Uwe Boll es un director alemán con más de 38 créditos entre ficción, algunos documentales y, por qué no, ciertos ejercicios experimentales de dudosa factura técnica. Desde su percepción, él se autodefine como un «incomprendido» por el gran público y, especialmente, por la crítica.
La etiqueta de ser considerado como «el peor director del mundo» fue abrazada para transformarla en una cualidad defensiva que le permitió continuar su filmografía y encontrarse en 2026 frente a una posibilidad de alcanzar un nivel de popularidad nunca antes enfrentado en su carrera.
La apuesta por hacer un cine de ultraderecha, en consonancia con ciertos gobiernos actuales, es para Boll una oportunidad: en 2025 estrenó «Run», un thriller sobre unos migrantes recién llegados a una isla italiana después de atravesar penurias en una embarcación precaria por el Mar Mediterráneo. Allí, los isleños eran las víctimas y los migrantes africanos unos asesinos, representantes del horror y los miedos paranoicos introducidos por las voces más virulentas del extremismo de derecha en países europeos. Al igual que muchas de sus películas, pasó por debajo de un radar sin ningún tipo de impacto. Quizás, con el estreno de «Citizen Vigilante» se de algo distinto.
Desde el plano de apertura hay una incorrección: «Europa», dice el paratexto que ocupa la totalidad del plano sobre un encuadre de dron desde las alturas de alguna metrópoli croata, algo que puede identificarse por los carteles de los negocios, un reparo que Boll no tuvo en cuenta, porque los detalles le repelen. La escena de apertura carece de elipsis. Por tal motivo, se estira hasta el máximo una compra mundana de una madre y un pequeño hijo. Luego de salir del supermercado, aparece la amenaza: un joven africano saca un cuchillo larguísimo y se lo clava a la mujer sin ningún tipo de explicación, justo cuando se cruzan en el paso. La víctima cae sobre un inmenso charco de su propia sangre, en otra acción prolongada de las tantas que se nos ofrece a lo largo de este mamotreto de hora y media.
El protagonista es nada menos que Armie Hammer, un actor «cancelado» con ínfulas de regreso tras su affaire en el que se publicaron chats privados en Instagram que derivaron en una serie de acusaciones, la más extravagante fue la de «canibalismo». Todo quedó reducido a maltratos y abusos, estos últimos no confirmados ni denunciados ante la Justicia.
Lo cierto es que Hammer desde hace un par de años busca volver a la escena, pero lejos está de protagonizar blockbusters como cuando hizo «El llanero solitario» en 2013 o en películas independientes como «Llámame por tu nombre», que tuvieron un rebote en festivales y hasta en la temporada de premios en Estados Unidos.
Todo eso quedó atrás, Hammer se retiró de los primeros planos y dejó la actuación… por un rato. Al disiparse la efervescencia de los movimientos «Time’s Up» y «Me Too», reapareció con un podcast propio para dar su versión de los hechos. Al mismo tiempo, narró lo que fue su vida desde el momento en el que recluyó en el Caribe, lejos de Hollywood. También, en ese formato, empezó a comunicar su interés en volver a la escena, al mismo tiempo dio a entender que su agenda estaba completa. Un par de años más tarde, la única película ofrecida fue el nuevo opus de Uwe Boll para interpretar a Sanders, un vigilante millonario deambulador por las calles de una ciudad balcánica donde pretende cambiar el curso de una sociedad subsumida en la perdición por culpa de los migrantes de África y Medio Oriente.
La historia ya presenta a este hombre en el medio de una cruzada solitaria contra la (in)justicia, un ciudadano estadounidense paladín de la ley y el orden en tierras extranjeras. En las redes sociales hay videos de diferentes partes del mundo en el que usuarios proclaman por un «héroe» así en Italia, Canadá, Estados Unidos, etcétera. Todos territorios donde la amenaza migrante está siempre al acecho de un nivel de vida para el ciudadano común.
Es paradójico que Boll proclame esta idea de salvaguardar los valores de la Europa rica ubicando a su protagonista justiciero en locaciones de una parte de ese continente donde la pobreza está a la vista. Por ello, resulta fallida la idea de una placa que dice «Europa», porque la unidad continental no existe para pensar un contexto homogéneo, ni siquiera en los términos que la propia película piensa sobre la migración en países como Croacia, donde la representación de ese sector está dada en su mayoría por ciudadanos de Bosnia y Herzegovina, y bajo ningún concepto la población de países africanos o de Medio Oriente tiene una injerencia en una problemática social.
