Si se mira «La invitación» («The Invite», 2026) únicamente como un remake de «Sentimental» (2020), la película de Olivia Wilde corre el riesgo de parecer innecesaria. Sin embargo, la directora evita la simple traslación y construye una obra con identidad propia: conserva el mecanismo dramático diseñado por Cesc Gay, pero modifica el tono, el ritmo y la sensibilidad para adaptarlo a un contexto norteamericano sin perder la esencia de la historia.
El punto de partida es idéntico: una pareja en crisis invita a cenar a sus vecinos, cuya vida sexual abierta y aparentemente plena funciona como un espejo incómodo de las frustraciones ajenas. Lo que comienza como una reunión social deriva en una radiografía de la rutina matrimonial, el deseo y la incapacidad para comunicarse. Pero mientras «Sentimental» apostaba por un humor ácido, incómodo y profundamente mediterráneo, «La invitación» privilegia la calidez emocional y una mirada menos cínica sobre sus personajes.
La mayor virtud de Olivia Wilde consiste en comprender que el conflicto nunca gira realmente alrededor del sexo. La propuesta de intercambio de parejas es apenas un catalizador dramático. Lo verdaderamente importante son las heridas invisibles que el tiempo produce en las relaciones estables: el desgaste cotidiano, los resentimientos acumulados y la progresiva desaparición del deseo. En ese aspecto, la directora mantiene intacto el corazón de la obra de Gay.
No obstante, las diferencias aparecen rápidamente. Cesc Gay filma con una economía narrativa admirable. En «Sentimental», cada diálogo parece una estocada: los silencios pesan tanto como las palabras y el humor surge de la incomodidad permanente. El apartamento funciona como una auténtica olla a presión donde los personajes quedan atrapados con sus contradicciones.
Olivia Wilde, en cambio, expande el material mediante una puesta en escena más dinámica. La cámara se desplaza constantemente por el departamento, utiliza espejos, reflejos y movimientos que rompen la sensación teatral sin traicionar el origen escénico del relato. Allí donde Gay confía casi exclusivamente en el texto y en los actores, Wilde incorpora recursos visuales para expresar la distancia emocional entre los personajes.
También cambia la naturaleza del humor. «Sentimental» posee una ironía seca y cruel que desnuda las miserias de la clase media urbana española. Sus personajes son contradictorios, egoístas y, muchas veces, desagradables. Esa aspereza constituye precisamente uno de sus mayores atractivos.
En «La invitación», el humor resulta más accesible y menos corrosivo. El guion de Rashida Jones y Will McCormack incorpora un registro típicamente estadounidense, apoyándose además en la presencia de Seth Rogen para aliviar la tensión con momentos de comedia más abierta. El resultado es una película más amable, quizá menos incómoda, pero también más emocional.
Las interpretaciones marcan otra diferencia fundamental. Javier Cámara y Alberto San Juan construían en «Sentimental» personajes profundamente neuróticos, mientras Belén Cuesta y Griselda Siciliani aportaban sensualidad y vulnerabilidad sin perder naturalismo. El elenco español transmitía la sensación de convivir con esos conflictos desde hacía años.
En la versión estadounidense, Olivia Wilde ofrece probablemente su mejor actuación como directora-actriz, Seth Rogen sorprende con una composición mucho más contenida de lo habitual, Edward Norton aporta elegancia irónica y Penélope Cruz -único vínculo directo con el mundo hispánico- dota de humanidad al personaje que mejor comprende las fragilidades de todos los presentes.
Quizá la principal diferencia entre ambas películas reside en su conclusión emocional. Cesc Gay mantiene una saludable ambigüedad, evitando respuestas definitivas sobre el futuro de sus personajes. Wilde, en cambio, parece más interesada en la posibilidad de la reconciliación y la reconstrucción afectiva. Su mirada es menos escéptica y más esperanzadora, lo que puede interpretarse como una virtud tanto como una pérdida de la mordacidad original.
En definitiva, «La invitación» demuestra que un remake puede justificarse cuando existe una auténtica relectura y no una simple copia. Olivia Wilde respeta la estructura dramática de «Sentimental», pero modifica su temperatura emocional: donde Cesc Gay proponía una disección quirúrgica del matrimonio contemporáneo, Wilde ofrece una reflexión más empática sobre el desgaste del amor y la necesidad de volver a hablar cuando el silencio se ha instalado definitivamente en la pareja.
No supera al original, porque «Sentimental» conserva una precisión narrativa y una acidez difíciles de igualar, pero tampoco pretende reemplazarlo. Funciona como una reinterpretación culturalmente específica que confirma la madurez de Olivia Wilde como directora y demuestra que una historia aparentemente sencilla puede seguir encontrando nuevas resonancias cuando cambia el contexto, el lenguaje y la sensibilidad con la que se cuenta.