El discurso de Donald Trump en el Foro de Davos fue otro manotazo ahogado más de un modelo agónico. Los años dorados del régimen de acumulación neoliberal ya pasaron.
No estamos en la década de los 90, cuando se creía que había llegado una nueva receta económica que salvaría al capitalismo de su estancamiento, aunque inducido por primera vez en América Latina mediante las dictaduras casi dos décadas antes. Los años 90 aparecían guiados bajo la luz del Consenso de Washington, donde la privatización, el consumo por crédito y deuda, y la especulación financiera eran el camino innovador. A eso se sumaba la caída del modelo alternativo, en 1991 la Unión Soviética se había disuelto. También teníamos a una de las grandes líderes del ajuste neoliberal, Margaret Thatcher, ya anunciando hace unos años que las sociedades no existen, solo los individuos y las familias.
Los 90 fueron también la consolidación de la hegemonía norteamericana, por lo tanto, dábamos paso a un orden geopolítico unipolar. En América Latina, dejar la crudeza de los noventa y comenzar con el giro a la izquierda latinoamericana fue un respiro, respiro también posible porque el «gigante imperialista» no estaba mirando nuestras tierras, muy concentrado en la guerra antiterrorista y en conseguir el petróleo disponible en Medio Oriente.
El panorama del mundo unido, globalizado, multicultural, liderado por Estados Unidos, se fue resquebrajando. El faro del neoliberalismo empezó a iluminar cada vez menos. El primer gran golpe fue la crisis de 2008, momento en que estalla la burbuja financiera por créditos hipotecarios del negocio inmobiliario en Estados Unidos. Autores como William Davies señalan que, a partir de ese año, el neoliberalismo entra en una etapa de punitivismo donde se direcciona el odio y la violencia hacia los propios miembros de la población, siempre pobres, siempre carenciados, siempre atacados por las jerarquías simbólicas de género, etnia y raza. No obstante esta lectura, siempre es bueno recordar que el neoliberalismo en Latinoamérica siempre mostró su cara cruda y fue acompañando de la violencia.
Por esos mismos años, a mediados de la primera década del Siglo XXI, el ascenso de la República Popular de China es indiscutible. En el año 2011 es el país con mayores reservas de dólares y la segunda economía del mundo. Las relaciones económico-políticas con América Latina son cada vez mayores, y pensar en Estados Unidos como la única potencia ya era más que debatible. Con el diario de hoy, nadie duda de la potencia económica-militar del gigante asiático. A esa ecuación se suma Rusia.
Los movimientos de poder geopolíticos se percibieron rápido en América Latina. Comenzó la época de inestabilidad y de giro a la derecha: Jair Bolsonaro, Luis Lacalle Pou, Mauricio Macri. El imperialismo yanqui, que había levantado un poco su pie sobre los países latinoamericanos años anteriores, volvía. En Argentina lo vimos bastante claro, en el 2018 la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) llegaba como rescate para el gobierno de Macri, aunque también como forma de subordinar la soberanía de un país del sur global lleno de valiosos recursos naturales.
Años más tarde lo volveríamos a vivenciar con el swap del Tesoro Nacional norteamericano y las declaraciones explícitas de Donald Trump: el intercambio monetario no tenía otro fin más que intervenir políticamente y apoyar a Javier Milei en las elecciones de medio término. No era una herramienta económica que buscara el comercio y la maximización de beneficios entre dos Estados para el bienestar de su población, era un acuerdo que caía sobre las espaldas de la ciudadanía a fines de beneficiar a un partido político de turno. Los argentinos vamos a pagar varios años con nuestra soberanía económica los intereses particulares de los republicanos de mantener a nuestro país bajo su comando en la partida de T.E.G.
Este año comenzó con Estados Unidos interviniendo militarmente al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Dio inicio a la batalla explicita por los recursos naturales: si Estados Unidos quiere recuperar ese mundo unipolar que tanto añora, necesita del petróleo venezolano, del litio boliviano, chileno y argentino, de las tierras patagónicas de Chile y Argentina, casualmente incendiadas durante este verano, y de la disponibilidad de agua dulce argentina.
Si recurrimos a la historia, sabemos que las intenciones de dominio de América Latina por parte de Estados Unidos tienen larga data: no en vano Trump menciona que quiere recuperar la Doctrina Monroe, aquella cuyo lema era «América para los americanos». A diferencia de otros momentos, el velo simbólico que ocultaba los intereses particulares yanquis, para volverlos un interés general, ya no existe. Donde antes se mencionaba el riesgo del comunismo, el riesgo del terrorismo, la protección hacia la democracia, hoy ya no se menciona nada. Tal es así, que Trump puede decir abiertamente, a menos de un mes de haber intervenido militarmente un país y secuestrar a su presidente, que gracias a eso bajó el precio del petróleo en diversos estados de su país, que tal vez sea necesario un dictador, y que Dinamarca tiene que entregarles Groenlandia para defender los intereses nacionales estadounidenses. Lo único que asoma tímidamente es la mención a «los valores occidentales» como concepto homogéneo, abstracto y vacío que, en el fondo, a lo único que hace referencia es a la amenaza de la hegemonía norteamericana por parte de China y Rusia.
El discurso y accionar de Trump se entiende como un manotazo ahogado de un cuerpo que desea recuperar un estado que ya no tiene. A la crisis del sistema geopolítico internacional, se suma la crisis del régimen de acumulación neoliberal, que ya no se presenta como la receta económica que va a reflotar al capitalismo sino como un modelo inestable, de gran concentración de la riqueza, basado en el ajuste, la especulación y la desigualdad social, donde el único margen seguro es la promesa del salvataje individual a partir de la violencia y abandono.