Todo esto y mucho más se le escapa al director, guionista y director de fotografía dentro de una posible lectura de un estado de las cosas. En términos narrativos no parece haber un miedo a presentar al personaje de Sanders ya en movimiento, sin ningún antecedente que permita justificar su avance de justicia por mano propia. Precisamente, resulta llamativo que se eluda ese lugar común de las películas de vigilante. En «El vengador anónimo» Paul Kersey (Charles Bronson) era un arquitecto con una vida ideal, hasta que un trío de punks -porque una de las representaciones del mal estaba en esa tribu musical en la década de 1970- irrumpió su casa para asaltar y violar a su mujer e hija: la primera asesinada y la segunda dejada en un estado de vulneración cognitiva permanente. Este hecho trágico, sumado a la inacción policial, es lo que deriva en que Kersey pase de ser un simple arquitecto a un vengador nocturno con intenciones de «limpiar» la calle.
Este tropo de un hombre común convertido en una máquina de matar delincuentes, obligado por las fallas del sistema judicial, se replicó en muchas películas, no solo en las secuelas de «El vengador anónimo». En «Citizen Vigilante» el objetivo del protagonista solo se justifica por una mirada de una situación general trastocada en los valores morales, la cual le resulta suficiente para emprender esta justicia a tiro limpio contra todos.
Los primeros en caer son unos mafiosos, luego hay una clase que Sanders le imparte a unos jóvenes adolescentes (uno de ellos de raza negra, claro) irreverentes que se niegan a abonar un viaje en colectivo. En esta escena se presenta la fundamentación más ridícula de sus acciones violentas. Este justiciero les paga el boleto para que el chofer retome su ruta y continúe el recorrido, la explicación que les da a estos púberes es que si ellos dejarán de pagar el pasaje luego ese porcentaje de pérdida se trasladaría a los precios y así los ciudadanos comunes serían los que debieran afrontar ese incremento. Es decir, la preocupación es mercantilista, no es moral.
La misma disputa se presenta cuando conocemos el sustento económico de este hombre: es un especulador inmobiliario dueño de varios edificios puestos en alquiler. Su mano derecha le explica que el porcentaje de pago es del 90%, el problema para el protagonista está en el 10% moroso, porque significa una pérdida inaceptable, ya que los inquilinos le roban al no pagar. También hace una disquisición sobre la chance concreta de que el Gobierno le exija poner un porcentaje mínimo de sus propiedades a disposición de los migrantes como parte de una ley contra la acumulación de inmuebles ociosos. Ningún flanco social se deja sin atacar.
Entre estos edificios hay uno que es usado de prostíbulo, al que Sanders acude para disfrutar de servicios sexuales. La escena extraída de contexto ya resulta incómoda por lo descolgada en términos narrativos, pero a eso hay que sumarle que el personaje de Hammer interactúa con una trabajadora sexual de una manera algo violenta en una escena, otra vez, excedida en su duración. Tampoco funciona como una licencia dramática porque, por un lado, el resto de la estructura narrativa es endeble y, por el otro, es que se presenta una contradicción en este vengador, ya que algunas de las víctimas a las que pretende ayudar son mujeres que sufrieron violencia sexual.
Además de las aberraciones enunciativas, la falta de pericia cinematográfica -un rasgo del cine de Boll- se percibe en el ritmo del relato, armado sin ningún atisbo de coherencia debido a los saltos temporales en la continuidad de la progresión dramática, incluso, cuando se trata aquí de un puñado de situaciones sueltas. Por ejemplo, en la larga escena fragmentada del grupo SWAT que va a arrestar a Sanders.
Si bien el montaje es desprolijo, lo que se distingue en esta escena es la inclusión de una bossa nova extraída de alguna plataforma de música creada por Inteligencia Artificial (IA), tal decisión de articular estas imágenes de policías acribillados en ralentí con una composición anempática es un insulto más dentro de una lista que abarca desde una lectura deforme de los tiempos actuales hasta la demostración obstinada de ineptitud en todos los aspectos del lenguaje que reviste a la figura de este realizador alemán.
Como si se le pudiera sumar un insulto a la injuria, Elon Musk -como así también otros personajes de la derecha recalcitrante más urgente- subió la película completa en su cuenta de X durante 48 horas en un tuit, el cual fue compartido por el propio Uwe Boll. Este acto de absoluta conciencia para difundir su obra podría servir a modo de prueba para disipar cualquier duda sobre si su figura es inofensiva o si se trata de alguien que está moviéndose por un carril marginal de manera inocente. Una apostilla más, y no por ello menos ultrajante, es la placa final en la que reza: «Esta película está dedicada a miles de víctimas de violación y asesinato en Europa, que fueron traicionadas por nuestro sistema legal». Ahora, con seguridad, el nombre y apellido de este autor está instaurado dentro de la infamia propia de una época junto a los de otros operadores y colaboracionistas de un momento oscuro del mundo que nos toca vivir.
«Citizen Vigilante» fue escrita y dirigida por Uwe Boll y contó con las actuaciones de Armie Hammer, Costas Mandylor, Désirée Giorgetti, Steffen Mennekes y Dora Dimic Rakar.