno de descanso. Con esta medida, se busca reducir la semana laboral a 40 horas y garantizar dos días de descanso para las y los trabajadores, en un discurso fuertemente centrado en este derecho. El proyecto fue aprobado en mayo pasado en la Cámara de Diputados, y aguarda su aprobación definitiva en el Senado.

También los programas sociales y la inversión pública son un eje central del mandato del «tercer Lula». La mejora en la salud pública, por tomar un caso, es evidente: en mayo, el Presidente anunció una inversión de nada menos que 2.200 millones de reales (cerca de 430 millones de dólares) para la expansión de los tratamientos oncológicos gratuitos que provee el Sistema Único de Salud (SUS). Anteriormente, en septiembre de 2023, Lula lanzó una inversión de 42.000 millones de reales (aproximadamente 8.400 millones de dólares), destinada a fortalecer la producción nacional de artículos prioritarios para el sistema sanitario nacional y reducir la dependencia extranjera de insumos, medicamentos y vacunas, entre otros.

Así, Brasil encara la recta final rumbo a una de las elecciones presidenciales más decisivas de su historia. Las encuestas coinciden en otorgarle una ventaja a Lula, nítida, aunque no holgada. El escenario, indudablemente, está abierto. Según una encuesta de CNT/MDA publicada este martes, Lula obtendría el 48% de los votos en una segunda vuelta frente al 39,1% de Flavio Bolsonaro.

Por su parte, en el relevamiento realizado por Nexus/BTG Pactual, Lula aventaja 40% a 35% al hijo del exmandatario. Resta saber, por un lado, el comportamiento final de quienes hoy se muestran indecisos pero, por sobre todas las cosas, conocer cuál será la intención e injerencia del trumpismo, puntualmente de Trump y Rubio, de cara a unos comicios que, bien sabido lo tienen, definirá el rumbo de América Latina.

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